Capitulo 6
Cap 6 Después de la tormenta
El océano había recuperado la calma.
Como si la tormenta de la noche anterior jamás hubiera existido.
El barco avanzaba nuevamente impulsado por un viento suave, mientras el aroma salado volvía a llenar el aire.
Las tres niñas permanecían sentadas sobre la cubierta, cada una con su libreta entre las manos.
Habían vivido algo que jamás olvidarían.
Y todas querían escribirlo antes de que algún detalle escapara de su memoria.
Rouis escribía sin detenerse.
Sus palabras hablaban del miedo.
De cómo el océano la había hecho sentir diminuta.
Había visto tormentas en el bosque.
Pero aquello...
aquello era diferente.
El cielo parecía romperse.
El mar rugía como una criatura viva.
Y, aun así...
no podía dejar de pensar en lo hermoso que había sido.
Mientras escribía, una sonrisa aparecía nuevamente en su rostro.
La misma sonrisa curiosa que todos conocían.
Sentía el cuerpo lleno de energía.
Como si todavía pudiera escuchar los truenos retumbando sobre su cabeza.
Gaiki describía algo completamente distinto.
No escribía sobre el miedo.
Escribía sobre la armonía.
Las olas parecían bailar.
El viento marcaba el ritmo.
La lluvia acompañaba cada movimiento.
Todo ocurría con una precisión imposible.
No conocía la palabra "orquesta".
Jamás había visto una.
Pero estaba convencida de que, si existía algo parecido, debía sentirse exactamente igual.
Yube apenas levantaba la vista del papel.
Su libreta estaba llena de preguntas.
Anotó cómo el aire había cambiado de temperatura.
Cómo, antes de la lluvia, el viento se volvía cálido por momentos y frío al instante siguiente.
También escribió que las gotas parecían mucho más grandes que las lluvias que recordaba de tierra firme.
No tenía respuestas.
Solo observaciones.
Y nuevas teorías.
Aquello resultó un alivio para toda la tripulación.
Por primera vez en muchos días...
las tres estaban completamente concentradas en sus propios pensamientos.
No había discusiones.
No había gritos.
Solo el sonido de tres plumas deslizándose sobre el papel.
Los días continuaron pasando.
Llegaron nuevas lluvias.
Algunas apenas duraban unos minutos.
Otras se prolongaban durante horas.
Pero ninguna volvió a parecerse a la enorme tormenta que habían presenciado.
El capitán aprovechó la tranquilidad para enseñarles a leer el océano.
Les explicó cómo observar las nubes.
Cómo interpretar la dirección del viento.
Qué significaban ciertos cambios en el color del agua.
Y cómo podía saber que una tormenta se acercaba incluso antes de verla.
Cada explicación hacía que los ojos de las tres brillaran.
Especialmente los de Yube.
Muchas de las hipótesis que había escrito en su cuaderno coincidían con las explicaciones del capitán.
Cada vez que acertaba, él sonreía satisfecho.
—Muy bien observada.
O le daba una amistosa palmada sobre el hombro.
Poco a poco...
Yube comenzó a destacar.
Leía los apuntes de Rouis.
Comparaba las observaciones de Gaiki.
Y utilizaba toda esa información para construir nuevas teorías.
Las dos elfas empezaron a notar el cambio.
Aunque no siempre les agradaba...
seguían compartiendo toda la información.
No era una opción.
Era una regla.
—Si dejan de compartir sus cuadernos —les había advertido el capitán—, dejaré de prestarles libros y papel.
Ninguna quiso comprobar si hablaba en serio.
El papel era demasiado valioso.
Y conservarlo seco en medio del océano costaba todavía más.
Con el paso de las semanas...
los elogios hacia Yube comenzaron a hacerse más frecuentes.
Eso despertó algo que ninguna esperaba.
Celos.
—Claro que tu teoría funcionó.
Porque usaste mis observaciones.
—Sin mis dibujos ni siquiera sabrías dónde mirar.
—Las dos olvidan que fui yo quien encontró el patrón.
Las discusiones regresaron.
Y esta vez...
eran mucho más intensas.
Aquella tarde discutían dentro de la bodega.
Las voces subían de tono.
Cada una intentaba demostrar que su trabajo era el más importante.
Entonces...
Rouis guardó silencio.
Sintió un calor extraño recorrer su cuerpo.
Después...
algo húmedo.
Bajó lentamente la mirada.
Había sangre.
Mucha sangre.
Su rostro perdió todo el color.
Las piernas comenzaron a temblarle.
—Y... Yube...
Su voz apenas podía escucharse.
—No...
No quiero morir...
Las lágrimas empezaron a caer sin control.
—Perdón...
Perdón por haber estado enojada contigo...
Yube tardó unos segundos en comprender.
Luego siguió la mirada de Rouis.
También vio la sangre.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
No sabía qué estaba ocurriendo.
Gaiki permanecía inmóvil.
Observaba a su hermana con los ojos completamente abiertos.
No podía respirar.
No podía moverse.
Solo podía mirar.
Su mente repetía una única idea.
"Voy a perderla."
De pronto reaccionó.
Salió corriendo de la bodega.
—¡¡Ayuda!!
—¡¡Mi hermana se está desangrando!!
Su voz recorrió todo el barco.
Los marineros abandonaron lo que estaban haciendo.
Varios corrieron inmediatamente hacia la bodega.
Otros permanecieron con Gaiki.
La pequeña apenas podía hablar entre sollozos.
—Es... es mi culpa...
Estaba enojada con ella...
Pensé que...
que ojalá dejara de molestarme...
¡Pero era mentira!
¡La quiero!
¡No quiero quedarme sola!
Una marinera la abrazó con fuerza mientras intentaba tranquilizarla.
Dentro de la bodega, varios hombres levantaron cuidadosamente a Rouis.
Los más jóvenes estaban completamente pálidos.
Nunca la habían visto en ese estado.
Uno de ellos miró la sangre y sintió un nudo en el estómago.
—¿Está...?
Antes de terminar la pregunta...
un viejo marinero observó rápidamente la situación.
Su expresión cambió por completo.
De la preocupación...
al alivio.
Dejó escapar una pequeña risa.
—Tranquilos.
No se está muriendo.
Los muchachos lo miraron confundidos.
—¿Entonces qué...?
—Llévenla con las mujeres.
Ellas sabrán qué hacer.
Dos marineras recibieron a Rouis con toda la calma del mundo.
La envolvieron con una manta.
—Ven con nosotras, pequeña.
Todo está bien.
Rouis seguía llorando.
—¿No... voy a morir?
Una de las mujeres sonrió con ternura.
—No.
Solo estás creciendo.
Mientras tanto, algunos pasajeros conversaban en cubierta.
Muchos desconocían que las elfas pasaran por los mismos cambios que las mujeres humanas.
Siempre habían imaginado que, al ser razas distintas, sus cuerpos también funcionaban de manera completamente diferente.
Aquella pequeña confusión terminó aclarando una duda que varios habían tenido durante años.
Un rato después...
la puerta volvió a abrirse.
Rouis salió con el rostro completamente rojo de vergüenza.
Evitaba mirar a cualquiera.
En cuanto encontró al capitán y a los marineros, hizo una profunda reverencia.
—Lo siento mucho...
No quería preocuparlos.
Varios rompieron a reír con amabilidad.
—Preferimos una falsa alarma que llegar demasiado tarde.
Las mejillas de Rouis se pusieron todavía más rojas.
Entonces buscó con la mirada a Gaiki y a Yube.
Las encontró abrazadas.
Sin pensarlo dos veces...
corrió hacia ellas.
—Perdón...
Las dos la abrazaron al mismo tiempo.
Durante unos segundos...
ninguna dijo una palabra.
No hacía falta.
Las discusiones de los días anteriores parecían haber desaparecido.
El miedo de perderse había sido mucho más fuerte que cualquier diferencia.
Poco después, las tres comenzaron a hablar sobre lo ocurrido.
Las primeras risas escaparon casi sin darse cuenta.
Al principio fueron tímidas.
Después...
imposibles de contener.
Y al verlas reír juntas otra vez...
toda la tripulación sintió el mismo alivio.
El barco, por fin, volvía a sentirse como un hogar.