Capitulo 20
Cap 20 Los frutos del trabajo
El tiempo parecía pasar mucho más rápido cuando había tanto por hacer.
Los niños continuaban aprendiendo del joven y, después de tantas semanas siguiéndolo de un lado a otro, algunos ya conocían suficientemente bien su rutina como para ayudar sin necesidad de recibir demasiadas instrucciones. Podía encargarles tareas sencillas y confiar en que las harían correctamente.
No siempre había sido así.
Al principio tenía que vigilarlos constantemente, corregirlos o repetir las cosas varias veces. Ahora bastaba con señalar un recipiente, un animal o alguna herramienta para que varios entendieran qué necesitaba.
Y los niños ya no eran los únicos que lo acompañaban.
Los cambios en los animales de Lapert habían llamado la atención de otras personas. Poco a poco algunos habitantes comenzaron a confiarle parte de su ganado para que se encargara de su cuidado y crianza.
Por supuesto, el joven no trabajaba gratis.
El dinero seguía teniendo poco valor para él. Sabía que tarde o temprano tendría que aprender a utilizarlo correctamente, pero en aquel momento prefería cosas que pudiera aprovechar inmediatamente.
Alimento, materiales, herramientas y, en algunos casos, animales.
De esa forma había terminado reuniendo algunos propios.
Para sorpresa de pocos, eran de los más saludables.
Aquello generaba una pregunta entre varios habitantes del pueblo.
¿Por qué no se los comía?
Algunos de sus animales ya habían alcanzado un tamaño adecuado para el sacrificio. Para ellos, continuar alimentándolos parecía innecesario cuando podían convertirse en carne.
El joven simplemente continuaba cuidándolos.
Los niños y algunos de los jóvenes que comenzaban a integrarse al trabajo ya entendían un poco mejor sus intenciones. Algunos habían sido enviados por sus padres precisamente para supervisar los animales que habían dejado bajo su cuidado, pero terminaron haciendo mucho más que observar.
Aprendían.
Limpiaban.
Alimentaban.
Separaban el forraje.
Revisaban el agua.
Y, sobre todo, observaban al joven.
Había muchas cosas de aquel extraño que todavía no comprendían.
Una de ellas ocurría ocasionalmente durante sus descansos.
El joven sacaba aquel extraño rectángulo, tocaba la superficie unas cuantas veces y se quedaba mirándolo.
Después levantaba la vista hacia el cielo.
En esos momentos era diferente.
No hacía bromas ni trabajaba. Su expresión perdía algo de aquella tranquilidad habitual y durante unos segundos parecía estar en otro lugar.
Había tristeza en sus ojos.
Todos lo habían notado alguna vez.
Nadie preguntaba.
Y el joven tampoco decía nada.
Guardaba nuevamente el aparato y regresaba a trabajar como si nada hubiera ocurrido.
Con el tiempo, aquellos momentos simplemente se convirtieron en otra de sus muchas costumbres.
Hasta que un día ocurrió algo diferente.
Uno de los niños estaba trabajando con las vacas.
El joven se encontraba a cierta distancia y, por alguna razón, no apartaba los ojos de él.
No decía nada.
Solo observaba.
Los demás tardaron en notarlo, pero cuando lo hicieron comenzaron a mirar también al niño.
Algo estaba pasando.
El joven rara vez prestaba tanta atención a una tarea que los niños ya sabían realizar.
Uno de los muchachos mayores se acercó para ayudar.
El joven siguió mirando.
El muchacho se colocó detrás de una de las vacas.
Entonces el joven entendió exactamente lo que estaba a punto de ocurrir.
No alcanzó a decir nada.
La vaca lanzó una patada.
El golpe alcanzó al muchacho y lo hizo retroceder violentamente hasta terminar en el suelo.
Hubo un breve silencio.
El joven lo miró.
El muchacho permaneció sentado, todavía intentando comprender qué acababa de pasar.
Y entonces el joven comenzó a reír.
No fue una pequeña carcajada.
Se dobló ligeramente mientras intentaba recuperar el aire.
Los niños miraron al muchacho.
Después al joven.
Luego nuevamente al muchacho.
No tardaron en contagiarse.
El pobre se levantó como pudo, rojo de vergüenza y claramente molesto. No parecía haber sufrido nada serio, pero aquello no importaba demasiado cuando todos a su alrededor se estaban riendo.
El joven consiguió tranquilizarse durante unos segundos.
Lo miró.
Y volvió a reír.
Durante el resto del día bastaba con que sus miradas se cruzaran para que la escena regresara a su cabeza.
Finalmente el muchacho perdió la paciencia.
El joven todavía sonreía cuando soltó una frase que ninguno había escuchado antes.
—La risa es la que chinga.
Los niños lo miraron.
Habían aprendido suficiente de su idioma para reconocer parte de la frase.
Y, por el contexto, no tardaron demasiado en comprender el resto.
Las risas comenzaron nuevamente.
El muchacho fulminó al joven con la mirada.
—El golpe no te duele, ¿verdad?
No recibió respuesta.
El muchacho simplemente se dio la vuelta y se marchó.
Eso solo consiguió que volviera a reír.
A partir de aquel día algo cambió.
Los niños comenzaron a tener más cuidado con lo que hacían frente a él.
No porque temieran que los regañara.
Habían descubierto algo mucho peor.
El joven podía burlarse de ellos.
Hasta entonces lo habían visto enseñar, trabajar, fumar, escuchar música y hacer una interminable cantidad de cosas extrañas.
Nunca lo habían visto comportarse de aquella manera.
Quizá simplemente había empezado a sentirse suficientemente cómodo entre ellos.
Poco después aparecieron los sobrenombres.
El joven conocía el nombre de varios niños y muchachos.
Eso no impidió que dejara de utilizarlos.
Un día alguno tenía nombre.
Al siguiente ya era otra cosa.
Al principio los niños no reaccionaban cuando los llamaba. Sabían perfectamente que aquellas palabras no eran sus nombres.
El joven insistía.
Eventualmente terminaban volteando.
Y eso bastaba.
Los demás comenzaron a utilizar también aquellos sobrenombres.
Para ellos se convirtió en una especie de juego.
Algunos no estaban demasiado contentos con el nombre que habían recibido. Otros parecían llevarlo con orgullo, como si haber recibido uno significara que finalmente habían conseguido suficiente reconocimiento por parte del extraño.
El joven no hacía distinción.
Todos podían convertirse en víctimas.
Así continuaron pasando los días hasta que llegaron varios comerciantes al pueblo.
Su presencia no parecía causar demasiada sorpresa entre los habitantes, pero sí llamó la atención del joven.
Habían traído mercancías diferentes a las que encontraba habitualmente.
Herramientas, recipientes, telas y varios objetos que no había visto desde su llegada.
Recorrió las mercancías con curiosidad.
Había muchas cosas que le interesaban.
El problema era que prácticamente no tenía dinero.
Eso complicaba bastante cualquier intento de comprar algo.
Mientras observaba, uno de los comerciantes se fijó en los animales.
Se acercó para examinarlos.
Después señaló uno y comenzó a hablar.
El joven negó inmediatamente.
No estaba en venta.
Los niños tuvieron que intervenir.
A estas alturas se habían acostumbrado tanto a funcionar como intérpretes que rápidamente se colocaron entre ambos y comenzaron aquella complicada traducción improvisada.
El comerciante quería comprar algunos animales.
El joven no quería entregarlos.
Sin embargo, entre las mercancías había un par de cosas que sí habían llamado especialmente su atención.
Varios relojes de arena.
Y una guitarra.
La negociación continuó durante un rato.
El joven señaló los relojes.
Después la guitarra.
Luego uno de sus animales.
El comerciante hizo una contraoferta.
Los niños traducían como podían.
Finalmente llegaron a un acuerdo.
No entregaría un animal completo.
Carne a cambio de los objetos.
El joven escogió un macho joven que ya podía sacrificar sin afectar demasiado lo que estaba formando.
Preparó todo antes de comenzar.
Su cuchillo estaba limpio y perfectamente afilado.
Los comerciantes observaron con atención mientras trabajaba.
También algunos habitantes del pueblo se acercaron por curiosidad.
El animal fue sacrificado y el joven comenzó a separar la carne con movimientos seguros. No desperdiciaba demasiado y procuraba mantener cada parte separada.
Los cortes llamaron la atención.
La carne se veía bien.
Había grasa, pero no una cantidad excesiva entre los cortes, y el animal se encontraba en buenas condiciones.
El joven notó las miradas.
Podía entregarles la carne y terminar el trato.
Pero se le ocurrió algo mejor.
Sacó una pequeña sartén.
Tomó parte de la grasa y la colocó sobre ella. Esperó pacientemente hasta que comenzó a derretirse y dejó suficiente aceite para cocinar.
Retiró los restos.
Después tomó algunas hierbas, las ató y las dejó unos momentos en la grasa caliente antes de retirarlas.
Finalmente cortó varios pedazos pequeños de carne.
Casi del tamaño de un bocado.
Los puso en la sartén.
El olor comenzó a atraer todavía más miradas.
Cuando estuvieron listos, ofreció un pedazo a cada comerciante.
Aceptaron.
Ninguno parecía esperar demasiado.
El primero probó la carne.
Su expresión cambió.
Otro lo miró con curiosidad antes de llevarse su propio pedazo a la boca.
El resultado fue parecido.
No era que nunca hubieran probado buena carne.
Precisamente por eso podían notar la diferencia.
No esperaban encontrar algo así allí.
La carne era agradable, estaba bien cuidada y la forma sencilla en que el joven la había preparado resaltaba todavía más su sabor.
El trato dejó de necesitar demasiada discusión.
El joven llenó una bolsa mediana con varios pedazos de carne. No era una cantidad enorme, pero podía alcanzar para una o dos comidas.
A cambio recibió los relojes de arena.
Y la guitarra.
Los comerciantes partieron al día siguiente.
Los niños se reunieron alrededor del joven en cuanto este sacó los objetos que había conseguido.
Todos esperaban descubrir qué haría con ellos.
Primero tomó uno de los relojes de arena.
Lo abrió.
Las expresiones cambiaron inmediatamente.
El joven vació cuidadosamente su contenido.
Después hizo lo mismo con los demás.
Los niños se miraron entre ellos.
Acababa de intercambiar carne por aquellos objetos.
Y ahora los estaba destruyendo.
Nadie entendía nada.
El joven, completamente indiferente a sus caras, comenzó a separar los materiales.
Arena.
Piedras muy pequeñas.
Otras un poco mayores.
Necesitaba además más material, así que reunió piedras de diferentes tamaños hasta tener suficiente.
Los niños y jóvenes no dejaban de seguir cada movimiento.
Entonces apareció un barril.
El joven había preparado una salida cerca de la parte inferior y comenzó a acomodar las diferentes capas dentro, procurando que el material más fino no escapara por el orificio.
Primero preparó la parte inferior con piedras suficientemente grandes para mantener libre la salida. Sobre ellas colocó capas cada vez más pequeñas y finalmente la arena fina que había conseguido.
Revisó todo.
Parecía satisfecho.
Los demás seguían sin entender absolutamente nada.
Entonces llenó el barril con agua.
El líquido comenzó a atravesar lentamente las capas.
Esperaron.
Después de un momento, por el pequeño orificio inferior comenzó a caer agua.
Al principio salió algo turbia.
El joven la descartó.
Continuó esperando.
Poco a poco comenzó a salir mucho más clara.
Los niños miraron el agua.
Después miraron el barril.
El joven recogió suficiente en un recipiente.
Pero no bebió.
La llevó al fuego y la hirvió como hacía siempre.
Esperó a que estuviera lista y dejó que se enfriara.
Solo entonces bebió.
El agua seguía siendo simplemente agua.
Pero ya no tenía aquella apariencia grisácea o marrón que tantas veces había tenido que soportar desde que llegó.
El joven bebió nuevamente y no pudo evitar mostrar una expresión de satisfacción.
Para sorpresa de absolutamente nadie, ninguno entendió qué acababa de hacer.
Los niños miraron el agua transparente.
Después miraron el barril.
Finalmente miraron al joven.
Él continuó bebiendo tranquilamente.
Nadie dijo nada.
Volvieron a mirar el barril.