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Capitulo 18

Cap 18 Una nueva rutina

por ariel322 984 palabras 5 min de lectura
Los días siguieron pasando sin detenerse.
Sin darme cuenta ya tenía una rutina.
Cada mañana recorría el pueblo por si alguien necesitaba ayuda. Después filtraba y hervía el agua que iba a utilizar durante el día. Procuraba conseguir comida que no estuviera contaminada y, cuando tenía un momento libre, llenaba las pocas hojas que aún quedaban en mi cuaderno. Cada página escrita era una menos.
Enseñarle mi idioma a aquella niña había dado mejores resultados de los que esperaba. Ella, junto con sus amigos, aprendía con una rapidez sorprendente. Les parecía divertida mi forma de hablar, imitaban mi pronunciación y muchas veces terminaban riéndose entre ellos.
Sin darse cuenta se habían convertido en mis pequeños intérpretes.
Gracias a ellos ya podía comprender algunas palabras y deducir el significado de otras. Todavía estaba muy lejos de mantener una conversación, pero al menos había dejado de sentir que todos los sonidos a mi alrededor eran incomprensibles.
A cambio les enseñaba a leer y escribir.
No era sencillo.
Su atención desaparecía con cualquier cosa que pasara cerca. Un pájaro, un perro o simplemente otro niño corriendo eran suficientes para interrumpir la clase. No podía obligarlos, así que aprovechaba cada momento en que realmente mostraban interés.
Cada palabra nueva que aprendían era una pequeña victoria para ambos.
La señora de la posada también comenzó a participar de vez en cuando. Al principio solo observaba, pero poco a poco empezó a preguntar cosas.
Yo no tenía problema en ayudarla.
Mientras vivía allí colaboraba con los quehaceres del lugar. Barría, acomodaba mercancía, limpiaba mesas y, cuando terminaba, llevaba un registro sencillo de todo lo que entraba y salía.
Me sorprendió descubrir que nadie llevaba un inventario.
Tampoco anotaban cuánto vendían o cuánto ganaban al final del día. Como la demanda era baja, nunca habían sentido la necesidad de hacerlo.
Unas cuantas hojas y algunos números fueron suficientes para mantener todo mucho mejor organizado.
Aproveché para enseñarle matemáticas básicas a la señora.
Sumas.
Restas.
Multiplicaciones sencillas.
Ella aprendía despacio, pero tenía interés.
Eso también mantenía mi mente ocupada.
Gracias a esa ayuda prácticamente vivía allí sin pagar nada.
Algunas noches encendía el teléfono únicamente para mirar las fotografías que aún conservaba.
Intentaba no gastar batería.
Siempre terminaba viendo las mismas imágenes.
Mis amigos.
Mi familia.
Y ella.
Al principio me gustaba imaginar que seguía esperándome.
Que de alguna manera encontraría la forma de volver.
Conforme pasaban los días esa idea empezaba a sentirse cada vez más lejana.
A veces imaginaba que lloraba por mí.
Otras veces pensaba que ya me daban por muerto.
La idea de verla sufrir me destrozaba.
Quería abrazarla.
Decirle que estaba bien.
Que seguía vivo.
Pero también había ocasiones en las que pensaba que quizá sería mejor que siguiera adelante y me olvidara.
Guardé el teléfono antes de seguir dándole vueltas al asunto.
Los cigarros también comenzaban a escasear.
Ya solo quedaba poco menos de la mitad.
Cada vez que encendía uno procuraba disfrutarlo más despacio.
No era por la nicotina.
Era por la sensación de tranquilidad que me daba durante unos minutos.
Mientras tanto los niños seguían avanzando.
Ellos aprendían mi idioma mucho más rápido de lo que yo aprendía el suyo.
Aproveché ese entusiasmo para enseñarles algo más.
Los números.
Contar.
Sumar.
Restar.
Multiplicar.
Dividir.
No sabía cuánto les serviría, pero mantener sus mentes ocupadas era mejor que dejarlos correr todo el día.
Con el tiempo también empecé a visitar con frecuencia al hombre de los animales.
Los niños me hicieron entender que se llamaba Lapert.
Él respondía cuando pronunciaban ese nombre, así que decidí darlo por correcto.
Observé su ganado durante varios días.
No me gustó lo que veía.
El agua que bebían estaba contaminada.
La alimentación era deficiente.
Los corrales eran demasiado pequeños y permanecían sucios la mayor parte del tiempo.
No hacía falta ser veterinario para saber que tarde o temprano aquello terminaría mal.
Convencer a Lapert fue mucho más complicado.
Primero insistí en cambiar el agua.
La idea no le agradó.
Hervirla significaba más trabajo.
Por suerte los niños lograron convencerlo.
Todavía me sorprendía la facilidad con la que confiaba en ellos.
Después intenté mejorar la alimentación.
Recoger cualquier planta que creciera en la pradera era una mala idea. Algunas eran poco nutritivas y otras podían resultar tóxicas.
Seleccionar mejor el forraje le parecía una pérdida de tiempo.
Empezaba a mirarme como si estuviera completamente loco.
Lo mismo ocurrió cuando insistí en limpiar los corrales con mayor frecuencia.
No entendía por qué perder tiempo recogiendo estiércol cuando podía dedicarlo a otras cosas.
Aun así terminé haciéndolo yo mismo.
Poco a poco fue permitiendo los cambios.
Separar a los animales enfermos fue otro problema.
Muchos llevaban demasiado tiempo mezclados con el resto.
Los observé durante varios días.
Algunos apenas podían mantenerse en pie.
Habían dejado de comer.
Respiraban con dificultad.
No iban a recuperarse.
En el rancho donde crecí aprendí que no todos los animales podían salvarse.
Mantener con vida a uno que ya no tenía recuperación significaba gastar alimento, ocupar espacio y aumentar el riesgo para el resto del ganado.
Era una decisión necesaria.
Esperé a que Lapert saliera como hacía todas las mañanas.
Sabía perfectamente que no aceptaría lo que iba a hacer.
Tampoco tenía el vocabulario suficiente para explicarle mis razones.
Así que simplemente trabajé.
Sacrifiqué a los animales cuya recuperación consideré imposible.
Aproveché todo lo que aún podía utilizarse y eliminé aquello que representaba un riesgo.
No era algo nuevo para mí.
En un rancho uno aprendía desde joven que los animales eran parte del sustento.
Se les cuidaba para mantenerlos sanos, producir más y evitar pérdidas.
Cuando llegaba el momento también se sacrificaban.
Era parte del trabajo.
Al terminar observé al resto del ganado.
Todavía quedaba un problema importante.
Los parásitos.
Conocía algunas formas de combatirlos y otras tantas para prevenirlos, pero sin medicamentos modernos todo se volvía mucho más difícil.
Una vez más tendría que improvisar.

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