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Capitulo 7

Cap 7 La calma antes del rugido

por ariel322 881 palabras 5 min de lectura
No había pasado ni una hora desde que Rouis salió del camarote cuando algo llamó su atención.
Los peces.
Nadaban con rapidez hacia las profundidades.
No era un movimiento desordenado.
Parecía una huida.
Rouis apoyó ambas manos sobre la barandilla mientras observaba el agua.
—¿Qué estará pasando...?
En ese mismo instante...
la voz del capitán atravesó todo el barco.
—¡¡Todos a cubierta!!
Yube levantó la cabeza de inmediato.
No necesitó hacer preguntas.
También había notado la ausencia de aves y el extraño comportamiento del mar.
Gaiki tardó un poco más en reaccionar.
Todavía seguía pensando en lo ocurrido aquella mañana.
A veces miraba de reojo a Rouis.
Sin querer, imaginaba que algún día ella también pasaría por lo mismo.
No era exactamente miedo.
Era una mezcla de vergüenza y nervios.
Pero el grito volvió a escucharse.
—¡¡Todos a cubierta!!
Las tres corrieron junto al capitán.
—¿Otra tormenta? —preguntó Rouis.
El hombre asintió lentamente.
—Eso parece.
Miró el horizonte.
—Estamos muy cerca de tierra firme.
Si todo sale bien...
solo retrasará nuestra llegada.
No había miedo en su voz.
Solo molestia.
Toda la tripulación permanecía alerta.
Las velas estaban listas.
Las cuerdas aseguradas.
Las herramientas preparadas.
Sin embargo...
no ocurría absolutamente nada.
Los minutos se convirtieron en horas.
El cielo seguía despejado.
El viento apenas soplaba.
El mar parecía una inmensa sábana azul.
Lo único diferente...
era el silencio.
No había peces.
No había aves.
Ni una sola criatura rompía la superficie.
Las tres comenzaron a aburrirse.
—Creo que te equivocaste.
Rouis sonrió mirando a Yube.
—Sí...
Y también el capitán.
Gaiki soltó una pequeña risa.
—Tal vez esta vez sus teorías no funcionaron.
Yube infló las mejillas.
—Todavía no termina el día.
Pero, por dentro...
ella también comenzaba a dudar.
Con tan poco que hacer, decidieron ayudar a los marineros.
La idea duró muy poco.
—No, no...
¡Esa cuerda va del otro lado!
—¡No pisen ahí!
—¡Déjenlo, nosotros nos encargamos!
Las tres terminaron apartándose avergonzadas.
Hacía meses que dedicaban casi todo su tiempo a observar, escribir y estudiar.
Habían dejado de practicar muchas de las tareas que antes realizaban con facilidad.
No era que hubieran olvidado cómo hacerlas.
Simplemente...
estaban fuera de práctica.
Sin saber cómo matar el tiempo, Rouis tuvo una idea.
Arrancó una hoja de su libreta.
Comenzó a dibujar.
—Tengo un juego.
Escribió el dibujo de una especie marina.
Debajo anotó varias pistas.
El objetivo era descubrir de qué animal se trataba.
Al principio parecía un simple juego de adivinanzas.
Pero pronto dejó de serlo.
Cada respuesta obligaba a consultar los libros.
Comparar observaciones.
Leer notas antiguas.
Encontrar diferencias entre especies parecidas.
Sin darse cuenta...
acababan de inventar un pequeño juego de investigación.
Los demás niños comenzaron a participar.
Algunos adultos también.
Incluso varios marineros terminaban discutiendo cuál era la respuesta correcta.
Mientras jugaban...
aprendían a leer.
Escribían palabras nuevas.
Comparaban dibujos.
Poco a poco...
aquellos niños empezaban a mirar el mundo con la misma curiosidad que ellas.
El capitán los observó desde lejos.
Sonrió.
Quizá aquellas tres niñas estaban enseñando mucho más de lo que imaginaban.
Entonces...
un grito rompió toda la tranquilidad.
—¡¡Prepárense!!
Un estruendo sacudió todo el barco.
El impacto lanzó a varias personas contra la cubierta.
La madera crujió con violencia.
Las libretas salieron volando.
Rouis cayó de rodillas.
—¿Qué fue eso?
El capitán corrió hasta la proa.
Su expresión cambió por completo.
Un arrecife.
Pequeño.
Apenas sobresalía de la superficie.
Lo había visto demasiado tarde.
No era culpa de las niñas.
Ni de la tripulación.
Toda la atención había estado puesta en el cielo.
Nadie imaginó que el peligro llegaría desde debajo del agua.
Como si hubiera estado esperando ese momento...
el cielo comenzó a oscurecerse.
Las nubes cubrieron el sol.
El viento regresó.
Mucho más fuerte que antes.
El capitán cerró los ojos durante un segundo.
—Ahora sí...
Comenzó.
—¡¡Todos a sus puestos!!
Los marineros descendieron inmediatamente para reparar la abertura del casco.
Trabajaban con rapidez.
Pero el mar no estaba dispuesto a esperar.
Las olas comenzaron a golpear con una violencia creciente.
El barco entero temblaba.
Cada minuto entraba más agua.
Entonces ocurrió.
Una enorme ola golpeó el costado del barco.
Dos marineros desaparecieron.
Ni siquiera tuvieron tiempo de gritar.
Solo...
dejaron de estar allí.
El silencio duró apenas unos segundos.
Después comenzaron los gritos.
Aun así...
las reparaciones debían continuar.
Cinco hombres bajaron nuevamente.
El océano volvió a rugir.
Otra ola.
Otros cuerpos desaparecieron entre la espuma.
Cinco más.
Nadie regresó.
Los que seguían sobre la cubierta comenzaron a retroceder.
El miedo les paralizaba las piernas.
Nadie quería bajar otra vez.
Pero si nadie reparaba el casco...
el barco entero terminaría hundiéndose.
El capitán observaba a su tripulación.
No veía cobardía.
Veía hombres aterrados.
Hombres que querían vivir.
Y no podía culparlos por ello.
Cada marinero perdido hacía más difícil convencer al siguiente de bajar.
El océano parecía reclamar una vida tras otra.
Mientras tanto...
el agua seguía entrando.
El viento rugía con más fuerza.
El barco crujía como si fuera a partirse en cualquier instante.
El capitán apretó con fuerza el timón.
Miró el horizonte oculto por la tormenta.
Y, por primera vez desde que habían zarpado...
solo pudo hacer una cosa.
Rezar.
Confiar en que el mar aún tuviera misericordia de quienes seguían luchando por mantenerse con vida.

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