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Capitulo 9

Cap 9 La orilla que no esperaba

por ariel322 1.088 palabras 6 min de lectura
La tormenta no mostraba señales de detenerse.
Con el mar todavía embravecido, los pocos sobrevivientes avanzaban como podían hacia la costa. La tierra estaba cerca. Lo suficiente para verla. Lo bastante lejos para que pareciera inalcanzable.
Nadie hablaba.
Las olas seguían golpeando con fuerza. Algunos apenas podían mantenerse conscientes. Otros seguían nadando solo porque alguien más los empujaba.
Rouis y Gaiki dejaron de resistirse.
El sueño terminó venciendo al cansancio.
Para quienes las cargaban fue un alivio. Mientras permanecieran dormidas ya no intentarían volver al mar.
Todavía había demasiadas personas por sacar del agua.
Cuando por fin tocaron arena, varios simplemente se dejaron caer.
Nadie celebró haber sobrevivido.
Algunos comenzaron a llamar nombres.
Otros caminaban entre los cuerpos buscando un rostro conocido.
Los gritos se mezclaban con el sonido de la lluvia.
El capitán no permitió que el desorden creciera.
Reunió a quienes todavía podían mantenerse de pie.
Contó una vez.
Volvió a contar.
Menos de la mitad.
No dijo nada.
Pidió que nadie abandonara el grupo hasta encontrar un lugar seguro.
Todavía no era momento de descansar.
El puerto estaba cerca.
Caminaron durante largo rato.
El barro hacía más pesado cada paso.
Los heridos avanzaban apoyándose unos en otros.
Desde lejos parecía una procesión.
Nadie hablaba del barco.
Todos caminaban mirando el suelo.
La noticia llegó antes que ellos.
Cuando los primeros sobrevivientes entraron al puerto ya había guardias esperándolos.
No para recibirlos.
Solo para asegurarse de que no bloquearan el paso.
El capitán apenas tuvo tiempo de dar unas cuantas órdenes antes de que varios funcionarios lo apartaran del grupo.
Querían saber qué había ocurrido.
No por los muertos.
Ni por los sobrevivientes.
Querían saber qué había hundido la embarcación.
Si existía algún peligro para los siguientes barcos.
El resto quedó por su cuenta.
Se permitió levantar un campamento improvisado cerca del puerto.
Nada más.
Rouis abrió los ojos.
No reconocía el lugar.
Todo el cuerpo le dolía.
Mover una mano era suficiente para hacerla jadear.
El aire seguía sin entrar del todo.
Respiraba una y otra vez.
Nunca parecía suficiente.
A unos pasos, Gaiki también despertó.
Intentó levantarse.
Las piernas no respondieron.
Tardó varios intentos antes de conseguir sentarse.
Miró alrededor.
Reconoció algunos pasajeros.
Muchos seguían acostados.
Otros lloraban.
Otros simplemente permanecían inmóviles.
—¿Así... así se siente mamá...?
La pregunta salió tan despacio que casi se perdió entre el viento.
Rouis tardó unos segundos en responder.
—No lo sé...
Gaiki bajó la cabeza.
No volvió a hablar.
Caminar resultó más difícil de lo que imaginaban.
Cada pocos pasos Rouis tenía que detenerse para recuperar el aliento.
Las personas las observaban.
Algunos nunca habían visto un elfo.
Otros solo miraban por curiosidad.
Una pareja terminó acercándose.
Preguntaron de dónde venían.
Cómo eran sus bosques.
Si realmente vivían tanto tiempo.
Ellas respondieron sin pensar demasiado.
Cuando terminaron, aquellas personas intercambiaron una mirada.
—Deben tener hambre.
Las llevaron a comer.
No era mucho.
Un plato sencillo.
Pan.
Un poco de carne.
Algo caliente.
Las dos comenzaron a comer casi al mismo tiempo.
No hablaron mientras lo hacían.
Cuando terminaron, Rouis respiraba un poco mejor.
Se despidieron agradeciendo varias veces.
Por un momento pareció que todo terminaría bien.
Caminaron otro poco.
El puerto seguía lleno de personas.
Marineros.
Mercaderes.
Pescadores.
Niños.
Rouis se detuvo.
El cuerpo dejó de responderle.
Terminó sentándose sobre unos escalones.
Gaiki permaneció junto a ella.
Había algo que intentaba recordar.
Algo importante.
Cada vez que creía alcanzarlo, la preocupación por Rouis ocupaba ese lugar.
El pensamiento desaparecía otra vez.
Regresaron al campamento cuando comprendieron que no tenían dinero para pagar una habitación.
Nadie las recibió.
Tampoco las rechazó.
Cada familia estaba ocupada resolviendo sus propios problemas.
Ellas buscaron un espacio libre.
Se acostaron una junto a la otra.
El sueño volvió antes de que pudieran acomodarse.
A la mañana siguiente, el puerto despertó mucho antes que ellas.
Los pescadores empujaban sus embarcaciones hacia el agua.
Los comerciantes levantaban las cortinas de madera de sus negocios.
Los niños corrían entre los puestos.
Una anciana llegó cargando una olla.
La dejó junto al campamento.
No dijo nada.
Cuando regresó unos minutos después, estaba vacía.
No volvió al día siguiente.
—¿Cuántos sobrevivieron?
—No lo sé.
—Dicen que más de cien.
—Demasiados.
El comerciante siguió acomodando sus cajas.
No parecía una conversación importante.
Gaiki despertó.
Lo primero que hizo fue tocar el pecho de Rouis.
Subía.
Bajaba.
Respiraba.
Volvió a cerrar los ojos.
Desapareció un cuchillo.
Nadie sabía cuándo.
Nadie sabía quién lo había tomado.
Solo dejó de estar donde siempre.
Dos comerciantes comenzaron a guardar parte de su mercancía dentro de los locales.
Antes la dejaban afuera.
Ahora no.
Nadie preguntó por qué.
Un muchacho salió corriendo con un pescado entre los brazos.
El vendedor lo alcanzó antes de llegar a la esquina.
Lo empujó al suelo.
El pescado cayó entre el barro.
—¡Ladrón!
Nadie preguntó cuánto tiempo llevaba sin comer.
—Era uno de los náufragos.
—Eso dicen.
Gaiki volvió a despertar.
La ropa de Rouis seguía húmeda.
Le acomodó el cabello.
Sus manos estaban heladas.
La abrazó.
Volvió a dormir.
Una mujer esperaba junto a una taberna.
Cuando un marinero salió, caminaron juntos hacia un callejón.
Dos hombres dejaron de reparar una red para mirarlos.
—Ya empezaron.
Ninguno dijo más.
Los rumores comenzaron a recorrer el puerto.
Cada persona agregaba algo distinto.
Cuando una historia cruzaba el mercado ya no se parecía a la original.
Los guardias empezaron a caminar con más frecuencia entre el campamento.
Al principio solo observaban.
Después comenzaron a hacer preguntas.
Más tarde dejaron de preguntar.
La comida empezó a llegar con menos frecuencia.
Las discusiones aparecieron primero entre los propios refugiados.
Algunos escondían lo poco que conseguían.
Otros dormían abrazando sus pertenencias.
Una madre tomó de la mano a su hijo.
El niño observaba el campamento.
—¿Por qué están ahí?
—Porque perdieron su barco.
—¿Ya se van a ir?
La mujer tardó unos segundos en responder.
—Eso espero.
Siguió caminando.
Al caer la tarde ya casi nadie sonreía al pasar frente al campamento.
Las miradas cambiaron antes que las palabras.
Primero apareció la desconfianza.
Después el rechazo.
Los insultos tardaron un poco más.
Rouis seguía dormida.
Su respiración volvía a hacerse pesada.
El frío recorría lentamente su cuerpo.
Gaiki despertaba solo para comprobar que seguía respirando.
Después el cansancio volvía a vencerla.
Mientras ellas permanecían inmóviles, el puerto seguía cambiando.
Cada conversación era un poco menos amable que la anterior.
Cada rumor encontraba un nuevo oyente.
Cada robo hacía más difícil olvidar el anterior.
Nadie había puesto una mano sobre ellas.
Todavía.

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