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Capitulo 10

Cap 10 La voz que no era suya

por ariel322 835 palabras 5 min de lectura
Rouis y Gaiki por fin habían dormido lo suficiente.
No sabían cuánto tiempo había pasado.
El hambre terminó por despertarlas.
Rouis abrió lentamente los ojos. El puerto seguía ahí, pero parecía distinto. Había más personas caminando, más ruido, más voces. Miró el cielo intentando adivinar si era por la mañana o por la tarde, pero no pudo. Había dormido demasiado como para saber qué día era.
Le extrañó no sentir sed.
Su cuerpo estaba frío.
Muy frío.
Giró apenas la cabeza hacia Gaiki.
Ella ya estaba despierta, observando con atención todo lo que ocurría alrededor. No decía una palabra.
Rouis intentó incorporarse.
Un dolor intenso recorrió su cintura.
Su respiración volvió a acelerarse.
El mareo le hizo cerrar los ojos.
Apenas había conseguido levantarse unos centímetros cuando volvió a caer sobre la arena.
El descanso no había servido.
Seguía temblando.
Su cuerpo ardía por dentro mientras la piel permanecía fría.
Cada respiración parecía más pesada que la anterior.
Gaiki se acercó enseguida.
—Quédate aquí.
Rouis apenas pudo asentir.
No tenía fuerzas para discutir.
El hambre pronto dio paso a la sed.
Gaiki salió sola.
Mientras caminaba comprendió algo que hasta ese momento había evitado aceptar.
Ya nadie estaba ayudando como el primer día.
Las pocas personas que seguían repartiendo comida apenas tenían suficiente para los suyos.
Intentó acercarse a varios comerciantes.
Nadie respondió.
Algunos fingían no escucharla.
Otros simplemente continuaban trabajando.
Probó pedir unas monedas.
La mayoría siguió caminando.
Era demasiado joven para entender por qué todo había cambiado tan rápido.
Durante un instante sintió rabia.
No porque creyera que el mundo le debía algo.
Sino porque no entendía cuándo habían dejado de verlos como personas.
Quiso regresar con Rouis.
Pero volver con las manos vacías le dolía más.
Entonces recordó algo.
Respiró hondo.
Se cubrió parte del rostro con las manos.
Y comenzó a cantar.
Su voz era baja.
Temblaba.
Las primeras personas apenas voltearon a verla.
Mientras cantaba, su mente regresó al bosque.
Al río.
A las caminatas con Rouis.
A las plantas que recogían junto a su madre.
¿Por qué habían salido?
¿Por qué habían dejado aquel lugar?
No encontraba una respuesta.
Solo seguía cantando.
Intentó levantar un poco más la voz.
El llanto amenazaba con romper cada palabra.
Sintió cómo la impotencia dejaba de perseguirla para colocarse frente a ella.
Como si quisiera obligarla a verla.
Algunas personas dejaron caer pequeñas monedas.
No por admiración.
Solo por lástima.
Otras siguieron caminando.
Cuando terminó, reunió las pocas monedas que había conseguido.
No eran muchas.
Pero eran todo lo que tenían.
Corrió hacia uno de los puestos de comida.
Un pequeño cartel mostraba el precio del pan y del agua.
Le alcanzaba.
Extendió las monedas.
El comerciante las contó lentamente.
—No alcanza.
Gaiki levantó la vista hacia el cartel.
El hombre ya estaba atendiendo al siguiente cliente.
Ella no dijo nada.
Recogió las monedas.
Caminó hasta otro puesto.
El precio volvió a cambiar.
Y luego otro.
Y otro más.
Los carteles parecían existir solo para quienes pertenecían a aquel lugar.
Con lo poco que pudo comprar regresó junto a Rouis.
La encontró exactamente donde la había dejado.
Sentada.
Con la mirada perdida.
Respirando con dificultad.
Ni siquiera parecía haber notado cuánto tiempo había estado sola.
Rouis intentó sonreír al verla regresar.
No le salió.
Comieron despacio.
O al menos lo intentaron.
La cantidad era tan poca que apenas calmó el vacío del estómago.
Entonces Gaiki tocó la frente de su hermana.
Retiró la mano de inmediato.
Estaba ardiendo.
Miró alrededor buscando ayuda.
Nadie parecía interesado.
Recordó el agua.
Tal vez el mar pudiera bajar la fiebre.
Ayudó a Rouis a ponerse de pie.
Cada paso era un esfuerzo.
Cuando el agua alcanzó sus piernas, Rouis se detuvo.
No quería avanzar más.
Gaiki la sostuvo.
Otro paso.
El agua salada cubrió lentamente la herida de su cintura.
El grito escapó de la garganta de Rouis antes de que pudiera contenerlo.
Todo su cuerpo se tensó.
Intentó retroceder.
El dolor parecía arrancarle el aire.
Empujó a Gaiki.
Se aferró a ella.
Intentó salir.
La desesperación comenzaba a dominarla.
Gaiki también estaba desesperada.
No sabía qué hacer.
Solo quería bajar aquella fiebre.
Intentó sujetarla otra vez.
Rouis seguía resistiéndose.
Entonces...
La bofetada resonó incluso por encima del sonido de las olas.
Rouis quedó inmóvil.
No por el golpe.
Sino por la sorpresa.
Las lágrimas corrían por el rostro de Gaiki.
Le temblaban las manos.
Había golpeado a la única persona que le quedaba.
Y eso le dolía más que cualquier otra cosa.
Rouis respiró varias veces antes de volver a mirar el agua.
Ya no opuso resistencia.
Entre las dos terminaron de limpiarla.
Cuando regresaron a la orilla, Gaiki ayudó a Rouis a sentarse sobre la arena.
Fue entonces cuando algo llamó su atención.
A pocos pasos, donde las olas apenas alcanzaban la playa, descansaba una pequeña libreta.
La cubierta estaba húmeda.
Sobre ella había un dibujo que ninguna de las dos había visto antes.
Las olas iban y venían.
Pero la libreta seguía allí.
Esperándolas.

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