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Capitulo 5

Cap 5 Tres maneras de mirar el océano

por ariel322 933 palabras 5 min de lectura
El viento traía consigo el inconfundible aroma de la sal.
Las velas se inflaban con suavidad mientras el barco continuaba su largo viaje sobre un océano sorprendentemente tranquilo.
Era uno de esos días en los que parecía no ocurrir nada.
Y, sin embargo...
para Rouis, Gaiki y Yube había demasiado por hacer.
Las tres ocupaban siempre el mismo rincón de la cubierta.
Frente a ellas descansaban las libretas que el capitán les había regalado.
Cada cierto tiempo comparaban sus apuntes.
Aquello se había convertido casi en un ritual.
—Yo vi tres bancos de peces cerca del amanecer.
—Fueron cuatro.
—No. El último era otra especie.
Las discusiones comenzaban incluso antes de abrir los cuadernos.
No tardaron en descubrir que cada una observaba el océano de una forma distinta.
Rouis era incapaz de permanecer quieta.
Recorría toda la cubierta.
Hablaba con los marineros.
Observaba aves, peces, corrientes y nubes.
Sus apuntes estaban llenos de dibujos rápidos y notas sobre cientos de pequeños detalles.
Gaiki era todo lo contrario.
Podía pasar horas observando el mismo lugar sin moverse.
Sus anotaciones eran pocas...
pero increíblemente precisas.
Yube resultaba diferente a ambas.
Su libreta estaba llena de preguntas.
No escribía "esto ocurre".
Escribía:
"Tal vez sucede porque..."
"¿Y si...?"
"Podría estar relacionado con..."
Sus páginas estaban repletas de teorías.
Nunca afirmaciones.
Aquellas diferencias, al principio, resultaban divertidas.
Pero con el paso de los días comenzaron a provocar pequeños enfrentamientos.
—Eso no demuestra nada.
—Claro que sí.
—Solo es una coincidencia.
—Lo dices porque no viste lo mismo que yo.
El capitán solía revisar los informes por las noches.
Aunque muchas veces terminaba completamente confundido.
Por separado...
ninguno parecía suficiente.
Pero al reunir las tres libretas...
la información cobraba sentido.
Era como armar un enorme rompecabezas.
Cada una sostenía una pieza distinta.
Una tarde, Yube mostró una de sus hipótesis.
—Creo que algunos peces suben cuando cambia la temperatura del agua.
Rouis levantó una ceja.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—No lo estoy.
Por eso dice "tal vez".
Gaiki hojeó su cuaderno.
—Yo anoté algo parecido.
Buscó varias páginas hasta encontrar sus observaciones.
—Hay peces que suben hasta la superficie y permanecen inmóviles durante varios minutos. Parece que estuvieran muertos...
Pero luego vuelven a descender.
Rouis abrió inmediatamente su libreta.
—¡Miren esto!
Había dibujado grupos completos de peces.
Algunos subían.
Otros bajaban.
Varias especies parecían turnarse para permanecer cerca de la superficie.
Como si protegieran algo.
Las tres guardaron silencio.
Por un instante...
las tres teorías parecían formar parte de una misma respuesta.
Pero ninguna quería admitirlo.
—Mi información fue la más importante.
—No.
Sin mis observaciones no habrían llegado a esa conclusión.
—Las dos están equivocadas.
Mi teoría unió todo.
La discusión duró casi una hora.
Y ninguna cedió.
Los marineros comenzaron a notar el cambio.
Antes era divertido escucharlas discutir.
Ahora...
ya no tanto.
—¿Con cuál estás?
—Con ninguna.
—Es más seguro así.
Nadie quería verse atrapado entre aquellas tres pequeñas investigadoras.
Hasta los demás niños del barco comenzaron a evitarlas.
Bastaba una simple pregunta para terminar envuelto en una discusión interminable.
Sin darse cuenta...
la rivalidad empezó a consumirlas.
Dormían menos.
Comían deprisa.
Cada minuto libre era utilizado para observar el océano.
Rouis recorría el barco buscando algo que nadie hubiera visto.
Gaiki pasaba horas inmóvil contemplando un mismo punto del mar.
Yube llenaba páginas enteras con nuevas teorías.
Cada una quería demostrar que tenía razón.
El capitán lo notaba.
También los marineros.
Pero mientras las investigaciones continuaran dando resultados...
decidió no intervenir.
Había asuntos mucho más urgentes de los que ocuparse.
El ambiente sobre el barco comenzó a sentirse pesado.
Las risas desaparecieron.
Las tres seguían juntas...
pero hablaban cada vez menos de cualquier cosa que no fueran sus investigaciones.
Algunos marineros empezaron a preguntarse qué había sido de aquellas niñas que sonreían por cualquier descubrimiento.
Entonces...
sonó la campana de alarma.
—¡Tormenta al frente!
Toda la tripulación reaccionó al instante.
Las conversaciones terminaron.
Las cuerdas comenzaron a asegurarse.
Las velas fueron ajustadas.
Cada marinero ocupó su puesto.
El cielo azul desapareció lentamente bajo un manto de nubes oscuras.
El viento comenzó a rugir.
Las primeras olas golpearon el casco con violencia.
Después llegaron otras aún mayores.
El barco entero crujía.
La lluvia caía como agujas.
Los relámpagos partían el cielo una y otra vez.
Algunos pasajeros rezaban.
Otros lloraban.
Los marineros luchaban por mantener el control del barco.
Las horas parecían eternas.
Nadie sabía si lograrían salir de aquella tormenta.
Y, de pronto...
todo terminó.
Las nubes comenzaron a abrirse.
El viento perdió fuerza.
El océano volvió poco a poco a respirar con calma.
El capitán reunió a toda la tripulación.
—Hoy este barco sigue a flote gracias al esfuerzo de cada uno de ustedes.
Las felicitaciones fueron recibidas con aplausos.
Las sonrisas regresaron.
Las voces volvieron a llenar la cubierta.
La vida recuperaba su curso.
Solo había tres personas que parecían haber vivido una experiencia completamente distinta.
Rouis.
Gaiki.
Yube.
Las tres permanecían apoyadas sobre la barandilla observando el horizonte.
Ninguna hablaba.
No por miedo.
Sino por fascinación.
Habían visto montañas de agua elevarse por encima del barco.
Habían escuchado el rugido del cielo como si una criatura gigantesca reclamara el dominio del mundo.
Los relámpagos iluminaban el océano durante un instante...
revelando una belleza tan aterradora como imposible de olvidar.
Rouis sonrió.
—Da miedo...
Yube asintió lentamente.
—Sí...
Gaiki no apartó la vista del horizonte.
—Pero también es hermoso.
Las tres continuaron contemplando el mar.
Por primera vez comprendieron que el océano no era solo un lugar lleno de vida.
También era una fuerza inmensa.
Indomable.
Y tan hermosa...
como peligrosa.

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