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Capitulo 2

Cap 2 Más allá del bosque

por ariel322 1.299 palabras 7 min de lectura
El amanecer volvió a teñir de dorado las hojas del gran árbol.
Como todos los días.
Como la semana anterior.
Como el mes anterior.
Rouis abrió los ojos antes de que el resto del pueblo despertara. Desde la plataforma donde dormía podía escuchar el canto de las aves y el murmullo del río que atravesaba el bosque.
Era un día hermoso.
Exactamente igual al de ayer.
Y al anterior.
Y al de muchos otros.
—¿Qué haremos hoy? —preguntó Gaiki mientras se desperezaba.
Rouis permaneció mirando el techo unos segundos.
—No lo sé.
Nunca antes había respondido eso.
Durante años cada día había significado un nuevo descubrimiento. Una planta distinta. Un animal desconocido. Alguna historia que escuchar.
Pero el bosque ya no parecía guardar secretos.
Las dos hermanas caminaron hasta el río llevando pequeñas cestas de mimbre y varias herramientas que ellas mismas habían fabricado.
Revisaron las orillas.
Las piedras.
Las raíces.
Los árboles caídos.
Examinaron insectos.
Algas.
Hongos.
Pasaron horas observando el agua.
—Ese pez ya lo vimos.
—Hace dos semanas.
—¿Y ese?
—También.
Gaiki dejó escapar un largo suspiro.
—Todo aquí es igual.
Rouis no respondió.
Continuaron río arriba esperando encontrar algo diferente.
Un mineral.
Una flor.
Una huella.
Lo que fuera.
Pero el bosque parecía decirles una y otra vez la misma palabra.
Nada.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, regresaron al gran árbol con las cestas prácticamente vacías.
No estaban cansadas.
Eso era lo peor.
Todavía tenían energía para seguir explorando.
Simplemente ya no había nada nuevo que explorar.
Los habitantes del pueblo estaban acostumbrados a sus preguntas.
Tan acostumbrados que muchos aprendieron a reconocerlas con solo verlas acercarse.
—¡Buenos días!
—Buenos...
—¿Qué hay después de las montañas?
El anciano sonrió.
—Muy buena pregunta.
—¿Y?
—Nunca fui.
—¿Alguien fue?
—Tal vez.
—¿Quién?
—Bueno...
Tengo cosas que hacer.
Y desapareció con una rapidez sorprendente para alguien de su edad.
Gaiki soltó una carcajada.
—Nos volvió a escapar.
Rouis cruzó los brazos.
—Cada vez son mejores inventando excusas.
No era mala intención.
Simplemente nadie tenía respuestas.
Los adultos hablaban de tierras lejanas que jamás habían visitado.
Repetían historias que habían escuchado de sus padres o de viajeros que quizá nunca existieron.
Con el tiempo, incluso Rouis comenzó a notar que muchas de esas historias cambiaban dependiendo de quién las contara.
Y cuando eso ocurría...
dejaban de parecer verdaderas.
A pesar de todo, las hermanas nunca permanecían quietas.
Ayudaban a reparar viviendas.
Recogían plantas medicinales.
Enseñaban a los niños lo que iban descubriendo.
Habían encontrado formas más eficientes de conservar alimentos.
Habían mejorado algunas herramientas de pesca.
Incluso convencieron a varios cazadores de cambiar ciertas trampas por otras menos peligrosas para los animales pequeños.
Poco a poco...
el pueblo también había cambiado con ellas.
Una tarde, mientras Laika descansaba en casa, alguien llamó a la entrada.
—¿Podemos pasar?
Era una voz desconocida.
Laika respondió con una sonrisa.
—Adelante.
Una pareja cruzó la puerta acompañada por una pequeña niña.
Rouis y Gaiki dejaron inmediatamente lo que estaban haciendo.
La niña era...
extraña.
No tenía las largas orejas puntiagudas de los elfos.
Las suyas eran pequeñas y redondeadas.
Su cabello era completamente negro.
Su piel tenía un tono cálido que ninguna de las dos había visto antes.
Las tres se observaron durante varios segundos.
Después...
Rouis dio un paso adelante.
—¿Por qué tus orejas son así?
—¿Tu cabello siempre fue negro?
—¿Por qué eres más bajita?
—¿De dónde vienes?
—¿Comes lo mismo que nosotros?
—¿Todos son iguales que tú?
La niña abrió mucho los ojos.
Retrocedió lentamente.
Parecía estar a punto de llorar.
—¡Rouis! ¡Gaiki! —intervino Laika antes de que la situación empeorara—. Denle un respiro.
Las dos hermanas bajaron la cabeza.
—Perdón...
La pequeña se escondió detrás de su madre.
Laika dejó escapar un suspiro divertido.
—Ella es humana.
Las dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Humana?
Era la primera vez que veían una.
Durante toda la tarde escucharon hablar a Laika.
Les explicó que los humanos vivían mucho menos que los elfos.
Que sus vidas eran breves.
Pero también que, en ese corto tiempo, eran capaces de realizar hazañas extraordinarias.
Los visitantes provenían de un reino lejano.
Habían abandonado su hogar huyendo de una guerra civil contra su señor.
Los adultos conversaban en voz baja.
Había preocupación en sus rostros.
Las niñas, en cambio...
solo veían un mundo nuevo.
Laika insistió en que se quedaran a cenar.
Era una forma de agradecerles la confianza.
Y también una manera de tranquilizar a sus propias hijas.
No funcionó.
En cuanto todos se sentaron...
comenzó el interrogatorio.
—¿Qué hay fuera del bosque?
—¿Es cierto que existen ciudades enormes?
—¿Cómo son las casas humanas?
—¿Qué animales tienen?
—¿Conocen el océano?
—¿Qué tan grande es?
Los tres adultos apenas podían responder una pregunta antes de recibir otras cinco.
Laika tuvo que detenerlas varias veces.
—Déjenlos comer primero.
—Solo una más...
—No.
—La última.
—Rouis.
—Está bien...
Cinco minutos después...
—Ahora sí es la última.
Laika escondió el rostro entre las manos.
No sabía dónde meter la vergüenza.
Los adultos humanos, lejos de molestarse, terminaron riendo.
Hacía mucho tiempo que nadie mostraba semejante interés por escuchar sus historias.
Mientras tanto, la pequeña niña permanecía completamente fascinada.
Observaba cómo Rouis y Gaiki parecían querer devorar cada palabra.
Poco a poco...
ella también comenzó a hacer preguntas.
Al principio una.
Después otra.
Y otra más.
Antes de terminar la cena...
ya eran tres niñas interrogando a tres adultos exhaustos.
La pequeña se llamaba Yube.
No tardó mucho en convertirse en una más de la familia.
Cada mañana buscaba a Rouis y Gaiki para acompañarlas al bosque.
Ellas le enseñaban todo lo que sabían sobre plantas, animales y medicina.
Yube, por su parte, les hablaba de caminos, ciudades, mercados y personas que jamás habían imaginado.
Descubrieron nuevas formas de cocinar.
De coser.
De construir herramientas.
Incluso discutían cuál era la mejor manera de resolver problemas sencillos.
Ninguna tenía siempre la razón.
Y precisamente por eso...
las tres aprendían.
Con el paso de los meses dejaron de ser simplemente amigas.
Se volvieron inseparables.
Incluso Yube comenzó a ayudar en el cuidado de Laika.
Al principio resultaba incómodo para ambas.
Laika sentía que estaba imponiendo una carga a una niña que apenas acababa de conocer.
Yube se avergonzaba cada vez que debía asistirla.
Pero ninguna decía nada.
Porque ver a Rouis y Gaiki sonreír hacía que aquel pequeño momento incómodo valiera la pena.
Fue una época feliz.
Tanto...
que ninguna imaginó cuánto duraría.
Una mañana los adultos reunieron a sus hijas.
La guerra había terminado.
El reino reclamaba el regreso de quienes habían huido.
Debían partir.
Yube comenzó a llorar antes incluso de escuchar el resto de la explicación.
Rouis sintió un nudo en la garganta.
Gaiki negó una y otra vez con la cabeza.
—No.
No quería aceptarlo.
No podían separarse.
Todavía quedaban demasiadas cosas por descubrir.
Demasiadas preguntas.
Demasiados lugares que recorrer juntas.
Laika observó la escena desde su lecho.
Después de un largo silencio...
tomó una decisión.
—Rouis.
Gaiki.
Las dos voltearon.
—Quiero que vayan con ella.
El tiempo pareció detenerse.
—¿Qué...?
—Mamá...
—Quiero que conozcan el mundo.
Las dos comenzaron a llorar.
—No podemos dejarte.
—Claro que pueden.
—No.
—No quiero.
Laika sonrió con ternura.
—Llevan años mirando más allá del bosque.
No dejen que mi enfermedad sea el motivo por el que nunca crucen sus fronteras.
—Pero...
—Prométanme que volverán.
Rouis tomó la mano de su madre.
—Volveremos.
—Muy pronto.
—Lo prometemos.
Laika cerró los ojos.
Era una promesa sencilla.
Y, sin embargo...
ninguna de las tres imaginaba lo difícil que sería cumplirla.
El viaje comenzaría al amanecer.
Solo tenían que seguir el curso del río.
El mismo río que había acompañado toda su infancia.
El mismo que, sin que ellas lo supieran...
las conduciría hacia el océano.
Y cambiaría sus vidas para siempre.

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