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Capitulo 22

Cap 22 El Comerciante

por ariel322 1.664 palabras 9 min de lectura
Eran altas horas de la noche y el joven no podía dormir.
Llevaba demasiado tiempo acostado con los ojos cerrados, intentando descansar, pero su mente se negaba a cooperar. Un pensamiento llevaba a otro y, cuando conseguía apartar alguno, terminaba regresando minutos después.
Había pasado mucho tiempo desde que llegó a aquel lugar y sus esperanzas de regresar a casa eran cada vez menores.
Estaba cansándose.
No solo del trabajo. Estaba cansado de aquel lugar, de no poder hacer prácticamente nada con facilidad y de depender de sí mismo para todo. Conseguir agua, alimento, cuidar los animales, trabajar la tierra... cualquier cosa requería tiempo y esfuerzo.
Y, sobre todo, cuidado.
Tenía que pensar constantemente en lo que hacía, porque una enfermedad, un accidente o un simple error podían significar el final.
Últimamente una idea había comenzado a perseguirlo.
Quizá ponerle fin a todo no sería tan malo.
No era la primera vez que lo pensaba durante aquellos días. Sin embargo, cada vez que la idea permanecía demasiado tiempo en su cabeza terminaba haciendo lo mismo.
Tomaba su celular.
La batería era demasiado valiosa como para desperdiciarla, pero aun así lo encendía unos minutos y observaba las fotografías que todavía conservaba.
Su familia.
Sus amigos.
Y ella.
La persona que más deseaba volver a ver.
Aquellas fotografías eran suficientes para hacerlo continuar.
No sabía cuánto tiempo había pasado en su hogar. Tampoco sabía si algún día conseguiría regresar. Pero si lo hacía, incluso si ya era demasiado tarde para volver a formar parte de la vida de su amada, le bastaría con saber que se encontraba bien.
Después de desaparecer durante tanto tiempo, tampoco sentía que tuviera derecho a regresar de repente y pretender que nada hubiera ocurrido.
Solo quería verla bien.
Con eso sería suficiente.
Dejó el celular a un lado y buscó sus cigarros.
Sacó la cajetilla.
Quedaba uno.
El último.
Lo sostuvo durante unos segundos antes de encenderlo.
Con la primera bocanada sintió un sabor desagradable que le produjo cierto asco.
—Qué mierda...
Aun así, continuó fumando.
Cuando terminó, apagó lo que quedaba del cigarro y se enjuagó la boca antes de regresar a la cama.
Cerró los ojos.
Esperó.
Nada.
Pasó un tiempo que no pudo calcular hasta que, cansado de no conseguir dormir, volvió a abrirlos.
Entonces se quedó inmóvil.
Aquella no era su habitación.
Se incorporó lentamente.
Todo a su alrededor era completamente blanco.
No había paredes.
No podía distinguir un techo.
Tampoco parecía existir una fuente de luz, aunque podía verlo todo perfectamente. Bajó la mirada hacia sus pies y encontró algo todavía más extraño.
No tenía sombra.
Miró alrededor nuevamente.
—¿Estoy muerto?
No recibió respuesta.
Quizá había muerto mientras dormía.
Quizá aquello era algún tipo de limbo.
O quizá finalmente se había vuelto loco.
No tenía manera de saberlo.
Lo único que sabía era que se sentía extrañamente bien.
En paz.
Una tranquilidad que no había experimentado desde que llegó a aquel lugar comenzó a invadirlo. Por un momento dejó de pensar en su hogar, en los animales, en la tierra y en todo aquello que lo había mantenido ocupado durante tanto tiempo.
Comenzó a caminar.
Después corrió.
Saltó.
Incluso giró sobre sí mismo sin ninguna razón particular.
Siguió haciendo tonterías hasta terminar cansado.
Entonces una voz resonó directamente en su cabeza.
—Veo que disfrutas del lugar.
El joven se detuvo inmediatamente.
La voz continuó hablando en su idioma con absoluta claridad.
—Permíteme presentarme adecuadamente. Soy el Comerciante. No poseo nombre alguno, así que puedes llamarme Comerciante. A menos que consideres inadecuado llamarme de esa manera. En ese caso, eres libre de darme un nombre.
El joven miró alrededor.
—¿Comerciante?
—Así es, mi querido cliente. Estoy aquí para presentarte las maravillas de este lugar a un módico precio.
El joven continuó buscando el origen de la voz.
—¿Cómo puedo escucharte dentro de mi cabeza pero no verte?
Hubo una breve pausa.
—Oh, querido cliente. Una disculpa de mi parte. Permíteme comenzar nuevamente.
Frente al joven apareció una figura humanoide.
Vestía un elegante traje completamente blanco. Su cuerpo podía distinguirse con claridad, pero no era posible apreciar correctamente su rostro ni determinar el color de su piel. Aun así, su silueta daba la impresión de pertenecer a alguien cuidadosamente presentado.
—Me disculpo nuevamente si mi forma actual no es de su agrado.
El joven lo observó durante unos segundos.
—No te preocupes. Así como estás está bien para mí.
—Me alegra escuchar esas palabras. Permíteme darle un pequeño obsequio por su amabilidad hacia mi persona.
—¿Un obsequio?
—Así es. No es mucho, pero considero que le será bastante útil. Intente probar su celular una vez que terminemos nuestros asuntos aquí.
—Ok...
—Continuando donde lo dejamos, este es mi comercio. Aunque, si lo prefiere, puede llamarlo mi tienda. Aquí podrá encontrar de todo, claro, a un precio razonable.
Aquello captó inmediatamente su atención.
—¿A qué te refieres con todo?
—Todo es todo, mi querido cliente. No existe límite para aquello que puede adquirirse. Después de todo, todo y todos tenemos un precio.
La última frase no terminó de agradarle.
Había algo en la manera en que el Comerciante la había dicho que no le daba buena espina, aunque este continuaba comportándose exactamente igual.
—¿Y cuál sería el precio de lo que quisiera adquirir? ¿Cómo llevaría el pago hasta este lugar? Ni siquiera sé cómo llegué aquí, si es que realmente llegué de alguna manera. Esto podría ser mi imaginación o mi descenso hacia la locura.
—Muy buenas preguntas. Afortunadamente, la respuesta es bastante sencilla. Como Comerciante, parte de mi deber consiste en facilitar tanto los pagos como la entrega de los bienes adquiridos. Todo ese trabajo pesado sería realizado por mi persona para que el cliente, en este caso usted, no tenga que lidiar con ello.
—Entonces, si compro algo, ¿tú te encargas de llevármelo? ¿Incluso de instalarlo y esas cosas?
—Por supuesto. Contamos con todo lo necesario para mantener satisfechos a nuestros grandiosos clientes. Somos una compañía con una gran responsabilidad hacia ustedes. En este caso, hacia usted.
El joven hizo el movimiento de sentarse antes de recordar que no había absolutamente nada allí.
El Comerciante observó la acción.
En cuestión de segundos aparecieron dos sillas y una mesa.
Sobre ella había varias pequeñas botellas de agua.
El joven se quedó mirando.
El Comerciante tomó asiento tranquilamente, agarró una de las botellas y bebió.
—Qué deliciosa está el agua. Helada. ¿Usted cómo la prefiere? ¿Helada o fresca?
—Fresca está bien.
El joven tomó otra botella.
El agua estaba fresca.
Al beberla reconoció inmediatamente aquel sabor tan familiar del agua purificada.
Terminó la botella con satisfacción.
—Deliciosa, ¿no?
El joven no respondió y dejó la botella vacía sobre la mesa.
El Comerciante continuó.
—Bien. Volviendo al tema principal, hemos observado que se encuentra en los inicios de una granja. Nos gustaría ser los primeros en brindarle una mano mediante algunos de nuestros productos.
El joven prestó atención.
—Y no tendría que preocuparse por el pago en estos momentos. Podemos ofrecerle un pequeño crédito.
—¿Crédito?
Aquello no se lo esperaba.
—¿Y qué tendría que poner como garantía? Ni siquiera sé si mi dinero funciona con ustedes.
—Excelente observación, señor cliente. Veo que es una persona bastante observadora. Su dinero, por supuesto, sirve aquí.
El Comerciante acomodó ligeramente su postura.
—Todo el dinero sirve.
El joven permaneció en silencio.
—En cuanto a las garantías, podemos llegar a un acuerdo. Estamos enterados de que recientemente adquirió una cantidad considerable de terreno, además de varios animales que, permítame decirle, se encuentran muy bien valorados.
El joven entendió inmediatamente hacia dónde iba aquello.
—Estás diciendo que use mis animales y mis tierras como garantía para el crédito.
—Qué listo es. Exactamente. Como le comentaba, podemos tomar tanto los terrenos como los animales en garantía. Aunque debo advertirle que el crédito disponible no será demasiado grande.
—¿A qué te refieres con que no será grande?
—El valor actual de sus tierras es reducido debido principalmente a la localidad en la que se encuentran. Sus animales, por otro lado, poseen un valor considerablemente mayor.
El Comerciante levantó ligeramente una mano antes de continuar.
—Sin embargo, nada nos garantiza que mantendrán esos mismos niveles de calidad hasta que termine de pagar el crédito o, en el desafortunado caso de un incumplimiento, llegue el momento de embargarlos. Conocemos los riesgos y espero que comprenda nuestra posición.
El joven asintió ligeramente.
Tenía sentido.
—También permítame recordarle que se encuentra en todo su derecho de rechazar el crédito y adquirir nuestros productos de contado.
El joven pensó unos momentos.
Su mente regresó casi inmediatamente al terreno.
A los surcos.
Al agua que había tenido que transportar una y otra vez.
—Si acepto el crédito, ¿podría conseguir mangueras, una bomba de agua, paneles solares y otras cosas?
—Así es.
El joven comenzó a imaginar las posibilidades.
—Aunque, si me permite aclararlo, el crédito no cubrirá mano de obra para esas compras. Usted tendría que realizar las instalaciones personalmente o conseguir a alguien que pueda hacerlo.
—Me parece bien.
El Comerciante pareció satisfecho.
—¿Dónde firmo?
—Una vez más, le doy la bienvenida. Esperamos convertirnos en la mejor opción para usted. Y no se preocupe por firmar.
El Comerciante hizo un pequeño gesto con la mano.
—Yo me encargaré de todo.

El joven cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, estaba acostado en su cama.
Miró hacia arriba durante unos segundos.
Su habitación.
Nada blanco.
Ninguna mesa.
Ninguna botella de agua.
Ningún Comerciante.
Soltó el aire lentamente.
Había sido un sueño.
Un sueño demasiado extraño, pero un sueño al final.
La vida podía ser bastante cruel.
Por unos minutos le había recordado lo sencillo que podía ser conseguir las cosas en su hogar. Cosas tan simples como una manguera, una bomba de agua o un panel solar.
Allí tenía que esforzarse por absolutamente todo.
Y aun entregándolo todo, nada garantizaba que las cosas salieran bien.
Permaneció acostado un momento más.
Entonces recordó algo.
Giró la cabeza.
Su celular estaba junto a la cama.

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