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Capitulo 23

Cap 23 La electricidad

por ariel322 1.219 palabras 7 min de lectura
El joven despertó.
Vio su celular sobre la mesa, pero no le dio demasiada importancia y continuó con su día. Aun así, el pensamiento de aquel extraño sueño no lo dejaba en paz. Incluso llegaba a distraerlo.
Por momentos pensaba en lo fácil que sería hacer algunas cosas si tuviera ciertas herramientas. Hasta llegó a extrañar el paracetamol.
Para su suerte, uno de los niños estaba presente cuando se perdió en sus pensamientos y comenzó a hablar en voz alta.
El niño lo miró con cierta confusión.
—¿Paracletamal?
—¿Eh?
—Lo que dijiste. Paracletamal. ¿Qué es eso y por qué lo extrañas?
—Aaaah...
—¿Ehhh?
—Paracetamol. Es una medicina que se usa donde vivía. A lo mejor también en otros países, pero supongo que no es tan común como en el mío.
—¿Medicina?
—Así es. Una medicina.
—¿Qué cura esa medicina?
El joven se quedó pensando.
—La verdad no sé, pero casi siempre la recetan, jejeje.
El niño permaneció pensativo durante unos momentos antes de continuar con lo suyo.
El joven simplemente lo observó. Según él, estaba solo en aquella zona, así que le resultó un poco extraño encontrarlo allí. De cualquier manera, no le dio demasiada importancia y siguió con su trabajo.
Cuando llegó el mediodía, decidió volver a la granja.
El niño seguía en las tierras, observando cómo el agua recorría los canales como si nadie hubiera pensado en algo semejante antes. También se había percatado de que miraba mucho las plantas, deteniéndose en ellas como si intentara analizar cada detalle.
El joven dio un pequeño grito para llamarlo.
El niño corrió hasta su lado y, apenas comenzó a caminar junto a él, volvió a preguntar.
—¿Por qué separaste las plantas?
—Porque las plantas ocupan espacio para crecer.
—Pero las que cortas en los prados están todas juntas.
—Eso es porque esas plantas tienen mucho tiempo ahí. Si te fijas bien, las raíces no están una al lado de la otra. Lo que está junto son los brotes.
El niño volvió la mirada hacia los cultivos.
—¿Y por qué plantaste esas plantas en vez de comida para ti?
—Porque las plantas que corto no son eternas y los animales comen mucho.
El niño pareció entender.
No volvió a preguntar y quedó perdido en sus pensamientos.
El camino fue corto. Ambos estaban bastante distraídos, hasta que algo llamó la atención del joven.
Se detuvo.
Miró hacia adelante.
Y de repente comenzó a correr.
El niño corrió detrás de él con cierto miedo. No sabía por qué corría, pero tampoco quería quedarse atrás para averiguarlo.
Cuando consiguió alcanzarlo, encontró al joven extrañamente feliz.
Se movía como si le doliera la panza o algún animal acabara de morderlo.
Intentó levantar una enorme cosa azul que había aparecido allí, pero no pudo. Cambió de posición, hizo fuerza nuevamente y, después de un enorme esfuerzo, finalmente consiguió levantarla.
La dejó en el suelo y enseguida dirigió su atención hacia otra cosa.
Parecía una cuerda negra enrollada. Había tanta que el rollo era enorme.
Un poco más allá había varios cuadros. Azules por un lado y blancos por el otro.
El niño seguía sin comprender por qué aquellas cosas hacían tan feliz al joven.
Pero sentía curiosidad.
Nada de lo que había en el pueblo conseguía que se pusiera así, por lo que aquellas cosas tenían que ser bastante especiales.
Entonces el joven tomó una especie de bolsa transparente que contenía varios cuadrados negros pequeños.
—¿Qué es eso?
El joven levantó la bolsa.
—Eso, niño, es lo que él me dijo que me daría. Y el hijo de puta cumplió. ¿Sabes qué es lo que voy a hacer?
El niño sonrió ampliamente.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a ir a arrancarme el pito de tanto que me la voy a jalar con esto.
El niño no entendió absolutamente nada.
Pero sonrió de todas formas.
Tenía muchas preguntas, aunque tampoco se atrevía a hacerlas todas.
El joven tomó aquella cuerda negra, que a simple vista parecía bastante frágil, y comenzó a extenderla. Después empezó a hacer pequeñas marcas sobre ella.
El niño observó atentamente.
¿Acaso tenía pensado cortarla?
¿Y para qué?
Luego tomó los pequeños cuadrados negros de la bolsa y comenzó a colocarlos junto a la cuerda, como si estuviera comprobando si entrarían o no.
Después abrió un pequeño orificio en cada una de las marcas.
Colocó uno de los cuadrados en cada agujero.
El niño finalmente no pudo contenerse.
—Señor, ¿por qué hace eso?
—Porque con esto voy a regar las plantas.
El niño miró la cuerda.
Luego miró al joven.
—¿Con eso?
—Sí. Con esto.
No parecía convencido.
¿Cómo iba a regar las plantas con una cuerda?
El joven regresó hacia los cultivos y comenzó a extenderla a lo largo de cada una de las líneas.
El niño terminó ayudándolo.
El trabajo tomó mucho más tiempo del esperado. La noche llegó y apenas consiguieron terminar.
Al día siguiente, cuando el niño regresó a la granja, el joven ya estaba allí.
Parecía haber llegado extremadamente temprano.
O quizá nunca se había ido.
Estaba sentado cerca de aquellos extraños cuadros, con su cuaderno frente a él. Escribía números y colocaba letras junto a algunos de ellos. Lo más extraño era que, de alguna manera, aquellas letras parecían convertirse también en números.
Entre los cálculos hacía dibujos todavía más extraños.
El niño se acercó.
—¿Qué es lo que dibujas?
El joven ni siquiera levantó demasiado la mirada.
—Un diagrama de conexión.
El niño se quedó en silencio.
Aquella respuesta no le había servido absolutamente para nada.
El joven lo miró un momento y señaló el dibujo.
—Este dibujo es un diagrama de conexión. Es para saber cómo tengo que ir conectando todo el equipo que tengo aquí.
El niño observó nuevamente el cuaderno.
—¿Y por qué los números llevan algunas letras al lado?
—Eso es porque a veces no sabemos cuál es el valor que ocupamos. Y como no lo sabemos, tenemos que darle un significado, por así decirlo.
Señaló una parte de sus cálculos.
—Por ejemplo, aquí tengo estos números, pero me falta saber este otro. Como no sé cuál es, no puedo poner un número, entonces tomo una letra y lo represento con ella. Después tomo los números que ya conozco y con eso averiguo el número que me hace falta.
El niño siguió mirando el cuaderno.
No había entendido nada.
Decidió no preguntar.
Al joven tampoco pareció importarle. Estaba demasiado absorto en sus asuntos como para prestarle atención.
Sacó varios hilos negros, rojos, blancos y verdes. Comenzó a unirlos con otros que salían de aquellos cuadros azules y luego colocó sobre ellos algo negro y muy delgado que los cubría.
Toda la atención del niño estaba puesta en sus manos.
No entendía qué estaba haciendo.
Pero no podía dejar de mirar.
El joven terminó algunas conexiones y colocó aquellos cuadros azules bajo la luz.
Los observó durante unos segundos.
Después tomó uno de los extraños hilos.
—Esto que voy a hacer no lo hagas.
Lo tocó.
Su cuerpo se tensó de golpe.
Soltó el cable y comenzó a maldecir.
El niño dio un pequeño salto hacia atrás.
El joven se quejaba como si aquello le hubiera causado un gran dolor. Maldijo varias veces y dijo muchas otras cosas que el niño no consiguió entender.
Pero había algo todavía más extraño.
El joven sonreía.

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