Capitulo 4
Cap 4 El inmenso azul
El amanecer llegó acompañado por una brisa distinta.
Olía a sal.
El puerto despertaba antes incluso que el sol.
Marineros corrían de un lado a otro asegurando cuerdas, cargando provisiones y revisando las velas por última vez.
Era el día de partir.
Rouis, Gaiki y Yube apenas habían dormido.
La emoción era demasiado grande.
Las tres permanecían junto al muelle observando el océano.
A lo lejos, enormes peces saltaban fuera del agua antes de desaparecer nuevamente entre las olas.
—¿Lo viste?
—¡Sí!
—¡Era enorme!
—¿Crees que vuelva a salir?
No podían apartar la mirada.
Después de tantos años imaginándolo...
por fin estaban frente al mar.
Cuando el capitán dio la orden de embarcar, las tres subieron casi corriendo.
Su entusiasmo era tan contagioso que incluso algunos marineros comenzaron a trabajar con mayor rapidez.
—Será mejor que salgamos cuanto antes.
—Si esperamos más, esas niñas terminarán empujando el barco ellas solas.
Las risas recorrieron la cubierta.
Las enormes velas comenzaron a desplegarse.
Las amarras fueron soltadas una a una.
Lentamente...
el puerto empezó a alejarse.
Frente a ellas solo quedaba un horizonte infinito.
Rouis sonreía.
Pero aquella sonrisa era diferente.
No era la sonrisa tranquila que regalaba en el pueblo.
Era la de alguien que acababa de descubrir que el mundo era incluso más grande de lo que había soñado.
Gaiki tampoco podía dejar de sonreír.
Durante unos minutos...
parecía imposible que existiera algún problema.
Hasta que el barco comenzó a balancearse.
Primero fue un movimiento suave.
Después otro.
Luego otro más.
Rouis frunció el ceño.
—¿El barco siempre... hace esto?
Un marinero sonrió.
—Sí.
Gaiki dio un paso.
Se detuvo.
Todo parecía moverse bajo sus pies.
Habían corrido en círculos cientos de veces.
Habían probado inventos extraños.
Habían terminado mareadas en más de una ocasión.
Pero aquello era diferente.
Mucho peor.
Gaiki fue la primera en romper en llanto.
—Quiero ver a mamá...
Su voz apenas era un susurro.
Rouis intentó mantenerse firme.
—No pasa nada...
Pero apenas terminó la frase tuvo que apoyarse en la barandilla.
El estómago parecía darle vueltas.
La cabeza le pesaba.
Por primera vez desde que abandonaron el bosque...
comprendieron que no podían regresar.
Su hogar quedaba demasiado lejos.
Y el barco seguía avanzando.
Yube no sabía qué hacer.
Intentó abrazarlas.
Hablar con ellas.
Contar alguna historia.
Nada parecía funcionar.
Entonces recordó uno de los libros que el capitán les había prestado.
Lo abrió apresuradamente.
Todavía leía con dificultad.
Seguía cada palabra con el dedo.
Murmuraba en voz baja mientras intentaba comprender las frases.
Después de varios minutos encontró una ilustración de unas hojas.
Reconoció algunas palabras.
"...mareo..."
"...calmante..."
Cerró el libro de golpe.
—¡Espera aquí!
Corrió hasta buscar al capitán.
Cuando escuchó la explicación, el hombre soltó una pequeña carcajada.
—No son las primeras.
Ni serán las últimas.
Llamó a uno de los marineros.
Pocos minutos después regresaron con varias hojas secas cuidadosamente guardadas.
—Siempre llevamos de estas.
Muchos pasajeros se marean los primeros días.
Prepararon rápidamente una infusión.
El aroma era intenso.
Las dos hermanas la bebieron con desconfianza.
Al principio no ocurrió nada.
Pero, poco a poco...
el estómago dejó de revolverse.
La cabeza comenzó a sentirse más ligera.
Y el mundo dejó de girar.
Lo primero que hicieron fue correr nuevamente hacia la cubierta.
—Despacio —rió Yube.
Las dos apenas la escuchaban.
Querían verlo todo.
El agua.
Las aves.
Los peces.
Las olas.
Yube intentaba explicar cada cosa.
Algunas podía describirlas.
Otras no.
—Es difícil ponerlo en palabras.
Rouis sonrió.
—Entonces tendremos que descubrirlas nosotras.
Los días comenzaron a convertirse en semanas.
Y las semanas...
en meses.
El océano parecía no terminar nunca.
Pero ninguna se aburría.
Cada mañana observaban nuevas especies de peces.
Algunas diminutas.
Otras tan grandes que hacían sombra bajo el barco.
Encontraban plantas flotando sobre la superficie.
Pequeños animales adheridos a los cascos.
Conchas de formas imposibles.
Todo terminaba cuidadosamente anotado.
Al principio sus cuadernos estaban llenos de letras torcidas y dibujos desproporcionados.
Pero cada día mejoraban un poco más.
La rivalidad entre ellas ayudaba.
—Mi dibujo quedó mejor.
—Pero mi descripción tiene más detalles.
—Olvidaste contar las aletas.
—Tú olvidaste el color.
Ninguna aceptaba perder.
Por las noches, algunos marineros les enseñaban a leer las estrellas.
Les mostraban las constelaciones que guiaban a los navegantes desde hacía generaciones.
Cada estrella tenía un nombre.
Cada grupo escondía una historia.
Ellas escuchaban fascinadas.
Después comenzaban las discusiones.
—Esa parece un pez.
—No.
Es un dragón.
—Se parece más a un árbol.
Los marineros reían.
Nunca habían conocido niñas capaces de discutir durante media hora sobre una constelación.
Dormir seguía siendo complicado.
El barco nunca dejaba de moverse.
Muchas noches terminaban las tres hablando hasta quedarse dormidas.
Hablaban del gran árbol.
De la casa de Yube.
De Laika.
De Helts.
De las comidas que extrañaban.
Del futuro.
A veces...
Yube guardaba silencio.
Rouis entendía inmediatamente por qué.
Entonces comenzaba a hablar de cualquier otra cosa.
Inventaba preguntas absurdas.
Contaba alguna historia graciosa.
Gaiki, en cambio...
simplemente tomaba la mano de Yube.
No decía nada.
Yube tampoco.
Pero aquel pequeño gesto bastaba.
Había una única cosa de la que las tres comenzaban a cansarse.
Pescado.
Desayuno.
Pescado.
Comida.
Pescado.
Cena.
Pescado.
Convencidas de que podían mejorar el menú, intentaron entrar varias veces a la cocina del barco.
Siempre terminaban igual.
—No.
—Solo queremos probar una receta.
—No.
—Prometemos no gastar mucho.
—No.
—Solo un poquito...
—¡Fuera!
Los cocineros ya las conocían demasiado bien.
La comida estaba cuidadosamente racionada.
No podían permitir experimentos.
Las tres salían cabizbajas.
Solo para regresar al día siguiente con una idea diferente.
Mientras tanto...
el capitán observaba en silencio los cuadernos de las niñas.
Especies nuevas.
Comportamientos que nadie había descrito.
Diferencias entre peces aparentemente idénticos.
Detalles que los marineros jamás habían considerado importantes.
Todo gracias a tres niñas que simplemente...
prestaban atención.
El capitán sonrió mientras cerraba una de las libretas.
—No solo están aprendiendo del mundo...
También están enseñándonos a verlo de otra manera.