Capitulo 12
Cap 12 Las puertas abiertas
Rouis fue llevada en un carruaje a las afueras del puerto. Sería trasladada a una de las ciudades más cercanas para ser juzgada por el delito que ella misma había confesado. Durante todo el viaje permaneció en silencio. El camino se sintió demasiado corto, o quizá era su mente la que no era capaz de seguir el ritmo del tiempo. Los minutos pasaban sin que pudiera distinguir unos de otros.
Al llegar, fue encerrada en una celda temporal. Poco después le llevaron un plato de comida. Era sencillo, apenas lo suficiente para saciar el hambre de cualquier prisionero.
Se quedó observándolo.
Esperó sentir hambre, pero esta nunca llegó. Solo estaba cansada. Quería dormir, cerrar los ojos aunque fuera un instante, pero los gritos y discusiones provenientes de las otras celdas no se lo permitían.
Tomó un pequeño bocado.
Su cuerpo lo rechazó de inmediato.
Bajó la mano lentamente y dejó el alimento sobre la mesa improvisada. No insistió. Si su propio cuerpo no lo aceptaba, obligarse no cambiaría nada.
Con el paso del tiempo, los gritos comenzaron a desaparecer. Uno por uno, los sonidos fueron extinguiéndose hasta dejar un silencio que le resultó extraño. ¿Ya habían terminado los demás juicios? ¿Se habrían olvidado de ella?
Era imposible saberlo.
Volvió a tomar la comida.
Esta vez el bocado pasó sin dificultad.
No tenía sabor.
Era insípido, distinto a cualquier cosa que hubiera probado antes. Aun así, aquella comida le producía una extraña tranquilidad. No necesitaba pensar para comer. No necesitaba responder preguntas. Solo llevar otro bocado a la boca.
Cuando terminó, el plato había quedado completamente vacío.
El silencio seguía allí.
La soledad comenzó a hacerle compañía.
Instintivamente desvió la mirada hacia las paredes de la celda. Siguió con los ojos las grietas de la piedra, contó algunos ladrillos, observó la pequeña ventana y la forma en que la luz atravesaba los barrotes. Después miró el suelo, las marcas de humedad, las sombras que cambiaban lentamente.
No sabía qué buscaba.
Solo seguía mirando.
Cada vez que dejaba de hacerlo, una punzada recorría su cintura.
Fruncía el ceño sin entender por qué.
Entonces volvía a levantar la vista y continuaba observando cualquier cosa que tuviera delante.
Permaneció así hasta que unos pasos se acercaron a la celda.
Su nombre fue pronunciado y dos guardias la escoltaron hasta una enorme habitación. Había muchas personas reunidas, pero no reconocía a ninguna.
Un hombre dio inicio al juicio.
Las primeras preguntas fueron sencillas.
Su nombre.
Cómo se sentía.
Cómo había sido tratada desde su llegada.
Respondió con cierta timidez. No sabía dónde estaba ni quiénes eran aquellas personas, pero ninguna parecía levantar la voz.
Después llegaron preguntas sobre el viaje.
Cuál era su función dentro del navío.
Cómo transcurrían sus días.
Qué tareas realizaban durante la investigación del océano.
Contestó una por una. Los presentes escribían sin detenerse. Más que juzgarla, parecía que intentaban comprender todo lo ocurrido.
Entonces llegó la pregunta que hizo que toda la sala guardara silencio.
—Usted afirma ser la responsable de la muerte de una de sus compañeras de investigación. Según el informe presentado por el capitán Versual, ustedes estaban encargadas de registrar la información obtenida durante la expedición.
Rouis respondió.
Contó todo cuanto recordaba.
Incluso explicó cosas que nadie le había preguntado, como si intentara convencerlos de algo que ni ella misma comprendía.
Los presentes únicamente escuchaban y tomaban notas.
Finalmente uno de ellos volvió a hablar.
—Entonces... ¿cómo ocurrió exactamente el asesinato de su compañera?
Consultó unos documentos antes de continuar.
—Yube... ese era su nombre, ¿verdad?
El aire desapareció de los pulmones de Rouis.
Una punzada atravesó su cintura.
Llevó una mano hacia ella casi por reflejo, sin comprender el motivo. Su respiración se volvió irregular.
A diferencia de los hombres del puerto, aquellas personas no la presionaron. Esperaron en silencio.
Con la voz quebrada, respondió.
Explicó cómo ella era la asesina de su amiga.
Cada palabra salía con dificultad.
Cada respuesta era anotada con atención.
Nadie la interrumpía.
Nadie apartaba la vista de ella.
Cuando terminaron las preguntas, Rouis fue llevada nuevamente a la celda.
Esta vez le entregaron una bebida caliente.
No era especialmente buena, pero el calor que recorría sus manos resultaba extrañamente reconfortante.
Pensó que quizá solo querían mantenerla tranquila para seguir haciéndole preguntas.
No sabía si sería capaz de responderlas.
Tiempo después volvieron a buscarla.
Regresó a la misma sala.
Tras una breve deliberación, se anunció el veredicto.
Inocente.
No existían pruebas suficientes para demostrar que hubiera cometido un asesinato.
Algunos de los presentes parecieron satisfechos.
A otros el resultado les fue indiferente.
Las cadenas fueron retiradas.
Las puertas quedaron abiertas.
Pero Rouis no supo hacia dónde ir.