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Capitulo 19

Cap 19 Pequeñas costumbres

por ariel322 1.487 palabras 8 min de lectura
Con los animales muertos, el joven se retiró del lugar.
Algunos de los niños habían visto lo sucedido. Se habían mantenido a cierta distancia mientras él trabajaba y ninguno intentó detenerlo. Tampoco corrieron a buscar a Lapert para contarle.
El joven no sabía la razón de su silencio.
Y tampoco quiso preguntar.
Simplemente agradeció que mantuvieran la boca cerrada.
Los días continuaron pasando y, tarde o temprano, Lapert terminó enterándose de lo que había hecho.
No fue una conversación agradable.
La barrera del idioma seguía presente y los niños tuvieron que intervenir para que ambos pudieran entenderse. Aun así, no hacían falta muchas palabras para comprender el enojo de Lapert.
El hombre estaba furioso.
El joven intentó explicarle sus razones, pero con el poco vocabulario que conocía y unos intérpretes que apenas estaban aprendiendo su idioma, explicar algo más complejo que una conversación cotidiana seguía siendo complicado.
Lapert dejó bastante clara su inconformidad.
Durante los días siguientes apenas le dirigió la palabra.
El joven tampoco insistió.
Había hecho lo que consideraba necesario y no tenía intención de disculparse por ello.
Lo curioso fue que, pese al disgusto, Lapert tampoco le prohibió volver.
Los resultados estaban frente a sus ojos.
Los animales que quedaban parecían estar mejorando.
El agua que recibían estaba más limpia, los corrales se mantenían en mejores condiciones y la alimentación había cambiado. Los animales más afectados permanecían separados del resto y algunos que anteriormente parecían débiles comenzaban a recuperar energía.
Lapert podía estar molesto.
Pero no podía ignorar lo que estaba viendo.
Así que aquella extraña relación continuó.
El joven trabajaba.
Lapert lo observaba.
Y los niños aparecían detrás de él prácticamente todos los días.
Cada vez era más común encontrarlos siguiéndolo de un lado a otro. Algunos incluso habían empezado a copiar pequeñas costumbres sin comprender realmente por qué las hacía.
Pero había una cosa que les causaba especial curiosidad.
Las orejas.
Mientras trabajaba, el joven se las tocaba constantemente.
Al principio no entendían qué hacía.
Después comenzaron a notar algo.
Cada vez que se tocaba las orejas aparecían aquellas pequeñas cosas blancas que ya habían visto antes.
Y cuando estaban ahí, podían hablarle cuanto quisieran.
El joven simplemente los ignoraba.
Podían llamarlo una vez.
Dos.
Cinco.
Nada.
La única manera de conseguir su atención era acercarse y tocarlo.
Entonces él reaccionaba como si apenas hubiera notado que llevaban varios minutos intentando hablarle.
Uno de aquellos días, mientras el joven trabajaba cerca de los corrales, una de las niñas finalmente decidió preguntar.
Señaló una de las pequeñas piezas blancas.
El joven tardó unos segundos en comprender qué quería saber.
Se quitó uno de los audífonos.
—Música.
La niña repitió la palabra.
—Mú... sica.
Los demás niños también comenzaron a repetirla.
Era evidente que no sabían qué significaba.
El joven los observó por un momento.
Luego sacó su celular.
Aquello inmediatamente consiguió toda su atención.
Aunque ya lo habían visto utilizarlo muchas veces, seguía siendo fascinante observar cómo aquella pequeña cosa reaccionaba cada vez que deslizaba los dedos sobre ella.
El joven buscó entre lo que tenía guardado.
Después de unos segundos comenzó a sonar música.
Los niños quedaron en silencio.
Primero fueron los sonidos.
Luego aparecieron voces.
Algunas sonaban completamente diferentes a cualquier cosa que hubieran escuchado. Los ritmos tampoco se parecían demasiado a la música que conocían.
No entendían una sola palabra de algunas canciones.
Tampoco importaba.
Uno de los niños comenzó a mover ligeramente un pie.
Otro empezó a seguir el ritmo con la cabeza.
La niña que había preguntado miraba directamente el celular tratando de comprender cómo podía salir todo aquello de un objeto tan pequeño.
El joven los observó divertido durante unos momentos.
Después detuvo la música.
Las protestas aparecieron inmediatamente.
No necesitaba conocer su idioma para entenderlas.
—¿Qué?
Los niños comenzaron a señalar el teléfono.
—¿Música?
Uno de ellos ya había aprendido la palabra.
El joven soltó una pequeña risa.
Entonces tomó los audífonos y se los ofreció a la niña.
Ella los recibió con cierta desconfianza.
El joven señaló sus propias orejas y después las de ella.
La niña entendió.
Se colocó los audífonos.
El joven volvió a reproducir la música.
Su expresión cambió inmediatamente.
Miró hacia todos lados.
Después miró al joven.
Se quitó uno de los audífonos.
La música parecía desaparecer.
Volvió a colocárselo.
Ahí estaba otra vez.
Los demás comenzaron a pedir su turno.
Finalmente habían descubierto para qué servían aquellas cosas blancas.
También habían descubierto por qué el joven no respondía cuando las llevaba puestas.
A partir de ese momento, si veían los audífonos en sus orejas, ni siquiera perdían demasiado tiempo gritándole.
Simplemente se acercaban y lo tocaban.
El joven empezaba a acostumbrarse a tener una pequeña fila de niños detrás de él.
Aunque los audífonos estaban lejos de ser la única cosa extraña que hacía.
Cada mañana utilizaba un pequeño cepillo en la boca.
Lo llenaba con una sustancia que hacía espuma y pasaba varios minutos moviéndolo entre sus dientes.
Lo hacía al despertar.
Y volvía a hacerlo más tarde.
Los niños lo habían observado suficientes veces como para saber que era una costumbre, pero todavía no comprendían por qué alguien haría algo así todos los días.
Lo mismo ocurría con el baño.
El joven se bañaba diariamente.
Para él no tenía nada de extraño.
Para ellos parecía ser otra de aquellas costumbres incomprensibles.
Poco a poco algunos comenzaron a imitar ciertas cosas.
No porque entendieran sus razones.
Simplemente porque él lo hacía.
El joven tampoco parecía darse cuenta de cuánto lo observaban.
Para él aquellas acciones eran normales.
Había otra diferencia que los niños no podían ignorar.
El calor.
Mientras ellos corrían buscando sombra o terminaban cubiertos de sudor después de jugar, el joven parecía completamente cómodo.
Uno de los niños finalmente se lo preguntó.
Para entonces podían comunicarse mucho mejor.
Todavía había palabras que ninguno comprendía y las conversaciones más complicadas terminaban convertidas en una mezcla de señas, dibujos y palabras de ambos idiomas, pero habían avanzado bastante.
El joven tardó un poco en comprender la pregunta.
Cuando finalmente lo hizo, miró alrededor.
—¿Calor?
Los niños asintieron.
Él volvió a observar el lugar.
—No hace calor.
Las expresiones de los niños cambiaron.
El joven señaló hacia la distancia.
Intentó explicarles que de donde venía hacía mucho más calor.
Muchísimo más.
Aquel lugar, en comparación, le parecía fresco.
Incluso agradable.
Los niños parecían no creerle demasiado.
Para ellos aquel era un día caluroso.
Para el joven apenas era una temperatura cómoda.
Aunque había algo que definitivamente no disfrutaba.
Los insectos.
Especialmente durante la noche.
Intentó explicarles lo útil que sería tener una malla mosquitera.
Ninguno entendió qué era aquello.
El joven intentó describirla.
Después hizo algunos movimientos con las manos.
Las caras de los niños demostraron que su explicación había sido completamente inútil.
Finalmente se rindió.
—Luego.
Esa palabra sí la entendieron.
Los niños continuaron siguiéndolo durante sus visitas a Lapert.
Algunos incluso comenzaron a ayudar.
Cargaban pequeñas cantidades de alimento, acercaban agua, recogían algunas cosas o simplemente permanecían cerca haciendo preguntas.
Muchas preguntas.
Demasiadas preguntas.
Una de ellas apareció mientras limpiaban nuevamente uno de los corrales.
Uno de los niños señaló a los animales.
Después señaló el alimento.
Luego al joven.
La pregunta tardó un poco en tomar forma.
¿Por qué hacía tanto por ellos?
Al final eran comida.
El joven dejó lo que estaba haciendo y lo miró.
La pregunta no le parecía extraña.
Miró a los animales.
Después respondió de la manera más sencilla que pudo para que los niños entendieran.
—Animal sano, mejor.
Señaló uno de los animales que había comenzado a recuperar peso.
—Más carne.
Después señaló otro.
—Más crías.
Los niños permanecieron atentos.
—Enfermo...
Hizo una pausa buscando una palabra que conocieran.
Finalmente negó con la cabeza.
—Malo.
No hacía falta mucho más.
Cuidar al ganado no significaba que dejara de ser ganado.
Precisamente porque dependían de aquellos animales tenía sentido mantenerlos en las mejores condiciones posibles.
Los niños parecieron quedarse pensando en aquello.
Luego continuaron trabajando.
El joven hizo lo mismo.
Con cada día que pasaba las conversaciones se hacían un poco menos difíciles.
Ya podía reconocer frases sencillas.
A veces incluso comprendía lo que querían decirle sin necesidad de que los niños repitieran lentamente cada palabra.
Ellos avanzaban todavía más rápido.
Algunos comenzaban a formar oraciones completas en su idioma.
La barrera que durante sus primeros días parecía imposible de superar empezaba finalmente a romperse.
Y la curiosidad de los niños ayudaba enormemente.
Querían saber qué hacía.
Por qué lo hacía.
Qué eran sus cosas.
Cómo se llamaban.
De dónde venían.
Cada respuesta generaba otras tres preguntas.
Algunas tardes el joven terminaba completamente agotado.
No por el trabajo.
Por ellos.
Aun así, cada vez que alguno utilizaba correctamente una palabra nueva, sabía que todo aquel esfuerzo estaba funcionando.
Sin darse cuenta, mientras él aprendía a vivir entre aquellas personas, algunos de ellos también comenzaban a aprender a vivir un poco como él.

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