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Capitulo 16

Cap 16 Agua de pozo

por ariel322 2.558 palabras 13 min de lectura
Guardó el cuaderno en la mochila y sacó lo poco que le quedaba de comida.
Un pedazo de pan.
Algunas galletas.
Nada que pudiera considerarse un desayuno completo, pero al menos serviría para calmar un poco el hambre.
El hombre observó lo que tenía entre las manos y le hizo una seña.
El joven no comprendió de inmediato.
Miró la comida.
Después al hombre.
Pensó que quizá quería probarla otra vez.
Con menos entusiasmo que el día anterior, partió un trozo de pan y se lo ofreció.
El hombre lo recibió sin dudar.
—Sí... otra vez —murmuró el joven.
Se llevó una galleta a la boca y comenzó a masticarla lentamente.
Ya no sabían igual.
El día anterior, después de caminar durante horas, le habían parecido suficientes. Ahora solo le recordaban lo poco que le quedaba.
Tomó el termo.
Lo destapó y bebió el último trago de agua.
Cuando volvió a cerrarlo, notó que ya no pesaba nada.
Lo agitó ligeramente.
Vacío.
Suspiró.
El hambre podía esperar un poco.
El agua no.
Le mostró el termo al hombre y señaló la abertura. Después hizo el gesto de beber.
El hombre lo observó unos segundos antes de asentir.
Pronunció una sola palabra.
El joven no la entendió, pero esta vez pudo relacionarla con algo.
Agua.
No sabía si aquella palabra significaba exactamente eso, si se refería al pozo o si solo era una forma de decir que lo siguiera.
Pero era la primera vez desde que había despertado que un sonido comenzaba a tener sentido.
El hombre volvió a pronunciarla mientras señalaba hacia una de las calles.
El joven guardó el termo y lo siguió.
Caminaron hasta el pozo que había visto el día anterior.
A esa hora varias personas se acercaban con cubetas y recipientes de barro. Algunos esperaban mientras otros utilizaban una cuerda para bajar un recipiente hasta el fondo.
El hombre tomó una cubeta vacía.
La sujetó a la cuerda y la dejó caer.
Unos segundos después se escuchó el golpe contra el agua.
Comenzó a subirla.
El joven observó el esfuerzo con atención. La cuerda estaba desgastada y el mecanismo era apenas una pieza de madera que giraba sobre dos soportes.
Cuando la cubeta llegó al borde, el hombre la colocó en el suelo.
El agua era cristalina.
A simple vista parecía limpia.
Sin embargo, en el fondo podían distinguirse pequeños sedimentos.
El joven se agachó.
Sacó de la mochila la botella de refresco que había conservado desde el día anterior.
Todavía olía ligeramente a soda.
Miró la cubeta.
Después la botella.
No pensaba llenar el termo con agua que aún no estaba seguro de poder beber.
Tomó una parte baja de su camisa y la examinó.
Terminó arrancando un pequeño pedazo de tela.
El hombre lo observó con curiosidad.
El joven colocó la tela sobre la abertura de la botella y comenzó a verter el agua con cuidado.
El líquido atravesó lentamente la tela.
Los sedimentos más visibles quedaron atrapados en ella.
No era suficiente para volverla segura.
Lo sabía.
Pero al menos no tendría tierra flotando dentro de la botella.
Cuando terminó, apartó la tela húmeda y cerró el recipiente.
El hombre seguía observándolo.
Parecía no entender por qué se había tomado tantas molestias.
Después se inclinó sobre la cubeta, juntó las manos y bebió directamente.
El joven lo miró sin ocultar del todo el desagrado.
En su mente aparecieron de inmediato todo tipo de posibilidades.
Parásitos.
Insectos.
Animales muertos en el fondo.
Desechos entrando al agua.
Intentó no pensar demasiado.
El hombre bebió otra vez, completamente tranquilo, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Para él probablemente lo era.
El joven miró la botella.
No se animó a probarla.
Todavía no.
El hombre dejó la cubeta junto al pozo y volvió a hacerle una seña para que lo siguiera.
El joven dudó.
Hasta ese momento aquel desconocido lo había ayudado.
Lo había guiado hasta un lugar donde dormir.
Había aceptado su comida.
Y ahora le había mostrado dónde conseguir agua.
Aun así, no sabía nada de él.
Ni siquiera conocía su nombre.
El hombre repitió el gesto.
El joven terminó por seguirlo.
No tenía demasiadas opciones.
Además, aquel hombre parecía comprender un poco mejor sus señas que el resto de las personas con las que había intentado comunicarse.
Mientras caminaban, observó cada calle por la que pasaban.
Intentó recordar el camino.
El pozo.
La posada.
Las casas.
Una cerca rota cerca de una esquina.
Un árbol más alto que los demás.
No sabía a dónde lo estaban llevando, así que prefería tener claro cómo regresar.
También comenzó a imaginar qué haría si algo salía mal.
Si el hombre intentaba robarle, lo golpearía.
Si aparecían más personas, buscaría la salida más cercana.
Si cerraban una puerta detrás de él, rompería una ventana.
No era un gran plan.
En realidad, ni siquiera era un plan.
Solo estaba preparando posibilidades en su cabeza.
Si intenta algo raro, le parto su madre y salgo corriendo.
Continuó caminando.
No me van a violar tan fácilmente.
Al menos eso esperaba.
El hombre se detuvo frente a una pequeña casa.
Las paredes parecían hechas con una mezcla de tierra y madera. El techo estaba cubierto con paja oscurecida por el humo y el tiempo.
Abrió la puerta.
Después se hizo a un lado para dejarlo pasar.
El joven permaneció un instante en la entrada.
Miró el interior.
Luego al hombre.
Finalmente entró.
La casa era incluso más pequeña de lo que parecía desde afuera.
Había una mesa, dos bancos y algunas herramientas apoyadas contra una pared. En una esquina descansaban varios recipientes de barro.
El aire era pesado.
El humo permanecía atrapado dentro del lugar.
Al fondo había una abertura construida con piedras, aunque apenas podía llamarse chimenea. El fuego ardía directamente debajo de una olla, mientras el humo subía sin encontrar una salida clara.
El olor se había impregnado en todo.
Las paredes.
La ropa.
La madera.
Incluso la comida.
El hombre se acercó al fuego.
Tomó un trapo y sujetó la olla para apartarla un poco.
Cuando retiró la tapa, una nube de vapor se extendió por la habitación.
El joven intentó distinguir qué había dentro.
No lo consiguió.
La comida tenía una consistencia espesa y un color difícil de identificar.
No parecía especialmente apetitosa.
El hombre tomó un plato, sirvió una porción y la colocó frente a él.
Después acercó uno de los bancos.
El joven miró el plato.
Luego al hombre.
Su estómago volvió a rugir.
Con hambre, todo sabe bueno.
Se sentó frente a la mesa.
Al observar los utensilios más de cerca, aquella seguridad comenzó a desaparecer.
El plato tenía restos secos alrededor de los bordes.
La cuchara estaba manchada.
No podía saber cuándo había sido la última vez que alguien los había lavado correctamente.
El hombre se sirvió otra porción y se sentó frente a él.
Esperó.
El joven tomó la cuchara.
La comida se movió lentamente dentro del plato.
Respiró hondo.
No quería parecer malagradecido.
Acercó el primer bocado a la boca.
Masticó una vez.
Después otra.
Su expresión permaneció completamente inmóvil.
Por dentro...
Su cerebro estaba intentando comprender qué acababa de probar.
La textura era espesa.
Viscosa.
Como si todo hubiera sido cocinado durante demasiado tiempo.
El sabor era todavía peor.
No estaba salado.
No estaba dulce.
No estaba amargo.
Simplemente...
No sabía a casi nada.
Frunció ligeramente el ceño mientras seguía masticando.
"¿Cómo...?"
Tragó con dificultad.
Durante unos segundos se quedó observando el plato.
Luego comprendió algo.
Ahora entendía por qué el pan y las galletas le habían sabido tan bien el día anterior.
No era porque tuviera demasiada hambre.
Era porque aquello...
Era realmente malo.
Levantó la vista.
El hombre comía con absoluta normalidad.
Incluso parecía disfrutarlo.
"Bueno..."
"Con hambre todo sabe bueno..."
"Mentira."
Tomó otro bocado.
Esta vez intentó buscar algún ingrediente que pudiera reconocer.
Tal vez algún tubérculo.
Algún cereal.
Alguna carne.
No consiguió identificar nada.
Todo parecía mezclado en una sola masa aguada.
Los utensilios tampoco ayudaban demasiado.
Cada vez que llevaba la cuchara a la boca no podía evitar mirar las manchas que todavía conservaba.
Intentaba convencerse de que seguramente solo eran marcas del uso.
Que quizá simplemente no tenían una forma distinta de limpiarlos.
Pero su cabeza seguía imaginando cosas.
"No pienses."
"Solo come."
"No pienses."
"Solo traga."
Y eso hizo.
Dejó de intentar disfrutar la comida.
Simplemente la tragaba.
Después fingía masticar unos segundos antes de llevar otra cucharada a la boca.
Así una.
Y otra.
Y otra más.
Su estómago estaba agradecido.
Su lengua no.
El hombre terminó primero.
Se limpió la boca con el antebrazo y soltó un largo suspiro de satisfacción.
El joven respondió con una pequeña sonrisa por cortesía.
Aunque por dentro estuviera sufriendo.
Terminó el último bocado casi por obligación.
Cuando dejó la cuchara sobre el plato sintió un ligero dolor en el estómago.
No sabía si era por el hambre.
Por los nervios.
O por aquella extraña comida.
Intentó no hacer ninguna mueca.
No quería parecer grosero.
A fin de cuentas, aquel hombre acababa de darle de comer sin pedir nada a cambio.
"No es su culpa..."
"Él está compartiendo lo que tiene."
Ese pensamiento bastó para hacer que se sintiera un poco avergonzado.
Había pasado todo el desayuno criticando la comida en su cabeza.
Mientras tanto, el hombre simplemente había querido ayudarlo.
Apoyó ambas manos sobre la mesa.
Respiró profundamente.
"Gracias..."
Aunque sabía que el otro no entendería una sola palabra.
Fue entonces cuando una idea cruzó por su cabeza.
No pudo evitar imaginarse la escena desde afuera.
Había pasado casi toda la mañana pensando que lo secuestrarían.
Que lo golpearían.
Incluso había preparado mentalmente una pelea.
Y al final...
Lo único que había recibido era un desayuno horrible.
Una pequeña risa escapó de sus labios.
El hombre levantó la vista.
Lo observó con evidente confusión.
El joven negó rápidamente con la cabeza.
—Perdón...
Se llevó una mano al pecho.
Después señaló el plato vacío.
Intentó hacer un gesto indicando que todo estaba bien.
El hombre continuó mirándolo unos segundos más.
Al final simplemente asintió.
El joven dejó escapar un suspiro.
Su mirada se dirigió hacia la olla que seguía sobre el fuego.
Entonces recordó la botella llena de agua.
Todavía seguía sin confiar demasiado en ella.
Se levantó lentamente.
Se acercó a la chimenea.
Si es que aquello podía llamarse chimenea.
La mayor parte del humo seguía escapando hacia el interior de la casa antes de encontrar una salida.
Le ardían un poco los ojos.
Señaló el fuego.
Después la olla.
Finalmente levantó la botella de agua.
Intentó explicar con señas que quería usarla.
El hombre lo observó sin comprender.
Frunció el ceño.
Respondió varias palabras.
El joven no entendió absolutamente nada.
Esperó unos segundos.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Señaló otra vez el fuego.
La botella.
Después hizo el gesto de beber.
El hombre seguía sin comprender.
El joven terminó rindiéndose.
"Bueno..."
"Luego le explico."
Aunque sabía que aquello sería imposible.
Con cuidado tomó la olla vacía.
Todavía conservaba restos de la comida pegados en el fondo.
Se acercó a una cubeta.
Vertió un poco de agua.
Después tomó el mismo trapo con el que el hombre se secaba el sudor mientras cocinaba.
Lo observó unos segundos.
"Es lo que hay..."
Comenzó a limpiar la olla.
Frotó varias veces hasta retirar todos los restos de comida.
La enjuagó una vez más.
Después la colocó nuevamente sobre el fuego.
El hombre permanecía sentado.
No decía nada.
Solo observaba con curiosidad cada uno de sus movimientos.
El joven destapó la botella.
Vertió una parte del agua dentro de la olla.
Esperó.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Solo se escuchaba el crepitar de la leña.
El hombre seguía observando.
Sin intervenir.
Sin preguntar.
Simplemente mirando a aquel extraño que había decidido hervir agua sin razón aparente.
Pasaron varios minutos.
Pequeñas burbujas comenzaron a aparecer en el fondo.
Después fueron más.
Hasta que el agua terminó hirviendo por completo.
El joven sonrió levemente.
"Mucho mejor..."
Apartó la olla del fuego.
Ahora solo quedaba esperar a que el agua se enfriara.
El hombre seguía sin entender absolutamente nada.
El agua tardó varios minutos en enfriarse.
El joven se acercó a la olla, introdujo con cuidado un dedo y comprobó la temperatura.
Todavía estaba tibia.
Era suficiente.
Tomó la botella de refresco y comenzó a pasar el agua hervida nuevamente a su interior.
La observó unos segundos antes de dar el primer trago.
El sabor era prácticamente el mismo.
Al menos ahora se sentía un poco más tranquilo.
Volvió a cerrar la botella y la guardó en la mochila.
Aun así, seguía pensando.
Si encontrara arena...
Podría hacer un filtro casero.
No sería perfecto.
Pero ayudaría bastante.
Mientras seguía dándole vueltas a la idea, el hombre se levantó de la mesa.
Le hizo una seña para que lo siguiera.
Después caminó hacia una puerta de madera ubicada al fondo de la casa.
La abrió.
Una corriente de aire fresco entró inmediatamente.
El joven salió detrás de él.
Del otro lado se extendía un pequeño patio.
Había un huerto con algunas hortalizas sembradas en hileras irregulares.
A un costado se encontraban varios animales encerrados con una cerca de madera.
Gallinas.
Un par de cerdos.
Dos cabras.
Y una vaca de aspecto bastante delgado.
El joven comenzó a recorrer el lugar con la mirada.
Era un hábito.
Las costillas de la vaca se marcaban demasiado.
El pelaje de una de las cabras lucía opaco.
Las gallinas picoteaban el suelo con poca energía.
Algo no estaba bien.
Se acercó unos pasos a la cerca.
El hombre permanecía a unos metros, observándolo con curiosidad.
El joven agachó un poco la cabeza.
Entonces las vio.
Las heces de algunos animales.
Había algo moviéndose en ellas.
Frunció el ceño.
Se inclinó un poco más.
No había duda.
Gusanos.
Muchos.
Su expresión cambió por completo.
Los animales estaban parasitados.
Volvió a mirar a la vaca.
Después a las cabras.
Luego al pequeño huerto.
Su mente comenzó a unir ideas sin que pudiera evitarlo.
El agua del pozo.
La cubeta.
El hombre bebiendo directamente de ella.
Los utensilios.
La olla.
La comida.
Sintió un vacío en el estómago.
Negó ligeramente con la cabeza.
"No..."
Una arcada le cerró la garganta.
Se llevó una mano a la boca.
Intentó contenerse.
Respiró profundamente.
No funcionó.
La segunda arcada fue todavía más fuerte.
Se dio media vuelta apenas a tiempo.
Terminó de rodillas sobre la tierra.
Vomitando todo lo que acababa de comer.
Su estómago se contrajo una y otra vez hasta quedar completamente vacío.
Permaneció así unos instantes, respirando con dificultad.
Sentía la garganta arder.
Los ojos llenos de lágrimas.
El hombre se acercó rápidamente.
Le puso una mano sobre la espalda mientras decía varias palabras con evidente preocupación.
El joven levantó una mano, indicándole que estaba bien.
O al menos que ya estaba pasando.
Escupió un par de veces antes de incorporarse lentamente.
Todavía tenía el estómago revuelto.
Miró nuevamente hacia los animales.
Los gusanos seguían allí.
Ahora estaba casi seguro.
Aquella comida probablemente había sido preparada sin las medidas de higiene a las que él estaba acostumbrado.
No culpaba al hombre.
Era evidente que para ellos aquello era completamente normal.
Pero su cuerpo...
Su cuerpo simplemente no pudo soportarlo.
Respiró hondo una vez más.
"Esto va a ser más difícil de lo que pensé..."

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