Capitulo 15
Cap 15 Monedas
La noche comenzaba a caer.
El cielo se teñía de un tono anaranjado mientras las sombras se alargaban sobre las calles de tierra. Poco a poco las personas regresaban a sus hogares y el pueblo, que durante el día había tenido algo de movimiento, comenzaba a quedarse en silencio.
El joven caminaba sin rumbo fijo.
Había perdido la cuenta de cuántas veces había mirado su celular esperando encontrar una barra de señal.
Nada.
Ni una.
Solo el pequeño icono vacío acompañado de un reloj que seguía avanzando como si nada ocurriera.
Suspiró.
Aquella mañana había despertado convencido de que encontraría ayuda rápidamente. Ahora solo quería un lugar donde dormir.
Mientras recorría las calles comenzó a fijarse en las construcciones.
La mayoría eran pequeñas.
Algunas estaban hechas completamente de madera; otras mezclaban piedra con barro endurecido. Ninguna tenía cristales en las ventanas. En su lugar había contraventanas de madera que comenzaban a cerrarse conforme oscurecía.
No existían anuncios luminosos.
Ni postes de electricidad.
Ni automóviles.
Solo algunas lámparas de aceite que empezaban a encenderse una tras otra.
Aquello ya no parecía una comunidad aislada.
Parecía un viaje al pasado.
Entonces otra preocupación apareció.
—Aunque encuentre dónde dormir...
Bajó la vista hacia su billetera.
—¿Mi dinero siquiera valdrá aquí?
La respuesta no tardó mucho en llegar.
Después de caminar varios minutos encontró un edificio más grande que el resto.
No tenía ningún letrero que pudiera leer, pero la gente entraba y salía cargando pequeñas mochilas y algunas mantas.
Las habitaciones se encontraban en un segundo piso unido por un corredor exterior.
—Supongo que es un motel... o algo parecido.
No tenía una mejor opción.
Empujó lentamente la puerta.
El interior era sencillo.
Había un largo mostrador de madera y, detrás de él, una mujer de edad avanzada acomodaba varias llaves colgadas sobre una tabla.
Al escuchar la puerta levantó la vista.
Lo reconoció de inmediato.
Era imposible no hacerlo.
La ropa, el reloj, los audífonos que colgaban alrededor de su cuello y aquella mochila llamaban demasiado la atención.
La mujer frunció ligeramente el ceño.
—«Nare... keth arun?»
El joven sonrió con cierta incomodidad.
Ya conocía ese momento.
No iba a entender absolutamente nada.
Sacó lentamente su cuaderno.
La mujer observó cada uno de sus movimientos con curiosidad.
Él dibujó una cama.
Después dibujó una persona acostada sobre ella.
Encima hizo una luna.
Abajo escribió una pequeña flecha señalando la cama.
Giró el cuaderno.
La mujer lo observó unos segundos.
Luego sonrió.
—«Ahn... ahn.»
Por primera vez en todo el día tuvo la sensación de que alguien había entendido exactamente lo que intentaba decir.
Asintió varias veces.
—Sí... dormir.
La mujer tomó una llave y la levantó.
El joven sonrió.
Hasta ahí todo iba bien.
Entonces recordó el pequeño detalle que realmente importaba.
El pago.
Volvió a tomar la pluma.
Dibujó varios billetes.
Después agregó el símbolo "$".
La mujer inclinó la cabeza.
No parecía entender.
Él volvió a intentarlo.
Agregó más símbolos.
Un signo de pesos.
Un signo de dólar.
Un euro.
Incluso un círculo intentando representar una moneda.
Nada.
La mujer seguía viéndolo con la misma expresión de confusión.
Entonces comprendió el problema.
Los billetes.
Tal vez allí ni siquiera existían.
Volteó la hoja.
Ahora dibujó varias monedas.
Esta vez agregó una mano entregándolas.
La reacción fue inmediata.
—«Ahn.»
La mujer comenzó a hablar.
Habló bastante.
Señaló la llave.
Después el segundo piso.
Luego levantó tres dedos.
Después uno.
Volvió a señalar el dibujo.
Finalmente hizo un gesto con ambas manos.
El joven la observó completamente perdido.
Esperó unos segundos por si entendía algo.
No entendió absolutamente nada.
—Bueno...
Abrió lentamente su billetera.
Sacó un billete de cincuenta pesos.
Lo colocó sobre el mostrador.
La mujer lo miró.
No hizo el menor intento por tomarlo.
Solo lo observó.
Luego levantó la vista hacia él.
Después volvió a mirar el billete.
Lo tomó entre dos dedos.
Lo giró.
Lo puso a contraluz frente a una lámpara de aceite.
Lo tocó varias veces.
Incluso olió el papel.
Parecía más intrigada que interesada.
Finalmente se lo devolvió.
Negó con la cabeza.
—«Vek.»
El joven soltó una pequeña risa resignada.
—Ya me lo imaginaba...
Guardó el billete.
Sacó otro.
Luego otro.
Pesos.
Dólares.
Algunas monedas mexicanas.
La reacción fue exactamente la misma.
La mujer los examinó como si fueran objetos curiosos.
No como dinero.
Cada moneda era observada con detenimiento.
Las hacía sonar sobre el mostrador.
Las acercaba a la luz.
Las comparaba unas con otras.
Pero al final...
Siempre terminaba diciendo lo mismo.
—«Vek.»
El joven dejó escapar el aire lentamente.
No tenía forma de pagar.
Su expresión cambió por completo.
Toda la esperanza que había sentido al entrar desapareció.
Solo necesitó verla una vez para que la mujer comprendiera que algo no iba bien.
Permaneció unos segundos pensativa.
Fue entonces cuando el joven guardó nuevamente la billetera.
Al hacerlo, varias tarjetas de plástico quedaron ligeramente expuestas.
La mujer abrió un poco más los ojos.
Señaló la cartera.
—«...Ar?»
El joven tardó un momento en entender qué quería.
Sacó una credencial.
La mujer la tomó con cuidado.
Sus dedos recorrieron lentamente el borde del plástico.
Luego observó la fotografía.
Miró al joven.
Volvió a mirar la fotografía.
Otra vez al joven.
Repitió aquello varias veces.
Después hizo exactamente lo mismo con la licencia de conducir.
La giraba.
La tocaba.
La acercaba a la luz.
El joven no podía evitar pensar.
"¿Ni siquiera conocen algo parecido a una identificación?"
Aquello empezaba a ser demasiado.
Ni dinero.
Ni credenciales.
Ni tarjetas.
¿Qué clase de lugar era ese?
La mujer seguía completamente fascinada por aquellos pequeños rectángulos de plástico.
Mientras tanto, el joven solo podía preguntarse una cosa.
La mujer seguía observando las tarjetas.
Pasaba el dedo sobre la superficie brillante una y otra vez, como si esperara descubrir de qué material estaban hechas.
Después levantó una de ellas frente a la lámpara de aceite.
La inclinó lentamente.
La luz se reflejó sobre el plástico.
Sus ojos parecían los de una niña descubriendo un juguete nuevo.
El joven sonrió con cierta resignación.
—Sí... eso tampoco lo conoces.
La mujer volvió a mirar la fotografía.
Después levantó la vista hacia él.
La comparación era inevitable.
Tocó la imagen con la punta del dedo.
Luego señaló su rostro.
Repitió el gesto varias veces.
—Sí... soy yo.
La mujer respondió algo.
—«Nare... arken vel... toren...»
Él solo sonrió con incomodidad.
No entendía una sola palabra.
Guardó nuevamente las tarjetas dentro de la billetera.
La mujer pareció un poco decepcionada al verlo hacerlo.
Entonces señaló el cuaderno.
Después la pluma.
—¿Esto?
Ella asintió.
—«Ahn.»
El joven le entregó ambas cosas.
La señora tomó primero el cuaderno.
Pasó varias hojas lentamente.
Las tocaba con la yema de los dedos.
Era evidente que nunca había tenido entre las manos un papel tan fino.
Levantó una hoja contra la luz.
Después otra.
Las dobló apenas un poco para sentir su resistencia.
Parecía más interesada en el papel que en los dibujos.
Luego tomó la pluma.
La sostuvo con torpeza.
La giró varias veces.
Intentó descubrir cómo funcionaba.
No encontraba ninguna tapa.
No veía ningún depósito de tinta.
La acercó a su oído y la agitó con suavidad.
Nada.
El joven no pudo evitar soltar una pequeña risa.
Con un gesto le pidió permiso.
La mujer le devolvió la pluma.
Él tomó una hoja en blanco.
Escribió lentamente.
"Hola."
Después dibujó una pequeña flor.
Volvió a entregársela.
La mujer observó el trazo.
Acercó el rostro.
Lo tocó con cuidado.
Pasó el dedo sobre la tinta esperando que se borrara.
No ocurrió nada.
Sus ojos se abrieron un poco más.
Con cierta timidez tomó nuevamente la pluma.
Imitó sus movimientos.
La punta rozó el papel.
La línea apareció de inmediato.
La mujer retiró la mano por la sorpresa.
Miró la punta de la pluma.
La volvió a acercar.
Otra línea.
Después otra.
Comenzó a hacer pequeños garabatos.
Cada vez más rápidos.
Sonrió.
Era una sonrisa sincera.
No era difícil adivinar lo que pasaba por su cabeza.
No entendía cómo aquella pequeña pieza podía escribir durante tanto tiempo sin mojarse en tinta.
Mientras tanto, el joven aprovechó para observar el mostrador.
No encontró hojas de papel.
Había pequeños trozos de un material amarillento.
Parecía cuero muy delgado.
Las marcas de escritura quedaban grabadas con una tinta oscura.
No parecían libros.
Más bien registros.
Anotaciones.
Cuentas.
Todo escrito con símbolos completamente desconocidos.
"Ni siquiera usan papel..."
Cada minuto que pasaba aumentaba su sensación de estar en otro mundo.
Ya no pensaba en una comunidad aislada.
Aquello era algo completamente diferente.
La mujer seguía escribiendo.
Parecía divertirse.
Después levantó el cuaderno.
Lo señaló.
Luego señaló la llave.
Después volvió a señalar el cuaderno.
El joven tardó unos segundos en comprender.
—¿Quieres cambiarlo?
Ella sonrió.
—«Ahn.»
Él negó con la cabeza casi de inmediato.
—No...
Señaló el cuaderno.
Luego se señaló a sí mismo.
Después negó varias veces.
A continuación arrancó con cuidado un par de hojas.
Las colocó sobre el mostrador.
La mujer las observó.
Luego volvió a señalar el cuaderno completo.
—«Vek.»
El joven respiró hondo.
Comenzó una negociación completamente absurda.
Él dibujaba.
Ella respondía.
Él volvía a dibujar.
Ella cambiaba de expresión.
Ninguno entendía realmente al otro.
Después de varios minutos, el joven tomó otra decisión.
Sacó una segunda pluma.
Era azul.
Los ojos de la mujer brillaron.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—«Oooh...»
Extendió la mano.
El joven sonrió.
Por un instante creyó haber encontrado una solución.
Pero cuando ella intentó tomar la pluma azul, él la retiró lentamente.
Negó con la cabeza.
Después señaló la pluma negra que ya había dejado sobre el mostrador.
Esa sí era parte del trato.
La azul no.
La mujer hizo un pequeño gesto de decepción.
Volvió a mirar la pluma negra.
Después las hojas.
Luego la llave.
Permaneció pensativa durante unos segundos.
Finalmente tomó la llave.
La colocó frente al joven.
—«Ahn.»
Después señaló la escalera.
Él levantó el pulgar.
—Gracias.
No sabía si realmente había entendido el acuerdo.
Tal vez aquellas hojas valían mucho más de lo que imaginaba.
O quizá la pluma era un objeto tan extraño que bastaba para cubrir el costo.
No tenía forma de saberlo.
Tomó la llave.
Era pesada.
Tallada completamente en metal.
Mucho más grande que cualquier llave moderna.
Subió lentamente las escaleras de madera.
Cada peldaño crujía bajo sus pies.
Al llegar al corredor observó varias puertas idénticas.
Buscó el símbolo que coincidía con el grabado de la llave.
Después de unos segundos encontró la habitación.
Introdujo la llave.
La cerradura giró con un sonido metálico.
Empujó la puerta.
La habitación era pequeña.
Una cama.
Una mesa.
Una silla.
Una vela apagada.
Nada más.
El joven dejó lentamente la mochila sobre la cama.
Por primera vez desde que había despertado aquella mañana...
Estaba completamente solo.
Y el silencio...
Resultaba mucho más pesado que el ruido.
Una cama ocupaba casi todo el espacio. La estructura era completamente de madera y sobre ella descansaba un colchón relleno con algún tipo de fibra vegetal. No parecía especialmente cómodo, pero tampoco era tan malo como esperaba.
A un costado había una mesa sencilla junto a una silla.
Sobre la mesa descansaba una vela ya consumida por el uso.
No había mucho más.
Se acercó a la ventana.
Las dos hojas de madera se abrían hacia afuera.
Al empujarlas, una corriente de aire fresco entró en la habitación.
Desde ahí podía observar gran parte del pueblo.
Las personas caminaban con tranquilidad mientras regresaban a sus casas. Algunas cargaban cubetas de agua; otras llevaban herramientas sobre el hombro. Poco a poco las puertas comenzaban a cerrarse y las pocas luces que había iban apareciendo una tras otra.
No existía una sola luz eléctrica.
Solo pequeñas llamas iluminando las calles.
Apoyó ambos brazos sobre el marco de la ventana.
Por primera vez desde que despertó sintió el verdadero peso del silencio.
En el rancho donde había crecido también existían noches tranquilas.
Pero siempre había algo.
Un perro ladrando.
Algún vecino platicando.
Una motocicleta pasando a lo lejos.
El sonido del viento golpeando las láminas.
Aquí...
Solo escuchaba el aire.
Cerró lentamente la ventana.
Entonces su estómago rugió.
El hambre seguía ahí.
Abrió la mochila.
Todavía conservaba algunas galletas y un poco de pan.
Permaneció unos segundos observándolos.
Al final volvió a guardarlos.
No sabía cuánto tiempo tendría que arreglárselas con lo que llevaba encima.
Era mejor no desperdiciar nada.
Después tomó su termo.
Al verlo recordó el pozo del que los habitantes sacaban agua.
No parecía estar sucia.
Pero tampoco le inspiraba demasiada confianza.
Destapó el termo.
El agua seguía fría.
Sonrió sin darse cuenta.
Le dio un largo trago.
El frescor recorrió lentamente su garganta.
Nunca imaginó que un simple sorbo de agua pudiera sentirse tan reconfortante.
Bebió un poco más.
Solo entonces volvió a cerrar el termo.
Lo sostuvo unos segundos entre las manos.
—Habrá que cuidarla...
Lo dejó sobre la mesa.
Mientras acomodaba sus cosas recordó algo.
La power bank.
La había olvidado por completo.
La buscó dentro de la mochila hasta encontrarla.
—Menos mal...
Conectó el cable al celular.
La pantalla se iluminó por unos segundos y el icono de la batería comenzó a llenarse lentamente.
Aunque no tuviera señal.
Aunque los mapas no mostraran absolutamente nada.
Aunque nadie pudiera entender una sola palabra de lo que decía.
Su celular seguía siendo la única prueba de que todo lo que había vivido hasta el día anterior era real.
Lo dejó cargando sobre la mesa.
Después tomó la vela.
Sacó un encendedor del bolsillo.
El característico chasquido rompió el silencio de la habitación.
Una pequeña llama apareció entre sus dedos.
Acercó el fuego a la mecha.
La vela comenzó a iluminar lentamente la habitación.
Observó la llama durante unos segundos.
Era curioso.
En su rancho solo utilizaban velas cuando la electricidad se iba por culpa de alguna tormenta o cuando hacían trabajos de mantenimiento.
Jamás imaginó que volvería a depender de una.
Guardó el encendedor.
Luego metió nuevamente la mano al bolsillo y sacó una cajetilla de cigarros.
Empujó ligeramente la parte inferior.
Uno sobresalió lo suficiente para sujetarlo con los labios.
Volvió a sacar el encendedor.
El pequeño sonido de la piedra volvió a escucharse.
Acercó la llama a la punta del cigarro.
Aspiró lentamente hasta que comenzó a arder.
Expulsó el humo hacia el techo.
Permaneció varios minutos sentado sin hacer nada más.
Solo fumando.
Pensando.
No fumaba todos los días.
De hecho, llevaba varias semanas sin hacerlo.
Pero aquella situación merecía uno.
No sabía dónde estaba.
No entendía el idioma.
Su dinero no servía.
No podía comunicarse.
Y no tenía la menor idea de cómo volver.
Cada respuesta parecía traer consigo dos preguntas nuevas.
Cuando terminó el cigarro lo apagó con cuidado, procurando no provocar un incendio.
Después volvió a revisar el celular.
La batería seguía aumentando lentamente.
Eso le dio algo de tranquilidad.
Apagó la pantalla.
Tomó el termo y dio un último trago de agua.
Luego se acostó.
La cama crujió ligeramente bajo su peso.
Apagó la vela.
La oscuridad volvió a llenar la habitación.
Esta vez el sueño llegó casi de inmediato.
...
Un sonido agudo rompió el silencio.
Abrió los ojos sobresaltado.
La alarma del celular.
La apagó antes de que siguiera sonando.
Miró la hora.
6:30 a. m.
Frunció el ceño.
La habitación seguía completamente oscura.
Se levantó y abrió la ventana.
Afuera apenas podía distinguir los techos de las casas.
Parecía que aún faltaba bastante para el amanecer.
Miró otra vez el reloj.
—Qué raro...
Pensó que tal vez en esa región amanecía más tarde.
No le dio demasiadas vueltas.
Desactivó la alarma.
Volvió a recostarse.
Esta vez se quedó dormido casi al instante.
...
Cuando despertó nuevamente, un intenso rayo de sol atravesaba la ventana.
Parpadeó un par de veces antes de incorporarse.
Tomó el celular.
Según el reloj había dormido más de doce horas.
Soltó una pequeña risa.
—Tenía mucho tiempo sin dormir tanto.
Se estiró hasta hacer crujir la espalda.
Entonces el hambre volvió a hacerse presente.
Y esta vez era imposible ignorarla.
Guardó sus cosas.
Tomó el termo, ya bastante más ligero que la noche anterior, y bajó las escaleras dispuesto a encontrar algo de comer.
Guardó el celular dentro del bolsillo.
La power bank volvió a la mochila.
Se la colocó sobre un hombro y tomó el termo.
Antes de salir echó un último vistazo a la habitación.
Era un cuarto sencillo.
Pero, después del día que había tenido, le había parecido suficiente.
Cerró la puerta detrás de él.
La madera crujió al girar la llave.
Descendió lentamente por las escaleras.
A esa hora el lugar ya tenía algo de movimiento.
Se escuchaban pasos.
Voces.
El sonido de platos chocando unos contra otros.
Al llegar a la planta baja encontró nuevamente a la mujer detrás del mostrador.
Esta vez ya no parecía tan sorprendida de verlo.
Le dedicó una pequeña sonrisa.
Él respondió con otra.
Después sacó el cuaderno.
Abrió una hoja limpia.
Dibujó rápidamente un plato.
Encima hizo un trozo de pan y una cuchara.
Luego señaló el dibujo.
Después se señaló el estómago.
La mujer observó el cuaderno.
Frunció ligeramente el ceño.
Le respondió con varias palabras que él volvió a ser incapaz de comprender.
Él negó con una sonrisa incómoda.
Intentó otra vez.
Debajo del plato dibujó una moneda.
Luego señaló el dibujo.
Después el plato.
Finalmente hizo el gesto de comer.
La mujer permaneció unos segundos observando el papel.
Parecía esforzarse por entender.
Le respondió nuevamente.
Esta vez habló un poco más despacio.
Como si creyera que el problema era la velocidad con la que pronunciaba las palabras.
El joven soltó una pequeña risa.
Negó otra vez.
Se señaló el oído.
Después movió ambas manos indicando que no entendía.
La mujer terminó sonriendo también.
Aunque ninguno comprendía al otro, al menos ambos comenzaban a entender que estaban intentando comunicarse.
Él volvió a guardar el cuaderno.
No quería seguir molestándola.
Ella respondió con el mismo gesto.
Salió del edificio.
El aire de la mañana era fresco.
El pueblo ya estaba completamente despierto.
Varias personas caminaban de un lado a otro comenzando sus actividades.
Algunas cargaban herramientas.
Otras llevaban canastas.
Los niños corrían entre las calles de tierra mientras los adultos los llamaban desde las puertas de sus casas.
Su estómago volvió a protestar.
—Sí... ya sé.
Miró a ambos lados de la calle.
Si existía algún lugar donde vendieran comida, tendría que encontrarlo.
Comenzó a caminar sin un rumbo fijo.
Observaba cada construcción con atención.
Buscaba algún letrero.
Alguna señal.
Algo que le indicara dónde podía comprar un desayuno.
Pero todos los edificios parecían iguales.
No había anuncios.
Ni dibujos.
Ni nada que pudiera orientarlo.
Mientras intentaba decidir hacia dónde continuar, una voz llamó su atención.
Levantó la vista.
Era el mismo hombre que había conocido el día anterior.
El que lo había acompañado hasta aquella posada.
El hombre sonrió al reconocerlo.
Levantó una mano a modo de saludo.
El joven respondió de la misma forma.
Después tuvo una idea.
Sacó nuevamente el cuaderno.
Dibujó un plato con un pedazo de pan.
Debajo hizo una flecha.
Luego señaló el dibujo.
Después señaló la calle, como preguntando dónde podía conseguir comida.
El hombre observó el dibujo.
Luego miró al joven.
Después volvió a mirar el plato.
Su expresión cambió por completo.
Asintió varias veces.
Se llevó una mano al pecho.
Luego señaló el pan dibujado.
Después hizo un gesto ofreciéndoselo.
El joven tardó unos segundos en comprender.
No estaba entendiendo la pregunta.
Creía que él tenía hambre y le estaba pidiendo comida directamente.
Abrió la boca para intentar corregir el malentendido.
Pero se detuvo.
¿Cómo iba a explicarlo?
No compartían una sola palabra.
Suspiró con resignación.
Aquello iba a ser mucho más difícil de lo que había imaginado.