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Capitulo 13

Cap 13 El último refugio

por ariel322 2.203 palabras 12 min de lectura
Rouis caminaba sin rumbo.
Su mente todavía no terminaba de comprender lo ocurrido. No entendía por qué la habían declarado inocente si ella sabía que era culpable. Había confesado. Había dicho lo que hizo. Aun así, le habían quitado las cadenas y abierto las puertas.
¿Por qué?
¿Por qué la castigaban de aquella manera?
Habría sido más fácil si alguien le hubiera dicho qué hacer. Si le hubieran señalado una celda y ordenado permanecer allí. Pero ahora podía caminar a donde quisiera, aunque no tenía ningún lugar al cual ir.
¿Era aquello lo que tanto había deseado cuando vivía en el bosque?
¿Ese era el mundo que quería conocer?
¿Era la vida que su madre había imaginado para ella?
No tenía ninguna respuesta. Y las pocas cosas que creía saber parecían volverse contra ella cada vez que intentaba comprenderlas.
Continuó caminando, esperando que el movimiento despejara su mente.
El hambre ya no era tan voraz como antes. Se había convertido en una molestia más fácil de ignorar, aunque de vez en cuando las náuseas regresaban. Sentía el estómago revolverse y el impulso de vomitar, pero nunca conseguía hacerlo. Aquella sensación parecía haberse quedado a vivir dentro de ella.
Intentaba disimularla.
Una persona atenta podría haber notado la forma en que se detenía por unos segundos, cómo apretaba los labios o colocaba una mano sobre el vientre. Sin embargo, para su buena suerte, casi todos estaban demasiado ocupados con sus propios asuntos como para prestarle atención.
Casi todos.
Una elfa en medio de una ciudad humana no podía pasar completamente inadvertida.
Sus orejas, su piel y su cabello la distinguían de quienes caminaban a su alrededor. Algunos humanos llevaban el cabello largo o adornos que recordaban vagamente a los de su pueblo, pero la semejanza terminaba allí.
Al principio fueron pocas miradas.
Luego comenzaron a multiplicarse.
Rouis las sentía incluso cuando no podía verlas. Cada calle que recorría parecía atraer nuevos ojos. Algunos la observaban desde las puertas de sus casas. Otros se detenían en los puestos del mercado. Había quienes fingían continuar con sus actividades, aunque seguían cada uno de sus movimientos.
Poco a poco aparecieron los curiosos.
Se acercaban con cautela, como si temieran asustarla y hacerla huir. Aquello solo provocó que Rouis comenzara a sentirse aún más insegura. No sabía qué querían de ella ni por qué mostraban tanto interés.
Las primeras personas que lograron hablarle no parecían tener malas intenciones. Solo querían conocerla. Le preguntaron de dónde venía, si todos los elfos tenían el cabello como el suyo o si realmente vivían dentro de grandes árboles.
Algunos incluso la invitaron a comer.
Rouis rechazó las invitaciones con educación.
Sabía que no podía darse el lujo de acompañar a cualquier desconocido. Ya había aprendido lo que podía ocurrir cuando alguien confiaba demasiado. Algunos aceptaron su respuesta sin insistir. Otros parecieron decepcionados y unos cuantos se marcharon visiblemente molestos.
Aun así, hablar con ellos consiguió distraerla durante unos momentos.
No fue suficiente.
Cada vez que la conversación terminaba, sus pensamientos regresaban. Siempre estaban esperándola.
Fue entonces cuando vio una tienda al final de la calle.
Había plantas colgadas junto a la entrada. Algunas estaban secas y reunidas en pequeños ramos; otras crecían dentro de recipientes de barro. En las ventanas descansaban frascos llenos de hojas, raíces y sustancias de diferentes colores.
La curiosidad despertó en ella casi de inmediato.
Rouis aceleró el paso, como si temiera que la tienda pudiera desaparecer antes de que llegara.
Al cruzar la puerta sintió algo que no había experimentado desde hacía mucho tiempo.
Seguridad.
El olor de las hojas secas, la tierra húmeda y las plantas procesadas la envolvió por completo. Había aromas amargos, dulces y penetrantes. Algunos le resultaban desconocidos, pero otros le trajeron recuerdos del bosque.
Durante un instante volvió a pensar en su hogar.
En las plantas colgadas para secarse.
En los recipientes donde su madre trituraba raíces.
En las veces que había observado, preguntando para qué servía cada cosa aunque ya se lo hubieran explicado antes.
Una sonrisa apareció en su rostro sin que se diera cuenta.
Por un momento, sus problemas dejaron de existir.
La tienda era atendida por una pareja. Ambos levantaron la mirada al escuchar la puerta y, al ver a Rouis, quedaron inmóviles.
La sorpresa duró muy poco.
Se acercaron casi al mismo tiempo y comenzaron a llenarla de preguntas.
—¿Vienes del bosque?
—¿Conoces estas plantas?
—¿Todos los elfos saben preparar remedios?
—¿Has visto alguna vez esta raíz?
—¿Sabes para qué sirve?
Las preguntas se mezclaron unas con otras. Rouis apenas alcanzaba a comprender una antes de que apareciera la siguiente.
La sonrisa desapareció lentamente.
No sabía cuál responder primero.
La pareja tardó unos segundos en darse cuenta de que la habían abrumado. Al verla en silencio, retrocedieron con evidente preocupación.
—Perdón —dijo la mujer—. No queríamos incomodarte.
El hombre señaló una pequeña mesa junto a una de las paredes. Había dos sillas y una lámpara de aceite.
—Puedes sentarte. Te traeremos algo de beber.
Rouis obedeció.
La pareja le ofreció una infusión tibia y un pequeño aperitivo. Ella lo aceptó con cautela. Al principio sostuvo el vaso entre las manos sin beber, disfrutando solamente del calor que transmitía.
Poco a poco su respiración se volvió más tranquila.
Hacía mucho tiempo que no se sentía así.
La sensación era tan agradable que le resultaba difícil no alegrarse.
La pareja volvió a disculparse y, esta vez, se presentó con más calma. Le explicaron que años atrás habían conocido a un grupo de elfos. Estos les habían enseñado algunas cosas sobre las plantas y sus usos.
Desde entonces, ambos habían quedado fascinados por la botánica y sus aplicaciones medicinales.
Por eso habían abierto aquella tienda.
Cuando vieron a Rouis, supusieron que ella también tendría conocimientos sobre el tema y se dejaron llevar por la emoción.
Rouis soltó una risa ligera.
—Este lugar se siente como mi hogar —dijo.
La pareja intercambió una mirada llena de orgullo.
Parecía que aquellas palabras significaban mucho para ellos.
Rouis les confirmó que provenía de un bosque y que conocía algunas plantas, aunque no todas las que había en la tienda. Al escucharla, los dos la miraron como si acabaran de encontrar un tesoro.
El hombre desapareció detrás del mostrador y regresó cargando un libro enorme.
Lo colocó sobre la mesa con cuidado.
Dentro habían escrito todos sus remedios, observaciones y métodos para procesar plantas. Había dibujos, notas y páginas llenas de correcciones hechas con diferentes tintas.
Rouis comenzó a revisarlo con fascinación.
Algunas plantas le eran desconocidas. Otras crecían también cerca de su hogar, aunque allí recibían nombres diferentes. En varias páginas encontró errores pequeños: cantidades equivocadas, tiempos de cocción demasiado largos o combinaciones que reducían el efecto de los remedios.
Señaló cada uno de ellos con cierta timidez.
La pareja la escuchó atentamente.
En ocasiones abrían los ojos con sorpresa. En otras asentían lentamente, como si al fin comprendieran por qué alguno de sus intentos había fracasado.
—Entonces no debíamos hervirla —dijo la mujer.
—No durante tanto tiempo —respondió Rouis—. Si el agua cambia demasiado de color, ya perdió parte de su efecto.
—Eso explica el olor —murmuró el hombre.
Para Rouis, algunas respuestas parecían demasiado sencillas. Sin embargo, pronto descubrió que ella también tenía mucho que aprender.
La pareja utilizaba herramientas que nunca había visto. Tenían pequeños filtros, recipientes diseñados para separar líquidos y una prensa capaz de extraer aceites con mayor facilidad.
También conocían plantas que no existían en su bosque.
Los tres comenzaron a intercambiar conocimientos.
Rouis hacía preguntas.
Ellos respondían.
Después ellos preguntaban y Rouis intentaba explicar lo que sabía.
Las horas pasaron sin que ninguno lo notara.
Por primera vez desde la tormenta, Rouis no tuvo que obligarse a distraerse. No contó grietas ni observó las paredes para mantener su mente ocupada. La curiosidad lo hizo por ella.
Durante aquel tiempo volvió a parecerse a la niña que había salido del bosque.
Pero la luz comenzó a desaparecer tras las ventanas.
La pareja debía cerrar la tienda y regresar a casa para descansar. Aunque querían continuar hablando con ella, ya era demasiado tarde.
Prometieron volver a verla al día siguiente.
También le dijeron que querían pagarle por su ayuda.
Rouis respondió que no era necesario, pero ellos insistieron. Había corregido información importante y querían recompensarla de alguna manera.
Se despidieron con entusiasmo.
Rouis salió de la tienda todavía sonriendo.
Solo había avanzado unos cuantos pasos cuando recordó algo.
No tenía dónde pasar la noche.
La sonrisa desapareció.
La felicidad que había sentido dentro de la tienda se desvaneció tan rápido que por un momento dudó que hubiera sido real.
Estaba sola.
No conocía la ciudad.
No tenía dinero ni un lugar al cual regresar.
Mientras caminaba recordó haber visto un parque. Pensó que permanecer en un espacio público sería más seguro que esconderse en alguna calle.
O al menos eso esperaba.
Llegó sin dificultades.
Se sentó en una banca y comenzó a observar cuanto ocurría a su alrededor.
Había familias paseando con sus hijos, parejas caminando lentamente y grupos de amigos que comían o conversaban. Algunas personas pedían dinero. Otras realizaban pequeños espectáculos a cambio de unas monedas.
Un hombre hacía malabares con varios objetos.
Una mujer cantaba cerca de una fuente.
Dos niños corrían detrás de unas aves mientras sus padres les pedían que tuvieran cuidado.
El lugar estaba lleno de movimiento.
Rouis se dejó distraer por todo aquello.
Pero el tiempo continuó avanzando.
Las familias comenzaron a marcharse.
Los vendedores recogieron sus cosas.
Los artistas guardaron sus instrumentos y dejaron de escucharse las risas de los niños.
Las luces de las casas cercanas se fueron apagando.
El parque quedó cada vez más vacío.
Rouis permaneció en la banca.
Cuando ya no tuvo nada que observar, la tristeza regresó de golpe.
No llegó poco a poco.
Cayó sobre ella como agua helada.
Intentó mantenerse despierta, pero el cansancio era demasiado. No le agradaba la idea de dormir allí. La banca era dura y el aire nocturno comenzaba a enfriar.
Aun así, sus ojos se cerraban por sí solos.
El sueño terminó venciéndola.
En sus sueños caminaba hacia un lugar que no conseguía reconocer.
Sabía que debía llegar.
Sentía que alguien la esperaba al otro lado.
Pero cada vez que avanzaba, el camino se alargaba. Cuando creía estar cerca, el lugar volvía a alejarse.
Entonces escuchó unos susurros.
Primero creyó que formaban parte del sueño.
Después abrió los ojos.
Había varias personas a su alrededor.
Durante unos segundos no comprendió qué estaba ocurriendo. Solo alcanzó a distinguir sombras y rostros cubiertos.
Intentó incorporarse.
Una mano le tapó la boca antes de que pudiera gritar.
El miedo la despertó por completo.
Rouis forcejeó, pero alguien sujetó sus brazos. Otra persona inmovilizó sus piernas. Todo ocurrió demasiado rápido.
Sintió una cuerda alrededor de sus muñecas.
Después otra en sus tobillos.
Trató de pedir ayuda, aunque su voz quedó atrapada contra la mano que cubría su boca.
Le colocaron un saco sobre la cabeza.
El mundo desapareció.
En medio del pánico, Rouis no conseguía entender lo que aquellas personas decían. Sus voces sonaban lejanas y deformadas. Intentó concentrarse en las palabras, pero su respiración era demasiado rápida.
La levantaron del suelo.
Poco después sintió un golpe duro contra la espalda.
La habían arrojado dentro de algo.
La madera crujió bajo su cuerpo y las ruedas comenzaron a moverse. Por el sonido comprendió que estaba dentro de una carreta.
Intentó liberarse, pero las ataduras no cedieron.
Su vientre comenzó a arder.
El frío atravesaba su ropa.
Le faltaba el aire.
Quiso gritar una vez más, pero apenas logró emitir un sonido ahogado.
No pudo resistir mucho tiempo.
La oscuridad terminó envolviéndola.
Cuando despertó había ruido a su alrededor.
Al principio no logró distinguir nada. La cabeza le dolía y su cuerpo estaba completamente tenso. El ardor en el vientre continuaba allí.
Intentó moverse.
Algo duro le impidió avanzar.
Giró hacia el otro lado y encontró la misma resistencia.
Extendió las manos.
Sus dedos tocaron unos barrotes.
Parpadeó varias veces hasta que su vista comenzó a aclararse.
Estaba dentro de una jaula.
Sus ropas seguían en su sitio. No encontró heridas nuevas ni señales de que le hubieran hecho algo mientras estaba inconsciente.
Aquello no consiguió tranquilizarla.
El miedo regresó con más fuerza.
Poco después apareció también la culpa.
Una voz dentro de ella comenzó a decirle que aquello era lo que merecía. Que los jueces se habían equivocado al dejarla libre y que alguien más había venido a corregir su error.
Ese era su castigo.
La jaula.
El miedo.
No saber qué ocurriría después.
El ruido no cesaba.
Rouis cerró los ojos e intentó escuchar con atención.
Al principio creyó que se encontraba cerca de una multitud. Pero poco a poco comenzó a distinguir los sonidos.
Había personas llorando.
Otras suplicaban.
Alguien gemía de dolor.
Una voz pedía regresar a casa.
Otra repetía un nombre una y otra vez.
Rouis abrió los ojos.
A medida que su vista se acostumbraba a la oscuridad, comenzaron a aparecer más barrotes frente a ella.
Después vio otra jaula.
Y otra.
Y otra más.
Algunas parecían vacías.
Otras no.
Entonces comprendió que aquellos sonidos no venían de afuera.
Venían de las personas encerradas junto a ella.

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