Capitulo 1
Cap 1 La niña Milagro
En las profundidades del bosque, donde las copas de los árboles se entrelazaban hasta ocultar casi por completo el cielo, se alzaba un árbol distinto a todos los demás.
Su tronco era tan ancho que habrían hecho falta decenas de elfos tomados de las manos para rodearlo. Sus raíces emergían de la tierra como grandes muros retorcidos, y entre sus ramas se extendían viviendas, puentes y pequeñas plataformas iluminadas por faroles.
Aquella noche, sin embargo, nadie admiraba su grandeza.
Un grupo de elfos permanecía reunido frente a una abertura en el tronco. Algunos hablaban en voz baja; otros guardaban silencio, con la mirada fija en la entrada. Nadie se atrevía a alejarse.
Desde el interior llegaban gritos.
Eran gritos débiles, desgarrados, cada vez más separados entre sí.
Dentro de una pequeña habitación, Laika yacía sobre un lecho de hojas secas y telas empapadas de sudor. Tenía el cabello adherido al rostro y respiraba con dificultad. Dos curanderas se mantenían junto a ella, tratando de guiarla mientras una tercera preparaba agua caliente y vendas limpias.
—Una vez más —le pidió una de ellas—. Necesito que empujes una vez más.
Laika negó con la cabeza.
No podía.
Su cuerpo ya no le pertenecía. Sus piernas temblaban y apenas conseguía mantener los ojos abiertos. Cada respiración parecía costarle más que la anterior.
Entonces sintió una mano rodeando la suya.
Helts estaba arrodillado a su lado.
También tenía miedo. Laika podía verlo en la tensión de su rostro, aunque él intentara ocultarlo.
—Mírame —le pidió.
Laika tardó en reaccionar.
—No puedo…
—Sí puedes.
—Ya no tengo fuerzas.
Helts apretó su mano.
—Nuestra hija te está esperando.
Laika cerró los ojos.
No sabía si las palabras de su esposo eran ciertas. Tal vez la pequeña tampoco tenía fuerzas. Tal vez nunca llegaría a conocer el bosque, las estrellas o el sonido de la voz de su madre.
Pero no permitiría que fuera porque ella había dejado de intentarlo.
Tomó aire.
El dolor regresó con una fuerza insoportable.
Laika gritó y se aferró a la mano de Helts mientras las curanderas volvían a moverse a su alrededor.
—¡Ya viene! —exclamó una de ellas—. ¡No te detengas!
Laika empujó hasta sentir que algo dentro de ella se desgarraba.
Después, de repente, todo terminó.
Su cuerpo cayó exhausto sobre el lecho.
Durante un instante, la habitación quedó en silencio.
Una de las curanderas sostenía a la recién nacida entre sus brazos.
Laika esperó.
Esperó escuchar un llanto.
Una respiración.
Cualquier sonido.
Pero no llegó ninguno.
—¿Por qué no llora? —preguntó.
Las curanderas no respondieron.
La pequeña permanecía inmóvil.
Tenía los ojos cerrados y el cuerpo cubierto de sangre. Sus brazos colgaban sin fuerza mientras una de las mujeres intentaba hacerla reaccionar.
—¿Qué sucede? —insistió Laika—. ¿Qué le pasa a mi hija?
Helts se levantó de inmediato y se acercó.
—Déjame verla.
—Estamos intentando ayudarla.
—¡Déjame verla!
Tomó a la niña con cuidado, casi arrebatándosela de los brazos. La sostuvo contra su pecho y limpió apresuradamente su rostro.
No respiraba.
—Vamos… —murmuró—. Vamos, pequeña.
Laika intentó incorporarse.
Una punzada recorrió su vientre y la obligó a caer nuevamente.
—Tráemela.
Nadie la escuchó.
Helts frotó la espalda de la niña y presionó con cuidado sobre su pecho.
—Respira.
La habitación comenzó a llenarse de voces.
Una curandera pedía más agua. Otra intentaba detener la hemorragia de Laika. Afuera, quienes esperaban empezaron a comprender que algo había salido mal.
—Helts…
La voz de Laika apenas fue audible.
Él continuó tratando de hacer reaccionar a su hija.
—Respira, pequeña. Por favor.
Un trueno retumbó sobre el bosque.
Todos se quedaron inmóviles.
Unos segundos después, la lluvia comenzó a golpear las hojas y las ramas del gran árbol. No había habido nubes durante el día ni señales de tormenta, pero el agua cayó con tanta fuerza que el sonido invadió cada rincón de la vivienda.
En el exterior, varios ancianos levantaron la mirada.
—Mal presagio —susurró uno de ellos.
—El bosque está llorando.
—La niña ya está perdida.
Aquellas palabras atravesaron la entrada.
Laika las escuchó.
Volvió el rostro hacia la pared y cerró los ojos.
Había soportado el dolor. Había luchado durante horas. Había ofrecido hasta la última parte de sí misma.
Y aun así no había sido suficiente.
Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.
Helts seguía hablándole a la pequeña, pero su voz comenzaba a quebrarse.
—Tu madre te está esperando —dijo—. No puedes abandonarla ahora.
Presionó una vez más sobre su pecho.
Nada.
—Por favor…
Laika dejó caer la cabeza.
Ya no tenía fuerzas para gritar ni para suplicar. En el fondo de la habitación, el sonido de la lluvia parecía cubrirlo todo.
Entonces se escuchó un quejido.
Fue débil. Apenas un sonido quebrado.
Helts se quedó inmóvil.
La niña movió una mano.
Después abrió la boca y comenzó a llorar.
Su llanto se extendió por la habitación, pequeño e imperfecto, pero lleno de vida.
Durante unos segundos nadie reaccionó.
Luego las curanderas volvieron a moverse. Una de ellas tomó a la niña para revisarla mientras otra regresaba junto a Laika.
Helts soltó una risa ahogada, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Está respirando —dijo—. Nuestra hija está respirando.
Laika abrió los ojos.
—Déjame verla.
—Necesitamos atenderlas a las dos —respondió una curandera.
—Solo quiero tenerla un momento.
Intentó extender los brazos, pero apenas logró levantarlos.
La mujer se llevó a la recién nacida hacia el otro extremo de la habitación.
—Por favor —suplicó Laika—. No me la quiten.
—No te la estamos quitando. Tenemos que ayudarla.
—Tráiganme a Rouis.
Las curanderas se detuvieron.
Helts miró a su esposa.
—¿Rouis?
Laika tampoco sabía de dónde había salido aquel nombre.
No pertenecía a ninguna antigua familia. No procedía de las historias que había escuchado durante su infancia ni tenía significado alguno en la lengua de los elfos.
Hasta ese momento, ni siquiera lo había pensado.
Pero necesitaba llamarla de alguna manera.
Necesitaba que aquella niña, a la que casi había perdido antes de abrazarla, tuviera un nombre.
—Rouis —repitió—. Ese es su nombre.
La habitación comenzó a desvanecerse frente a sus ojos.
Lo último que Laika escuchó antes de perder el conocimiento fue el llanto de su hija mezclándose con la lluvia.
Rouis sobrevivió.
También Laika, aunque su cuerpo nunca volvió a recuperarse por completo.
Durante las semanas siguientes, la historia de la niña que había comenzado a respirar bajo una lluvia inesperada recorrió todas las viviendas del gran árbol. Algunos decían que había sido un milagro. Otros seguían hablando del mal presagio.
A Laika no le importaban los rumores.
Para ella, Rouis no era una señal enviada por el bosque ni una criatura marcada por el destino.
Era solamente su hija.
Y eso bastaba.
La pequeña creció rodeada por el amor de su madre. Laika la sostenía durante horas, incluso cuando los brazos le temblaban por el esfuerzo. La alimentaba, le cantaba y observaba cada uno de sus movimientos con una mezcla de alegría y temor.
Algunas noches se despertaba sobresaltada y acercaba un dedo al rostro de la niña para comprobar que seguía respirando.
Rouis siempre lo hacía.
Con el paso del tiempo, los habitantes comenzaron a llamarla la niña milagro.
Ella no entendía por qué.
Para Rouis, el mundo era sencillo: el gran árbol era su hogar, el bosque era infinito y su madre conocía todas las historias importantes.
Era una niña alegre, afectuosa y difícil de mantener quieta. Saludaba a cualquiera que se cruzara en su camino y hacía tantas preguntas que incluso los ancianos terminaban inventando excusas para escapar de ella.
—¿Por qué las hojas cambian de color?
—Porque llega el frío.
—¿Y por qué llega el frío?
—Porque las estaciones cambian.
—¿Y por qué cambian?
El anciano que había intentado responder terminó observando el cielo como si esperara recibir ayuda de las ramas.
Rouis sonrió.
Su sonrisa era cálida, sincera, capaz de hacer que los demás olvidaran por un momento sus preocupaciones.
Pero no todo era felicidad.
La salud de Laika permaneció frágil. Algunos días conseguía caminar por las plataformas del árbol; otros no podía levantarse del lecho. Los curanderos probaron infusiones, raíces y ungüentos, pero ninguno logró devolverle las fuerzas que había perdido aquella noche.
Helts no estaba dispuesto a rendirse.
Cuando Laika quedó embarazada por segunda vez, el temor regresó.
La noticia que debería haber llenado de alegría a la familia vino acompañada por miradas preocupadas y conversaciones en voz baja. Nadie sabía si su cuerpo soportaría otro parto.
Fue entonces cuando Helts tomó una decisión.
Había escuchado rumores sobre una medicina creada lejos del bosque, más allá de los territorios conocidos por su pueblo. Nadie podía asegurar que existiera, y quienes hablaban de ella no lograban ponerse de acuerdo sobre su origen.
Aun así, era una posibilidad.
—Volveré antes de que nazca —prometió.
Laika permanecía sentada junto a la entrada de su vivienda. El amanecer comenzaba a iluminar las ramas y Rouis, todavía pequeña, se sujetaba a la pierna de su padre.
—No tienes que ir —dijo Laika.
—Sí tengo.
—Podría no existir.
—Pero también podría existir.
Ella bajó la mirada.
Helts se arrodilló frente a Rouis.
—Cuida de tu madre mientras no estoy.
La niña asintió con absoluta seriedad.
—¿Y tú volverás?
—Por supuesto.
—¿Cuándo?
—Antes de que llegue tu hermana.
Rouis pareció satisfecha con la respuesta.
Helts abrazó a ambas y emprendió el viaje.
Nunca regresó.
Los meses pasaron.
Laika intentó mantener la esperanza incluso cuando llegó el momento del parto y no había ninguna señal de Helts.
Las curanderas se prepararon para lo peor, pero aquella vez el nacimiento no fue tan difícil.
La niña llegó al mundo llorando con fuerza.
Laika pudo sostenerla casi de inmediato.
La observó durante largo rato, aliviada al sentir el calor de su pequeño cuerpo.
—Gaiki —susurró.
Había elegido el nombre como una forma de agradecer a quienes la habían cuidado desde el nacimiento de Rouis y que habían permanecido a su lado durante aquel segundo parto.
Rouis se acercó al lecho con los ojos muy abiertos.
—¿Esa es mi hermana?
—Sí.
—Es muy pequeña.
—Tú también lo eras.
Rouis negó con la cabeza.
—Yo nunca fui tan pequeña.
Laika soltó una risa suave.
Era una risa cansada, pero verdadera.
Rouis observó a Gaiki mover los dedos.
Desde aquel momento quedó fascinada con ella.
Quería ayudar a cargarla, alimentarla, cubrirla durante la noche y acompañarla incluso cuando dormía. Al principio, Laika tenía que vigilar que la curiosidad de Rouis no terminara despertando a la recién nacida.
—Solo quiero ver si sigue respirando —se justificaba.
Laika reconocía aquellas palabras.
Ella había hecho lo mismo durante años.
Con el tiempo, Rouis comenzó a cuidar tanto de su hermana como de su madre.
Recogía agua, acomodaba las mantas y buscaba plantas que pudieran ayudar a aliviar los dolores de Laika. Nadie se lo había pedido. Para ella era simplemente parte de su vida.
Le gustaban especialmente las plantas desconocidas.
Cuando encontraba una especie que nunca había visto, la llevaba a casa con el cuidado de quien había descubierto un tesoro.
—¿Para qué sirve esta? —preguntaba.
—No lo sé —respondía Laika.
—Entonces tenemos que averiguarlo.
A veces las secaba. Otras las molía y mezclaba con agua. Aprendió pronto que no debía probar todo lo que encontraba y que algunas plantas podían causar más daño que beneficio.
Aquello no redujo su curiosidad.
Laika la observaba desde el lecho mientras separaba hojas, raíces y flores sobre la mesa.
Había días en los que se sentía inútil.
No podía acompañar a sus hijas al bosque. No podía enseñarles a cazar, pescar o escalar las ramas más altas. En ocasiones ni siquiera podía prepararles la comida.
Pero había algo que todavía podía ofrecerles.
Historias.
Por las noches, Rouis y Gaiki se sentaban junto a ella.
Laika les hablaba de montañas cuyas cumbres atravesaban las nubes, de ciudades construidas sobre el agua, de viajeros que habían cruzado desiertos interminables y de criaturas que habitaban lugares a los que ningún elfo se atrevía a acercarse.
Gaiki prefería las canciones.
Cerraba los ojos y apoyaba la cabeza sobre las piernas de su madre mientras escuchaba.
Rouis, en cambio, interrumpía cada historia con preguntas.
—¿Qué había detrás de las montañas?
—Más montañas.
—¿Y detrás de esas?
—Un valle.
—¿Y detrás del valle?
Laika sonreía.
—Tendrás que descubrirlo tú misma.
Esa respuesta se quedó con Rouis.
Si nadie sabía lo que había más allá, ella iría a verlo.
Si nadie conocía una planta, la estudiaría.
Si una pregunta no tenía respuesta, la buscaría.
El mundo parecía demasiado grande para permanecer toda la vida en un solo lugar.
Los años continuaron avanzando.
Algunos habitantes abandonaron el gran árbol. Otros llegaron buscando refugio. Nacieron niños, murieron ancianos y las estaciones se sucedieron sin esperar a nadie.
Rouis se convirtió en una adolescente, aunque la mayoría seguía tratándola como la niña milagro.
Había crecido, pero conservaba la misma sonrisa, la misma calidez y una curiosidad que parecía no agotarse nunca.
Gaiki era diferente.
Más reservada, menos dispuesta a confiar en los demás, pero tan inquieta como su hermana. Le gustaba probar cosas nuevas y no temía ensuciarse las manos ni regresar a casa cubierta de barro.
Juntas parecían imparables.
Recorrían el bosque buscando plantas, rastreaban animales y observaban las corrientes del río para encontrar mejores lugares de pesca. Algunos de sus experimentos terminaban en fracaso; otros daban resultados inesperados.
Descubrieron raíces que ayudaban a reducir la fiebre, nuevas formas de conservar alimentos y mezclas capaces de espantar insectos. Aprendieron métodos de caza, pesca y botánica escuchando a los adultos, observando y equivocándose una y otra vez.
—Creo que esto se come —dijo Gaiki una tarde, sosteniendo un fruto morado.
Rouis lo examinó.
—¿Por qué?
—Porque huele bien.
—Eso no significa que se pueda comer.
—Solo hay una forma de saberlo.
—No vas a probarlo.
Gaiki sonrió.
—Entonces pruébalo tú.
Rouis le arrebató el fruto de las manos.
—Se lo preguntaremos a alguien.
—Eso es aburrido.
—Eso es no morir.
Las dos regresaron discutiendo hasta el gran árbol.
Durante aquellos años, la salud de Laika empeoró.
Las caminatas se hicieron menos frecuentes. Después dejó de salir de la vivienda. Su cuerpo se volvía más delgado y las respiraciones más pesadas.
Rouis nunca dejaba que la viera preocupada.
Entraba sonriendo, le mostraba las plantas que había encontrado y le contaba todo lo que había hecho durante el día.
Gaiki era menos hábil ocultando lo que sentía.
A veces se quedaba observando a su madre en silencio, como si intentara memorizar cada detalle de su rostro.
Helts seguía sin regresar.
En el pueblo comenzaron a circular rumores.
Algunos decían que había muerto durante su viaje. Otros aseguraban que había encontrado una nueva vida y abandonado a su familia. Nadie tenía pruebas de nada, pero eso no impedía que hablaran.
Rouis y Gaiki escuchaban aquellas historias.
Una noche, mientras la lluvia golpeaba suavemente las hojas del árbol, Gaiki preguntó:
—¿Papá nos abandonó?
Laika levantó la mirada.
Rouis estaba sentada junto a ella, esperando la respuesta.
—No —dijo Laika.
—Entonces, ¿por qué no volvió?
—Porque su aventura todavía no ha terminado.
Gaiki frunció el ceño.
—Han pasado muchos años.
—Las grandes aventuras tardan mucho tiempo.
—¿Qué está haciendo?
Laika guardó silencio unos instantes.
Después comenzó a contarles que Helts había cruzado un valle cubierto de niebla, que había ayudado a una aldea perseguida por criaturas nocturnas y que, en algún lugar más allá de las montañas, había encontrado la primera pista sobre la medicina que buscaba.
Probablemente ninguna de aquellas cosas había sucedido.
A sus hijas no pareció importarles.
Escucharon con la misma atención de siempre.
Durante unas horas, Helts volvió a estar con ellas.
Rouis y Gaiki soñaban con abandonar el bosque.
Querían conocer los lugares descritos en las historias de Laika, navegar por el océano, visitar ciudades humanas y descubrir criaturas que solo conocían por relatos.
Pero cada vez que hablaban de marcharse, miraban a su madre.
Laika sabía lo que ocurría.
Sabía que sus hijas permanecían allí por ella.
Aquello le dolía más que cualquier enfermedad.
Una tarde las observó preparar varias bolsas para una expedición corta. Rouis comprobaba sus frascos y herramientas, mientras Gaiki discutía sobre cuál camino debían tomar.
Eran jóvenes.
Tenían toda la vida frente a ellas.
Y, sin embargo, se mantenían atadas a una vivienda, cuidando de una madre que apenas podía levantarse.
—Rouis —la llamó.
La joven se acercó.
—¿Qué ocurre?
Laika le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Por un instante volvió a ver a la pequeña recién nacida que no respiraba, a la niña que había sostenido contra su pecho después de creerla perdida.
—No permitas que mi enfermedad decida tu vida.
La sonrisa de Rouis vaciló.
—No lo hace.
—No tienes que mentirme.
—No estoy mintiendo.
—Quieres conocer el mundo.
Rouis miró hacia la entrada.
Gaiki fingía revisar las bolsas, aunque escuchaba cada palabra.
—Podemos hacerlo después —respondió Rouis.
—¿Después de qué?
Ella no contestó.
Laika entendió.
Después de que muriera.
Tomó la mano de su hija.
—No quiero ser una cadena para ustedes.
Rouis se arrodilló frente a ella.
—Nunca lo has sido.
—Entonces prométeme que vivirás.
—Estoy viviendo.
—No. Me estás cuidando. No es lo mismo.
Rouis bajó la mirada.
Durante años había imaginado el día en que abandonaría el bosque. Había pensado en los caminos que recorrería y en todas las respuestas que encontraría.
Pero también había pensado en Laika despertando sola, sin nadie que preparara sus infusiones o permaneciera a su lado durante las noches difíciles.
—No puedo dejarte —dijo.
Laika acarició su rostro.
—Algún día tendrás que hacerlo.
Rouis quiso responder, pero las palabras no llegaron.
Gaiki dejó las bolsas y se acercó a ellas.
Las tres permanecieron juntas en silencio mientras la luz del atardecer se filtraba entre las ramas.
Más allá del gran árbol, el bosque se extendía hacia un mundo inmenso, lleno de lugares que las hermanas todavía no conocían.
Un mundo que las esperaba.
Y que, tarde o temprano, terminaría alejándolas de su hogar.