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Capitulo 3

Cap 3 El río que conducía al mundo

por ariel322 1.271 palabras 7 min de lectura
Las maletas estaban listas.
Ninguna de las dos quería cargarlas.
No porque fueran pesadas.
Sino porque, al hacerlo, significaba aceptar que realmente iban a marcharse.
El gran árbol despertaba lentamente mientras los primeros rayos del sol atravesaban las hojas.
Todo parecía igual que cualquier otro amanecer.
Los niños corrían por las plataformas.
Los artesanos comenzaban su trabajo.
Los cazadores preparaban sus arcos.
Era como si el pueblo hubiera decidido seguir viviendo...
aunque ellas se fueran.
Rouis abrazó a cada uno de los habitantes del pueblo.
Al viejo cazador que le había enseñado a seguir huellas.
A la anciana que siempre le regalaba frutas.
A los niños con quienes había crecido.
Cada despedida terminaba igual.
—Volveremos.
—Las estaremos esperando.
Gaiki apenas podía hablar.
Sus ojos permanecían llenos de lágrimas.
En el fondo esperaba que alguien dijera:
—No se vayan.
Pero nadie lo hizo.
Todos las animaban a partir.
Y precisamente por eso...
era mucho más difícil marcharse.
Laika esperaba junto a la entrada de su hogar.
No podía acompañarlas hasta el embarcadero.
Su cuerpo ya no se lo permitía.
Rouis se arrodilló frente a ella.
—Volveremos pronto.
Laika acarició su rostro.
—Lo sé.
Después miró a Gaiki.
—Cuida de tu hermana.
Gaiki hizo un pequeño gesto con la cabeza.
No confiaba en su voz.
Las dos abrazaron a su madre durante largo rato.
Ninguna quería ser la primera en soltarla.
Finalmente...
tuvieron que hacerlo.
El pequeño bote se balanceaba suavemente sobre el río.
Rouis lo observó de arriba abajo.
Después miró a Yube.
—¿Aquí vamos a cruzar el océano?
Yube la miró unos segundos.
Luego comenzó a reír.
—¿Qué?
—¿De verdad crees que cruzaríamos el océano en esto?
Rouis y Gaiki intercambiaron miradas.
—...sí.
Yube apoyó ambas manos en la cintura.
Por primera vez desde que la conocían tenía una expresión de absoluta superioridad.
—El barco que usamos para llegar aquí era enorme.
No puede navegar por el río.
Por eso usamos uno pequeño.
Las dos hermanas permanecieron inmóviles.
Después sus ojos comenzaron a brillar.
—¿Hay uno más grande?
—Muchísimo más grande.
—¿Cuánto?
—Ya lo verán.
Yube sonrió satisfecha.
Era una pequeña victoria.
Por una vez, ella sabía algo que las dos elfas no.
El río descendía lentamente entre el bosque.
Les tomaría prácticamente todo el día llegar hasta su desembocadura.
Yube les hablaba sin parar sobre el océano.
Intentaba describir un lugar que ni siquiera sabía explicar con palabras.
—El agua no tiene fin.
—¿Cómo que no tiene fin?
—Mires donde mires...
solo ves agua.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá cuando lo vean.
Les habló de peces enormes.
De tormentas.
De olas más altas que una casa.
De puertos llenos de personas.
Cuanto más intentaba explicarlo...
más preguntas nacían.
A medida que descendían por el río comenzaron a aparecer otras embarcaciones.
Al principio una.
Después varias.
Más adelante eran decenas.
Había personas con distintos tonos de piel.
Cabellos de colores y peinados extraños.
Vestimentas completamente diferentes a las que conocían.
Algunas embarcaciones transportaban mercancías.
Otras familias enteras.
Cada barco parecía contar una historia distinta.
Rouis no sabía hacia dónde mirar primero.
El mundo era mucho más grande de lo que había imaginado.
Los refugiados comenzaron a relajarse conforme avanzaba el viaje.
Muchos seguían preocupados por volver a su reino.
Otros hablaban emocionados sobre el momento de reencontrarse con sus familias.
Rouis no tardó en acercarse a ellos.
Escuchaba cada historia con una atención absoluta.
Su sonrisa transmitía una tranquilidad difícil de explicar.
Poco a poco, quienes habían viajado llenos de incertidumbre comenzaron a sentirse más calmados al conversar con ella.
Gaiki ayudaba en todo lo que podía.
Aunque era mucho más tímida.
Cada vez que alguien intentaba hablarle demasiado tiempo, terminaba escondiéndose detrás de Yube.
La humana sonreía divertida.
Parecía haberse acostumbrado a rescatarla de esas situaciones.
Mientras tanto, Rouis seguía descubriendo historias.
Ciudades enormes.
Montañas nevadas.
Desiertos.
Mercados.
Reinos.
Los humanos parecían felices de compartir lo que sabían.
Quizá porque sus vidas eran más cortas.
Quizá porque entendían que el conocimiento solo sobrevivía si era transmitido.
El viaje terminó antes de que se dieran cuenta.
Cuando uno de los adultos anunció que habían llegado al final del río, las tres levantaron la cabeza sorprendidas.
Habían pasado tantas horas conversando y aprendiendo que casi olvidaron que estaban viajando.
Entonces lo vieron.
El barco.
Era gigantesco.
Las velas parecían tocar el cielo.
Había marineros corriendo de un lado a otro.
Grandes cuerdas colgaban por todas partes.
Rouis permaneció inmóvil.
Gaiki tampoco era capaz de apartar la mirada.
Yube sonrió.
Había esperado ese momento desde que salieron del bosque.
—Les dije que era grande.
Un hombre con un elegante uniforme descendió por la pasarela.
Su mirada se detuvo inmediatamente sobre las dos elfas.
—¿Ellas son las jóvenes de las que me hablaron?
Los adultos responsables respondieron afirmativamente.
El capitán pidió hablar con ellas en privado.
Quería conocer un poco más sobre los elfos.
Rouis y Gaiki aceptaron encantadas.
No imaginaba el error que acababa de cometer.
Apenas cerró la puerta del camarote...
comenzó el interrogatorio.
—¿Cómo funciona un barco tan grande?
—¿Qué hacen todas esas cuerdas?
—¿Cómo saben hacia dónde navegar?
—¿Qué ocurre cuando no hay viento?
—¿Cuánto tarda en cruzarse el océano?
El capitán respondía una pregunta...
y recibía cinco más.
Después de casi una hora...
abrió uno de los cajones de su escritorio.
Sacó una gruesa libreta.
Después otra.
Y otra más.
Las colocó frente a ellas.
—Aquí encontrarán respuesta para la mayoría de sus preguntas.
Las dos observaron los libros como si fueran un tesoro.
El capitán sonrió aliviado.
—Ahora...
¿podrían responder algunas de las mías?
Durante un buen rato hablaron sobre el bosque.
Las plantas medicinales.
Las costumbres élficas.
La economía del pueblo.
Su forma de vivir.
El capitán anotaba cada respuesta con un interés casi infantil.
Al salir del camarote, Rouis abrazaba varios libros contra el pecho.
—¡Yube!
La humana volteó de inmediato.
—¡Mira lo que nos regalaron!
Rouis abrió el primero.
Lo colocó frente a Yube.
—Léelo.
Yube permaneció completamente inmóvil.
Después sonrió con cierta vergüenza.
—No puedo.
Las dos hermanas la miraron confundidas.
—¿Qué quieres decir con que no puedes?
—No sé leer.
Las tres guardaron silencio.
Rouis abrió otro libro.
Gaiki otro más.
Todos estaban llenos de símbolos incomprensibles.
Ninguna podía entender una sola palabra.
En el gran árbol nunca había sido necesario aprender.
Las historias se transmitían de generación en generación.
El conocimiento viajaba de boca en boca.
No mediante libros.
Las tres se miraron.
Después los libros.
Y casi al mismo tiempo dijeron:
—Tenemos que aprender.
Todavía faltaban algunos días para que el gran barco zarpara rumbo al océano.
El capitán, divertido por la curiosidad de aquellas niñas, aceptó enseñarles a leer durante el tiempo que permanecieran en el puerto.
Las tres aprendían con una rapidez sorprendente.
Por las mañanas ayudaban a la tripulación.
Transportaban mercancías.
Limpiaban la cubierta.
Aprendían los nombres de cada parte del barco.
Por las tardes estudiaban letras, palabras y mapas.
Y por las noches seguían haciendo preguntas.
Muchas preguntas.
Tantas...
que la tripulación terminó poniéndoles un apodo.
Las Sabias Voraces.
Porque nunca parecían saciar su hambre de conocimiento.
Rouis contaba historias sobre el gran árbol.
Gaiki, animada por los marineros, comenzó a cantar algunas de las canciones que Laika les había enseñado.
No era la mejor cantante.
A veces desafinaba.
Pero cuando terminaba...
todos aplaudían.
Y poco a poco...
Gaiki comenzó a perder el miedo de cantar frente a los demás.
Aquellos días estuvieron llenos de risas.
Parecía increíble encontrar tantas personas distintas reunidas en un solo lugar.
Y, sin que ninguna de ellas lo supiera...
estaban viviendo los días más felices que recordarían durante mucho tiempo.

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