Capitulo 21
Cap 21 Sembrando el futuro
El joven continuó con sus asuntos como de costumbre.
Con el paso de los días, sin embargo, comenzaron a aparecer algunas inconformidades entre las personas que le habían confiado sus animales. No podía decirse que los tratara mal. Los alimentaba, mantenía el agua limpia, vigilaba su estado y procuraba que no enfermaran, pero cualquiera que prestara suficiente atención podía notar una diferencia.
No cuidaba los animales ajenos de la misma manera que cuidaba los suyos.
Los que estaban bajo su propiedad recibían más atención. Revisaba su alimentación con mayor cuidado, observaba su crecimiento y dedicaba más tiempo a mantenerlos en las mejores condiciones posibles. Después de todo, eran su inversión y su sustento.
Los animales ajenos estaban sanos.
Los suyos estaban mejor.
Aquello terminó molestando a algunos propietarios.
Poco a poco dejaron de llevarle sus animales y decidieron volver a cuidarlos por su cuenta. Para entonces tampoco era demasiado complicado hacerlo. Los niños y algunos jóvenes habían pasado suficiente tiempo observándolo como para conocer buena parte de su rutina.
Sabían mantener limpios los corrales.
Habían aprendido a ser más cuidadosos con el agua.
Reconocían algunas plantas que convenía evitar.
Y comenzaban a entender cuándo un animal debía ser separado del resto.
El joven no mostró molestia alguna al perder parte del trabajo.
En realidad, aquello le dejaba más tiempo libre.
Las pocas personas que continuaron llevando animales eran principalmente aquellas que no tenían familiares disponibles para encargarse de ellos o que simplemente no podían dedicarles suficiente tiempo.
Todo continuó así hasta que Lapert enfermó.
El joven se enteró por los niños.
Al principio no le dio demasiada importancia, pero los días pasaron y el hombre no mejoró. Por lo que alcanzaba a comprender, se encontraba bastante mal.
Tampoco parecía tener familiares cercanos que pudieran hacerse cargo de él.
Aun así, el joven no fue a cuidarlo.
No sentía ningún compromiso que lo obligara a hacerlo.
Además, acercarse a una persona enferma sin saber exactamente qué tenía era un riesgo innecesario. No conocía las enfermedades de aquel lugar ni tenía acceso a medicamentos en los que confiara.
Lo poco que había visto consistía principalmente en plantas molidas, ungüentos e infusiones.
Quizá algunas funcionaban.
Quizá otras no hacían absolutamente nada.
Él no tenía manera de saberlo.
Y enfermar por intentar averiguarlo no estaba entre sus planes.
El riesgo era considerable.
La recompensa, prácticamente inexistente.
Así que continuó con su vida.
Sus visitas a la casa de Lapert disminuyeron hasta desaparecer casi por completo.
Los niños hicieron lo mismo.
Ellos sí parecían sentirse mal por mantener la distancia, pero entendían al menos una parte de las razones del joven. Habían pasado suficiente tiempo a su lado para aprender que, cuando alguien enfermaba, acercarse sin necesidad no era una buena idea.
Aun así, esperaban otra cosa de él.
Una tarde, mientras trabajaban con los animales, una de las niñas finalmente preguntó.
—¿Por qué no ayudas a Lapert?
El joven continuó trabajando.
—Está enfermo.
—Ya sé.
La niña permaneció frente a él.
—Pensé que eran amigos.
El joven levantó la mirada.
—No somos amigos.
La respuesta pareció sorprenderla.
—Solo conocidos.
La niña frunció ligeramente el ceño.
Había otra pregunta detrás de aquella.
—Entonces... porque es conocido, ¿no lo ayudas?
El joven asintió.
La niña tardó unos segundos antes de continuar.
—¿Eso significa que tampoco nos ayudarías si enfermamos?
—Exactamente.
Ahora fueron varios los niños que dejaron de trabajar.
La niña lo miró con una expresión completamente diferente.
—Pero somos amigos... ¿no?
El joven la observó durante unos segundos.
—Somos compañeros de trabajo.
Nadie respondió.
Él volvió a lo que estaba haciendo.
Los niños también terminaron haciéndolo, aunque aquel día estuvieron mucho más callados.
Ellos habían pensado que eran sus amigos.
Habían pasado semanas siguiéndolo, aprendiendo su idioma, enseñándole el suyo, escuchando música con él y ayudándolo con los animales. Ahora incluso soportaban sus bromas y los sobrenombres que había decidido ponerles.
Para ellos aquello era suficiente.
Al parecer, para él no.
Durante los días siguientes el ánimo entre los niños permaneció bajo.
Lo extraño era que el joven no cambió absolutamente nada.
Continuó enseñándoles.
Seguía llamándolos por sus apodos.
Se burlaba cuando alguno cometía alguna estupidez y les confiaba las mismas tareas que antes.
Parecía no darse cuenta de que algo había cambiado.
O simplemente no le daba importancia.
Unos días después, uno de los niños apareció corriendo.
Había escuchado a varios adultos hablando.
Lapert había muerto.
El niño encontró al joven trabajando y le dio la noticia tan rápido como pudo.
El joven se detuvo.
Lo miró.
Después continuó con lo que estaba haciendo.
No preguntó nada más.
El niño permaneció allí esperando alguna reacción que nunca llegó.
Aquello comenzó a inquietarlos.
Sabían que el joven era extraño.
También sabían que podía ser frío.
Pero no lo consideraban insensible.
Habían visto suficiente de él para saber que podía preocuparse por las cosas.
Entonces, ¿por qué parecía no importarle que alguien hubiera muerto?
Uno de los niños terminó preguntándole si asistiría al entierro de Lapert para despedirse.
El joven negó.
—Hay mucho trabajo.
Nada más.
Los niños no supieron qué responder.
Lapert fue enterrado sin él.
Los días continuaron pasando.
La casa de Lapert quedó sin reclamar y algunos habitantes llegaron a pensar que el joven terminaría apropiándose de ella. Después de todo, había pasado bastante tiempo trabajando con el hombre y ahora necesitaba espacio para sus propios animales.
Pero nunca mostró interés.
Su atención estaba en otra parte.
Durante varios días hizo preguntas sobre las tierras que rodeaban el pueblo. Necesitó la ayuda de los niños y de algunos adultos para comprender cómo funcionaba su posesión.
Para su sorpresa, no parecía existir un procedimiento demasiado complicado.
Había terrenos sin propietario reconocido y, mientras se notificara la intención de ocuparlos y nadie pudiera demostrar una posesión anterior, era posible reclamarlos.
Eso le interesaba mucho más que la casa de Lapert.
El joven eligió una extensión considerable.
Cuando los habitantes comprendieron cuánto terreno pretendía ocupar, algunos pensaron que había entendido mal.
No.
Quería todo aquello.
Una vez que su posesión quedó reconocida, comenzó a trabajar.
Para entonces podía dejar buena parte del cuidado cotidiano de los animales en manos de los niños y jóvenes que llevaban más tiempo con él. No trabajaban gratis. Les entregaba alimentos y algunos productos provenientes de sus propios animales.
Aquello resultó bastante atractivo.
Los productos de su ganado comenzaban a ser apreciados en el pueblo y conseguirlos a cambio de unas horas de trabajo no parecía un mal trato.
Eso le permitió concentrarse en las tierras.
Lo primero fue limpiarlas.
Y tardó mucho.
Había hierba, arbustos, piedras y toda clase de obstáculos que debía retirar antes de poder hacer algo útil con el lugar.
Algunos días parecía que no avanzaba.
Pero continuaba.
Una sección.
Después otra.
Y otra.
Poco a poco el terreno comenzó a cambiar.
Cuando finalmente quedó limpio, algunos habitantes contemplaron el resultado con admiración.
Era una extensión enorme.
Muchos asumieron que construiría allí su vivienda.
No lo hizo.
El joven comenzó a arar.
Entonces las miradas de curiosidad se convirtieron en incredulidad.
Pretendía cultivar todo aquello.
Utilizó algunos de sus animales para ayudar a trabajar la tierra, aunque ni siquiera así resultaba sencillo. El esfuerzo era considerable tanto para ellos como para él, por lo que tenía que alternarlos y permitirles descansar.
El tamaño del terreno hacía que el avance pareciera desesperadamente lento.
Algunas personas comenzaron a acercarse simplemente para observar.
Otras llegaron esperando que necesitara trabajadores.
Los había visto limpiar durante días.
Después lo habían visto arar.
Era evidente que una sola persona tardaría muchísimo.
Sin embargo, el joven no contrató a nadie.
Continuó haciéndolo por su cuenta.
Cada mañana regresaba al terreno.
Y cada tarde quedaba un poco menos.
Hasta que finalmente terminó.
Fue entonces cuando apareció una nueva pregunta entre quienes lo observaban.
¿Cómo pensaba regar semejante extensión?
El joven no parecía preocupado.
En lugar de responder, apareció cargando grandes manojos de una planta que muchos reconocieron inmediatamente.
Era la misma que utilizaba constantemente para alimentar a sus animales.
Algunos quedaron confundidos.
Después de todo aquel trabajo, ¿iba a llenar el terreno con comida para ganado?
Exactamente.
El joven había pasado suficiente tiempo seleccionando plantas para saber cuáles aceptaban mejor sus animales y cuáles le resultaban útiles. Depender de salir constantemente a recolectarlas era absurdo si podía producirlas él mismo.
Así que comenzó a plantarlas.
Había preparado largas líneas en la tierra.
Con un pequeño palo abría un agujero, colocaba una porción de la planta y después utilizaba ese mismo palo como referencia para medir aproximadamente la distancia hasta la siguiente.
Agujero.
Planta.
Medida.
Otro agujero.
Repitió el proceso una y otra vez.
Los primeros surcos comenzaron a llenarse.
Desde lejos, las líneas resultaban extrañamente uniformes.
Cuando tuvo varias preparadas, el joven llevó agua hasta uno de los extremos.
Los curiosos volvieron a acercarse.
Entonces la vertió.
El agua comenzó a avanzar por el pequeño canal.
Durante unos segundos todo pareció funcionar exactamente como esperaba.
Hasta que dejó de hacerlo.
En una sección el agua comenzó a acumularse.
Más adelante apenas llegaba.
El joven frunció el ceño.
Observó el recorrido y cerró temporalmente la entrada con tierra.
Caminó hasta la parte problemática.
Quitó un poco de suelo.
Volvió a intentarlo.
Esta vez el agua avanzó más.
Demasiado.
Una parte del borde cedió y el agua comenzó a escapar hacia un costado.
El joven soltó una maldición.
Los niños se rieron.
Él reparó el borde.
Volvió a abrir el paso.
Otra vez.
El agua recorrió el surco.
El joven caminó junto a ella mientras observaba cuánto tardaba en llegar a cada sección.
Cuando alcanzó el final, cerró el paso.
Después hizo lo mismo con otra línea.
Y luego con otra.
No todas funcionaban igual.
Algunas necesitaban más agua.
Otras se llenaban demasiado rápido.
En algunas tuvo que modificar ligeramente la inclinación del terreno; en otras bastó con ensanchar o estrechar pequeñas partes del canal.
No tenía instrumentos precisos para medir aquello.
Así que utilizaba lo que tenía.
Contaba.
Observaba.
Comparaba.
Corregía.
Y volvía a intentarlo.
Los niños comenzaron a comprender que incluso él estaba descubriendo algunas cosas mientras trabajaba.
No todo salía bien a la primera.
Aun así, con cada intento los surcos funcionaban un poco mejor.
El agua recorría las líneas aprovechando la propia inclinación del terreno y llegaba hasta plantas que antes habrían requerido incontables viajes cargando recipientes.
Seguía necesitando mucha agua.
Seguía necesitando trabajo.
Pero ya no tenía que llevarla personalmente hasta cada planta.
Uno de los muchachos observó el agua recorrer lentamente uno de los surcos.
Después levantó la vista hacia la enorme extensión que todavía faltaba plantar.
Finalmente miró al joven.
Parecía estar haciendo cálculos nuevamente.
El muchacho ya había aprendido que, cuando ponía aquella cara, normalmente significaba que pronto habría más trabajo.
El joven abrió el paso hacia el siguiente surco.
El muchacho suspiró.
Todavía faltaba mucho.