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Capitulo 8

Cap 8 La bestia del océano

por ariel322 2.504 palabras 13 min de lectura
El océano había dejado de jugar.
Las olas ya no golpeaban el barco con violencia desordenada. Ahora parecía que cada embestida tenía un propósito, como si una criatura gigantesca hubiera despertado bajo las aguas y estuviera probando la resistencia de su presa.
Cada crujido de la madera recorría la cubierta como un lamento.
El capitán sujetaba el timón con ambas manos.
Su ropa estaba completamente empapada.
La lluvia le golpeaba el rostro, pero ni siquiera pestañeaba.
—¡Babor, más fuerza!
—¡No aflojen esa vela!
—¡Saquen esa agua!
Su voz había perdido toda elegancia.
Llevaba tanto tiempo gritando que comenzaba a romperse.
Aun así...
nadie dudaba de él.
Cada movimiento del barco evitaba que una ola lo golpeara de costado.
Cada giro salvaba decenas de vidas.
Pero el capitán conocía demasiado bien el mar.
No importaba cuán bueno fuera.
El casco estaba roto.
Y un barco herido siempre terminaba perdiendo contra el océano.
Solo era cuestión de tiempo.
Los marineros formaban filas para sacar el agua que inundaba la cubierta inferior.
Unos llenaban cubetas.
Otros las vaciaban.
Volvían.
Repetían el mismo movimiento una y otra vez.
Parecía inútil.
Por cada cubeta que arrojaban...
el mar devolvía tres.
Los más jóvenes comenzaban a llorar.
Los niños permanecían abrazados unos a otros.
Las madres intentaban sonreír.
Pero sus manos temblaban.
Solo había tres personas que parecían no compartir aquel miedo.
Rouis.
Gaiki.
Y Yube.
Las tres observaban la tormenta con los ojos abiertos de par en par.
La lluvia les golpeaba el rostro.
El viento las hacía tambalearse.
Las olas las empujaban varios pasos hacia atrás.
Y aun así...
reían.
—¡Miren eso! —gritó Rouis señalando una ola que parecía una montaña.
Gaiki intentaba dibujar entre los movimientos del barco.
Las líneas salían torcidas.
Volvía a empezar.
Yube escribía frenéticamente.
Anotaba la dirección del viento.
La frecuencia de las olas.
La forma en que el barco respondía.
Parecían tres exploradoras frente a la criatura más extraordinaria del mundo.
No estaban viendo una tormenta.
Estaban contemplando una leyenda.
Una bestia gigantesca.
Y, como toda buena investigadora...
querían comprenderla.
Querían domarla.
La tripulación estaba demasiado ocupada para prestarles atención.
Los marineros corrían de un lado a otro.
Las cuerdas se tensaban.
Las velas crujían.
El capitán seguía dando órdenes.
Nadie notó que las tres niñas permanecían completamente expuestas.
Hasta que un marinero las vio.
—¡¿Qué hacen ahí?!
Corrió hacia ellas.
No llegó.
Una ola golpeó el costado del barco.
No fue especialmente grande.
Ni diferente a las anteriores.
Solo llegó en el momento equivocado.
El hombre desapareció.
Ni siquiera alcanzó a gritar.
Solo estaba allí...
y al instante siguiente...
ya no.
Las tres quedaron inmóviles.
Rouis seguía mirando el lugar donde había estado el marinero.
Gaiki dejó caer su libreta.
Yube bajó lentamente la pluma.
La tormenta seguía rugiendo.
Pero ellas ya no la escuchaban igual.
La bestia acababa de alimentarse.
Y ni siquiera había mostrado esfuerzo.
Otra ola cruzó la cubierta.
Las golpeó de lleno.
Las tres rodaron varios metros.
El agua estaba helada.
Pesaba.
Empujaba con una fuerza imposible.
Rouis intentó ponerse de pie.
Otra ola volvió a derribarla.
Gaiki fue arrastrada hasta chocar contra unos barriles.
Tosía.
Le costaba respirar.
Yube consiguió sujetarse de una cuerda.
Miró alrededor.
Entonces comprendió algo.
No iban a poder caminar.
Cada ola las convertiría en muñecos de trapo.
Sus ojos encontraron varias sogas enrolladas cerca del mástil.
Corrió hasta ellas.
Tomó una.
La rodeó alrededor de su cintura.
Aseguró el nudo.
Después lanzó otra hacia Rouis.
—¡Átatela!
Rouis apenas podía mantenerse de rodillas.
Las manos le temblaban.
No por el frío.
Por miedo.
Intentó hacer el nudo.
Se deshizo.
Lo intentó otra vez.
Otra ola la lanzó contra la cubierta.
El golpe le robó el aire.
Yube se acercó arrastrándose.
Le ayudó a terminar el nudo.
—No la sueltes.
Rouis asintió.
—¡Gaiki!
La pequeña elfa seguía siendo arrastrada.
Cada ola la golpeaba contra la madera.
Sus manos buscaban algo a lo que sujetarse.
No encontraba nada.
El agua entraba en su boca.
Tosía.
Volvía a hundirse.
Intentaba respirar otra vez.
Sus ojos comenzaban a llenarse de pánico.
Yube lanzó la última cuerda.
Era demasiado corta.
No llegaba.
No tenían opción.
Se soltó del mástil.
Sujetó la cuerda con una mano.
Y comenzó a avanzar.
Cada metro era una lucha.
Las olas intentaban arrancarla de la cubierta.
Pero siguió.
Rouis comprendió de inmediato.
También empezó a avanzar.
Las dos se desplazaban de rodillas, sujetándose como podían.
El agua seguía golpeándolas.
Cada pocos segundos retrocedían.
Pero volvían a levantarse.
Gaiki ya casi no podía mantenerse consciente.
Fue Yube quien llegó primero.
Se lanzó.
Consiguió sujetar su muñeca.
La corriente intentó arrebatársela.
Las uñas de Yube se clavaron en el brazo de Gaiki.
La sangre comenzó a mezclarse con el agua de lluvia.
No era suficiente.
Se resbalaba.
Rouis llegó hasta ellas.
Entre las dos lograron rodear la cintura de Gaiki con la cuerda.
La ataron al mástil.
Las tres quedaron tendidas sobre la cubierta.
Respiraban con dificultad.
Estaban agotadas.
Solo habían pasado unos minutos.
Parecía una eternidad.
A unos metros, varios marineros habían observado la escena.
Nadie había podido ayudarlas.
Si abandonaban sus puestos...
todo terminaría antes.
Uno de ellos apretó los dientes.
Desvió la mirada.
Nunca se había sentido tan inútil.
—¡Preparen los botes salvavidas!
La voz del capitán volvió a imponerse sobre la tormenta.
Eso hizo que todos comprendieran la verdad.
El barco ya no iba a salvarse.
El objetivo había cambiado.
Ahora solo intentaban salvar personas.
Los marineros comenzaron a bajar los botes.
La cubierta era un caos.
Alguien tropezó.
Otro cayó al agua.
Nadie pudo alcanzarlo.
Desapareció entre la espuma.
Los supervivientes seguían corriendo.
No porque fueran valientes.
Porque quedarse quietos significaba morir.
Entonces...
otro impacto.
Mucho más fuerte.
Todo el barco se inclinó violentamente.
El capitán sintió cómo el timón dejaba de responder.
No necesitó mirar.
Lo supo.
El casco acababa de partirse.
Un sonido profundo recorrió toda la embarcación.
Era la madera rindiéndose.
Los almacenes comenzaron a inundarse en segundos.
Desde abajo llegaron gritos desesperados.
Golpes.
Personas intentando abrir puertas deformadas por la presión del agua.
El capitán cerró los ojos apenas un instante.
Sabía que ya era demasiado tarde para ellos.
Apretó el timón una última vez.
Y gritó con todas las fuerzas que aún le quedaban.
—¡¡ABANDONEN EL BARCO!!
El océano respondió.
Una ola más alta que los mástiles cayó sobre la embarcación.
Durante un instante...
el barco entero desapareció bajo el agua.
Cuando volvió a emerger...
ya no era un barco.
Solo era un cadáver flotando.
Y seguía hundiéndose.
No de golpe.
Primero desapareció una parte de la cubierta. Después otra. La madera crujía bajo el agua mientras los restos de la embarcación eran arrastrados hacia el fondo.
Las sogas atadas a Rouis y Yube se tensaron.
Gaiki fue la primera en notarlo.
Intentó acercarse a ellas, pero una corriente la golpeó de costado y la hizo girar. Perdió toda orientación. No sabía dónde estaba la superficie ni dónde terminaba el barco.
Abrió la boca por reflejo.
El agua entró.
Pataleó con desesperación y consiguió sacar la cabeza.
Tomó una bocanada de aire que apenas le alcanzó antes de que otra ola volviera a cubrirla.
—¡Rouis!
Nadie pudo escucharla.
El viento, la lluvia y los gritos devoraban cualquier voz.
La cuerda alrededor de la cintura de Rouis tiró con más fuerza.
El barco la reclamaba junto con todo lo que aún seguía unido a él.
Intentó desatarse.
Sus dedos estaban fríos.
Temblaban.
No encontraba el extremo del nudo.
A pocos metros, Yube hacía lo mismo.
El agua ya les llegaba por encima de la cabeza.
Cada vez que conseguían salir a la superficie, el barco volvía a hundirse y las arrastraba con él.
Gaiki nadó hacia Rouis.
Consiguió tocar la cuerda, pero una ola la apartó antes de que pudiera sujetarla.
Volvió a intentarlo.
El agua la golpeó contra un pedazo de madera.
El impacto le nubló la vista.
Cuando recuperó el sentido, una mano la sujetaba del brazo.
Era uno de los marineros.
El hombre apenas podía mantenerse a flote, pero tiró de ella y la arrastró lejos de los restos del barco.
Gaiki forcejeó.
—¡Mi hermana!
El marinero no respondió.
No podía.
Tenía la boca llena de agua y apenas conseguía respirar.
Gaiki intentó soltarse.
Pateó.
Arañó el brazo que la sujetaba.
El hombre no la dejó ir.
Otra ola pasó sobre ambos.
Cuando regresaron a la superficie, Rouis y Yube ya no estaban a la vista.
El agua cubrió por completo la cabeza de Rouis.
La cuerda seguía jalándola hacia abajo.
Intentó gritar, pero solo expulsó las últimas burbujas de aire que conservaba.
El casco del barco descendía bajo ella.
Oscuro.
Pesado.
Cada vez más lejos de la superficie.
Rouis tiró del nudo.
No cedió.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Las manos ya no parecían suyas.
Apenas sentía los dedos.
La presión en el pecho crecía.
Necesitaba respirar.
Tiró otra vez.
La cuerda se aflojó un poco.
Introdujo los dedos entre el nudo y su cintura.
La piel le dolía.
La cuerda había comenzado a cortarla.
Siguió tirando.
No pensaba en el barco.
Ni en Gaiki.
Ni en Yube.
Solo en el aire.
El nudo cedió.
Rouis quedó libre.
Durante un instante no supo qué hacer.
Su cuerpo lo decidió por ella.
Comenzó a nadar hacia arriba.
Movía brazos y piernas sin coordinación.
No sabía si realmente estaba avanzando.
La oscuridad la rodeaba.
El pecho le ardía.
La garganta se cerraba.
Quería abrir la boca.
Quería respirar.
Una sombra pasó junto a ella.
Algo la sujetó por el brazo.
Rouis intentó apartarlo.
No sabía qué era.
Golpeó con la mano libre.
La fuerza no la soltó.
Siguió jalándola.
Después sintió otro brazo alrededor de su cuerpo.
Era un marinero.
El hombre la había visto subir entre los restos.
La arrastró con él.
Rouis dejó de luchar.
Ya no tenía fuerzas.
Su vista comenzó a oscurecerse.
La superficie apareció de golpe.
Rouis sacó la cabeza.
Intentó respirar.
No pudo.
Tosió.
El aire y el agua se atoraron en su garganta.
Volvió a intentarlo.
Una bocanada entró en sus pulmones.
Dolió.
Tosió otra vez.
Escupió agua.
Respiró.
Una vez.
Luego otra.
Después otra más.
El marinero la mantuvo sujeta mientras ella temblaba.
Alrededor había personas gritando.
Maderas chocando.
Botes salvavidas que subían y bajaban entre las olas.
Rouis no escuchaba nada.
Solo respiraba.
El aire entraba con dificultad, pero entraba.
Eso era lo único que importaba.
Se aferró al brazo del marinero.
Volvió a toser.
La lluvia le caía sobre la cara.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
No recordaba cómo había llegado hasta allí.
Solo sabía que seguía viva.
Entonces levantó la cabeza.
Vio a Gaiki a unos metros, sostenida por otro marinero.
Vio al capitán sumergirse junto a los restos del barco.
Vio a varios hombres intentando subir personas a los botes.
Y recordó.
Yube.
Rouis miró el agua.
No la vio.
Se soltó del marinero y volvió a sumergirse.
El hombre intentó detenerla, pero sus manos resbalaron.
El agua estaba llena de restos.
Tablas.
Cuerdas.
Pedazos de tela.
Objetos que alguna vez habían pertenecido a alguien.
Rouis descendió entre ellos.
Sus ojos ardían, pero los mantuvo abiertos.
Buscaba una figura.
Cabello.
Ropa.
Cualquier movimiento.
El barco estaba más abajo.
Apenas se distinguía en la oscuridad.
Rouis siguió nadando.
El aire que acababa de recuperar comenzó a faltarle otra vez.
No le importó.
Descendió un poco más.
Entonces la vio.
Yube seguía atada.
La cuerda la mantenía unida a una parte del barco.
Su cuerpo se movía con la corriente.
Rouis nadó hacia ella.
Intentó avanzar más rápido.
El agua se volvía cada vez más fría.
Cada movimiento le costaba el doble.
Yube no tiraba de la cuerda.
No intentaba desatarse.
No levantaba los brazos.
No hacía nada.
Rouis continuó bajando.
Extendió una mano.
Todavía estaba demasiado lejos.
Siguió nadando.
El pecho volvió a arder.
Yube se hundía junto con los restos de la embarcación.
Rouis no conseguía alcanzarla.
Una mano la sujetó por la cintura.
Era el mismo marinero.
Había vuelto tras ella.
Rouis intentó soltarse.
Lo golpeó.
Pataleó.
El hombre no la dejó.
La presión del agua comenzaba a afectarlo también. Sabía que no podía quedarse más tiempo.
Tiró de Rouis hacia arriba.
Ella siguió extendiendo el brazo.
Yube permanecía abajo.
Cada vez más lejos.
Rouis trató de gritar.
Solo salieron burbujas.
El marinero continuó ascendiendo.
No miró hacia el fondo.
No podía salvar a las dos.
Cuando volvieron a salir, Rouis respiró con desesperación.
Intentó sumergirse otra vez.
El marinero la sujetó con ambos brazos.
—¡Basta!
Su voz casi no existía.
Rouis forcejeó.
—¡Está abajo!
El hombre también la había visto.
No respondió.
Solo nadó hacia uno de los botes.
Otra ola los golpeó.
Rouis tragó agua.
Tosió.
Volvió a mirar hacia el lugar donde se había hundido el barco.
Ya no quedaba nada.
Solo madera flotando.
Gaiki gritaba el nombre de su hermana desde uno de los botes.
Cuando vio a Rouis, intentó lanzarse al agua.
Dos personas la detuvieron.
—¡Yube! —gritó—. ¿Dónde está Yube?
Rouis no respondió.
El marinero la empujó hacia el bote.
Varias manos la levantaron.
Cayó sobre el fondo de madera.
Gaiki se arrastró hasta ella.
—¿Dónde está?
Rouis seguía tosiendo.
Miró el mar.
El capitán volvió a sumergirse.
Poco después salió con un niño entre los brazos.
Otro marinero encontró a una mujer aferrada a una tabla.
Más lejos, un hombre gritaba nombres que nadie respondía.
Todos buscaban a alguien.
Nadie podía detenerse por una sola persona.
Gaiki volvió a preguntar.
—¿Dónde está Yube?
Rouis abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
El bote subió sobre una ola y volvió a caer.
Las personas se golpearon unas contra otras.
Uno de los marineros ordenó que se equilibraran.
Otro intentaba sacar agua con un recipiente roto.
El capitán volvió a sumergirse.
El mar continuaba reclamando cuerpos.
Rouis mantuvo la mirada sobre la superficie.
Esperó ver a Yube aparecer.
Primero creyó distinguir su cabeza entre dos tablas.
No era ella.
Después vio una mano junto a un barril.
Pertenecía a otro marinero.
Siguió esperando.
El agua devolvía objetos.
Una libreta empapada.
Un zapato.
Una cuerda.
Pedazos de la cubierta.
No devolvió a Yube.
La tormenta todavía no había terminado.
Los botes seguían alejándose de los restos para no ser arrastrados.
Los supervivientes continuaban gritando, remando y sacando agua.
Nadie tuvo tiempo de comprender quiénes habían muerto.
Solo podían contar a quienes todavía respiraban.
Rouis permaneció inmóvil.
Todavía sentía la cuerda alrededor de la cintura, aunque ya no estaba allí.
Recordaba el instante en que consiguió soltarse.
Después, nada.
Solo el aire.
Había buscado la superficie.
Había respirado.
Y solo entonces recordó a Yube.
Miró sus manos.
Temblaban.
Tenía los dedos lastimados y la piel marcada por la cuerda.
Gaiki se sentó junto a ella.
No volvió a preguntar.
Las dos siguieron mirando el océano.
Esperaron.
El mar no cambió.
No se volvió más oscuro.
No rugió con mayor fuerza.
No mostró satisfacción.
Continuó moviéndose de la misma manera.
Como si Yube nunca hubiera estado allí.

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