Capitulo 17
Cap 17 Primeras palabras
Después de un par de horas, el joven comenzó a sentirse mejor.
El mal sabor del vómito seguía en su garganta, pero al menos el estómago había dejado de retorcerse.
Le hizo una seña de agradecimiento al hombre antes de salir de la casa.
Ya afuera respiró profundamente un par de veces.
El aire fresco ayudaba.
Sacó el celular.
Comenzó a tomar fotografías.
Las casas.
Las calles de tierra.
El pozo.
Las cercas.
Después grabó un par de videos mientras caminaba.
No sabía si algún día podría enseñárselos a alguien.
Pero, si lograba volver, quería recordar aquel lugar.
Guardó el teléfono.
Entonces recordó el power bank.
Lo sacó de la mochila.
El pequeño panel solar seguía intacto.
Lo acomodó encima de la mochila para que recibiera la luz del sol mientras caminaba.
Al menos podía aprovechar eso.
Siguió recorriendo el pueblo.
No tardó demasiado.
Era mucho más pequeño de lo que había imaginado.
Las personas seguían observándolo.
Algunas dejaban de trabajar por unos segundos.
Otras simplemente seguían con lo suyo mientras lo miraban de reojo.
Él ya había dejado de darle importancia.
No podía cambiarlo.
Terminó regresando a la posada.
La mujer levantó la vista apenas cruzó la puerta.
Su expresión cambió de inmediato.
Dijo varias palabras mientras se acercaba.
Parecía preocupada.
El joven sonrió para tranquilizarla.
Sacó una tableta de paracetamol.
La tomó con un poco de agua de la botella.
Ya no estaba fría.
Estaba tibia.
Pero era mejor que nada.
Guardó la botella.
Entonces algo llamó su atención.
Miró hacia la puerta.
Después a las personas que pasaban por la calle.
Varias tenían la ropa empapada de sudor.
Algunas se limpiaban constantemente el rostro.
Un hombre se abanicaba con un sombrero.
Frunció ligeramente el ceño.
Él estaba perfectamente cómodo.
Ni siquiera sentía calor.
No le había dado importancia hasta ese momento.
La vibración en su muñeca interrumpió sus pensamientos.
El reloj inteligente acababa de avisarle que había cumplido la meta diaria de pasos.
Sonrió.
Deslizó un dedo sobre la pantalla.
La mujer observó el movimiento con atención.
Sus ojos pasaban del reloj a la mano del joven.
Parecía más confundida que asustada.
Él levantó un poco la muñeca para que pudiera verla mejor.
La mujer dio un paso al frente.
Seguía observando aquella pequeña pantalla.
El joven sacó el celular.
Abrió la galería.
Comenzó a mostrarle las fotografías que había tomado hacía unos minutos.
La mujer miraba la pantalla con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
No terminaba de decidir si acercarse o mantenerse lejos.
En ese momento los audífonos se quedaron sin batería.
La música comenzó a reproducirse por el altavoz del celular.
La mujer dio un pequeño sobresalto.
Buscó con la mirada de dónde salía el sonido.
Cuando descubrió que provenía del teléfono, volvió a quedarse inmóvil.
Poco a poco el miedo desapareció.
Ahora solo quedaba curiosidad.
Comenzó a mover un pie siguiendo el ritmo.
Después el otro.
El joven sonrió.
Salió buchona la doña.
Guardó el celular.
Tomó un vaso de madera que descansaba sobre la mesa.
Lo levantó.
—Vaso.
Se señaló a sí mismo.
Después señaló el vaso.
—Vaso.
La mujer lo observó unos segundos.
Después tomó el vaso.
Pronunció lentamente la palabra con la que ellos lo conocían.
El joven abrió rápidamente el cuaderno.
Escribió la palabra.
Sonrió.
Después señaló una silla.
Repitieron el mismo proceso.
Una mesa.
Una puerta.
Una ventana.
Un plato.
El tiempo comenzó a pasar casi sin que se dieran cuenta.
Él señalaba.
Ella respondía.
Él escribía.
La mujer observaba con atención cada palabra que aparecía sobre el papel.
No entendía aquellos símbolos.
Pero tampoco dejaba de mirarlos.
En ese momento una niña apareció por la puerta.
Se quedó observando al joven.
Después miró el cuaderno.
Luego el lápiz.
Se acercó despacio.
El joven arrancó una hoja.
Se la extendió junto con un lápiz.
La niña dudó unos segundos.
Al final lo tomó.
Intentó copiar lo que él hacía.
Las letras salían torcidas.
El joven sonrió.
Volvió a señalar el vaso.
La mujer dijo la palabra.
La niña la repitió.
Él la escribió.
Después señaló la botella.
Otra palabra.
Luego la mesa.
Otra más.
No sabía cuánto tiempo tendría que quedarse ahí.
Pero cada palabra era un avance.
También tendría mucho más cuidado con el agua y con todo lo que comiera.
Para ser apenas el segundo día...
No iba tan mal.
Cuando volvió a levantar la vista, la niña ya no intentaba copiar las palabras.
Ahora hacía un dibujo sobre la hoja.
El joven dejó escapar una pequeña risa.
Guardó el cuaderno.
Sacó el celular.
Buscó una serie que tenía descargada y la reprodujo.
La mujer dejó lo que estaba haciendo.
La niña también.
Las dos permanecieron completamente inmóviles frente a la pantalla.
Hablaban entre ellas sin apartar la vista.
El joven observó la escena unos segundos.
Después apagó el celular.
Ya les había mostrado suficiente por un día.
Subió a su habitación.
Cerró la puerta.
Conectó los audífonos al power bank.
Por fin tendría un momento para estar solo.