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Capitulo 11

Cap 11 El puerto sin regreso

por ariel322 1.509 palabras 8 min de lectura
Gaiki observó la libreta con algo de asombro.
Desde hacía tiempo tenía la sensación de que estaba olvidando algo. No sabía qué era, pero aquella incomodidad la había acompañado desde que despertó.
Se acercó y la recogió.
La cubierta estaba húmeda y las hojas se habían hinchado por el agua. El dibujo de la portada no le resultaba familiar. Podía haberlo hecho cualquiera.
Abrió la libreta.
No había notas.
Solo dibujos.
Peces.
Plantas.
Formas de nubes.
Corrientes marcadas con líneas.
Algunas criaturas que Gaiki no reconocía.
Los trazos eran precisos, demasiado limpios para parecer hechos al azar. Había páginas completas dedicadas a una sola aleta, a una escama o a la forma en que una ola se doblaba antes de romper.
Pasó otra hoja.
Y después otra.
Algo comenzó a moverse dentro de ella.
No era un recuerdo completo.
Solo fragmentos.
Una mano sosteniendo carbón.
Una voz hablando demasiado rápido.
Una libreta apoyada sobre unas piernas.
Gaiki dejó de pasar las páginas.
Sentía que faltaba algo.
O alguien.
La sensación era incómoda, como intentar recordar una palabra que conocía pero que se negaba a aparecer.
El hambre volvió antes de que pudiera pensar más.
Rouis seguía sentada en la arena. Había dejado de temblar por momentos, pero su respiración continuaba siendo pesada. Tenía la mirada baja y parecía concentrada en soportar el dolor.
Gaiki cerró la libreta y se acercó a ella.
No quedaba comida.
Bebieron tanta agua como pudieron, aunque ya sabían que no serviría por mucho tiempo.
Después regresaron al campamento.
Los guardias las esperaban.
No explicaron demasiado.
Dijeron que debían acompañarlos.
Gaiki sostuvo la libreta contra el pecho mientras ayudaba a Rouis a caminar.
Las llevaron hasta un edificio cercano al puerto. No era grande, pero estaba construido con piedra y madera gruesa. En el interior había una sala con una mesa larga y varias sillas.
A Gaiki le recordó al consejo de su pueblo.
El capitán estaba allí.
Las dos se alegraron al verlo.
Gaiki dio un paso hacia él.
—Capitán.
Él levantó la vista.
No respondió al saludo.
Su postura era rígida. Tenía las manos sobre las piernas y evitaba moverlas. Parecía estar midiendo cada gesto antes de hacerlo.
Rouis también intentó mirarlo.
El capitán apartó los ojos.
Las hicieron sentarse.
Alrededor de la mesa había varios hombres. Algunos llevaban uniformes. Otros vestían ropas limpias y escribían en hojas extendidas frente a ellos.
Uno de ellos comenzó a hablar.
Querían conocer lo ocurrido durante el viaje.
No preguntaron por sus heridas.
Tampoco por el tiempo que llevaban sin comer.
El estómago de Gaiki rugió en medio de la sala.
Nadie reaccionó.
Las preguntas comenzaron.
Querían saber sobre los peces que habían observado.
Sobre los cambios de temperatura.
Sobre el comportamiento de las aves.
Sobre las corrientes marinas.
Sobre las nubes antes de la tormenta.
Gaiki respondió lo que podía.
Rouis apenas habló.
Cuando lo hacía, su voz era baja y las palabras salían separadas por respiraciones profundas.
Los hombres tomaban notas.
Hacían una pregunta y después otra.
En ocasiones se miraban entre ellos, sorprendidos por la cantidad de información que las niñas conocían.
Uno de los guardias colocó varios objetos sobre la mesa.
Libretas deformadas por el agua.
Hojas sueltas.
Dos libros con las cubiertas abiertas.
Habían recuperado todo aquello entre los restos del naufragio.
Uno de los hombres abrió uno de los cuadernos y comenzó a leer.
Pasó varias páginas.
Luego levantó la vista.
—Queremos saber quién escribió este libro sobre las hipótesis del mar.
Gaiki miró el cuaderno.
No era el que sostenía.
Tenía la cubierta oscura y una esquina rota.
Durante unos segundos no entendió por qué le resultaba conocido.
Después vio una mancha en una de las páginas.
Una marca de tinta extendida con un dedo.
Algo se abrió dentro de su cabeza.
Una niña inclinada sobre la libreta.
Una voz discutiendo con un marinero.
Una sonrisa orgullosa al mostrar un dibujo.
Yube.
Gaiki dejó de respirar por un instante.
El ruido de la sala pareció alejarse.
Miró el cuaderno.
Luego miró la libreta que tenía entre las manos.
Los dibujos.
Las hojas.
La voz.
Yube.
Los recuerdos comenzaron a regresar sin orden.
El río.
El barco.
Las conversaciones.
La tormenta.
El agua entrando.
Las cuerdas.
Los gritos.
El hambre dejó de importar.
También el cansancio.
Gaiki levantó lentamente la cabeza.
No miró a los hombres.
Miró a Rouis.
—¿Dónde está Yube?
Nadie respondió.
Uno de los hombres acomodó las hojas frente a él.
—Primero necesitamos saber quién escribió—
—¿Dónde está Yube?
La voz de Gaiki salió más fuerte.
El capitán bajó la mirada.
Gaiki lo vio.
Eso fue suficiente para que el miedo se convirtiera en otra cosa.
Se levantó de la silla.
—¿Dónde está?
El hombre del centro golpeó la mesa con los dedos.
—Siéntate.
Gaiki no lo escuchó.
Miró al capitán.
—Usted estaba ahí.
Él no respondió.
—Usted la vio.
El capitán mantuvo los ojos bajos.
Gaiki volvió hacia Rouis.
Su hermana estaba rígida.
La respiración se le había acelerado.
Miraba la mesa sin verla.
—Rouis.
No hubo respuesta.
Gaiki rodeó la mesa.
—Rouis, mírame.
Rouis no pudo.
El aire comenzó a faltarle.
Intentó respirar más despacio, pero cada intento terminaba en otro jadeo.
—¿Dónde está Yube?
Rouis cerró los ojos.
No quería recordar.
Pero ya estaba allí.
El agua.
La cuerda.
Yube.
Sus manos.
La pelea.
El cuerpo alejándose.
Gaiki la sujetó de los hombros.
—Dime dónde está.
Rouis movió la cabeza.
No podía hablar.
—Rouis.
La voz de Gaiki se quebró.
—Dime que está viva.
Rouis abrió los ojos.
Las lágrimas ya habían comenzado a caer.
Gaiki esperaba una respuesta.
Cualquier respuesta.
Que se había perdido.
Que alguien la había rescatado.
Que estaba en otro campamento.
Que volverían a encontrarla.
Rouis intentó decir algo.
Solo salió aire.
Gaiki apretó más los dedos sobre sus hombros.
—¿Dónde está mi hermana?
Rouis la miró por fin.
—Yo...
Se detuvo.
El capitán levantó ligeramente la cabeza.
Sabía lo que Rouis estaba a punto de decir.
No hizo nada.
—Yo la maté.
El silencio ocupó toda la sala.
Gaiki soltó los hombros de Rouis.
No retrocedió.
Solo la miró.
Durante unos segundos pareció no entender las palabras.
—No.
Rouis bajó la cabeza.
—Perdón.
—No.
Gaiki negó varias veces.
—Eso no es cierto.
Rouis comenzó a llorar con más fuerza.
—Perdón.
—¡Eso no es cierto!
Los hombres alrededor de la mesa se miraron entre ellos.
Uno de ellos suspiró.
Otro cerró el cuaderno.
El capitán permaneció inmóvil.
Él sabía que Rouis no había contado la historia completa.
También sabía que aquello no había ocurrido como ella lo estaba diciendo.
Pero no habló.
Nadie conocía las razones por las que permanecía callado.
Nadie sabía si tenía miedo, si había recibido una orden o si simplemente había decidido protegerse.
Gaiki volvió a sujetar a Rouis.
—Dime qué pasó.
Rouis no podía responder.
—Dímelo.
—Perdón.
—¡No quiero que me pidas perdón!
Rouis intentó apartarse.
La silla cayó hacia atrás.
Uno de los guardias se acercó.
Gaiki lo empujó.
—¡No la toque!
Los hombres comenzaron a impacientarse.
Para ellos la conversación ya había terminado.
Habían pedido información sobre el mar y habían obtenido la confesión de un crimen.
Uno de los hombres habló con voz firme.
—La menor quedará bajo custodia hasta que se investigue lo ocurrido.
Gaiki giró hacia él.
—No.
Dos guardias sujetaron a Rouis.
Ella apenas opuso resistencia.
—¡No pueden llevársela!
Gaiki intentó acercarse, pero otro guardia se interpuso.
—¡Ella no quiso decir eso!
Rouis seguía llorando.
—Perdón.
Gaiki la miró.
La desesperación de su rostro comenzó a desaparecer.
En su lugar quedó algo más quieto.
Más frío.
Los guardias colocaron unas esposas alrededor de las muñecas de Rouis.
El metal estaba helado.
Rouis levantó la mirada hacia Gaiki.
Esperó que dijera algo.
Gaiki apartó los ojos.
Eso fue peor que un grito.
La sacaron de la habitación.
Rouis caminó como pudo.
Las piernas apenas le respondían.
Los guardias la llevaron por la costa, atravesando las calles cercanas al puerto.
Las personas comenzaron a observarla.
Algunos preguntaron qué había hecho.
Nadie recibió una respuesta clara.
No hacía falta.
Estaba esposada.
Era una náufraga.
Y ahora también era una criminal.
Un hombre la insultó desde un puesto.
Otra persona escupió cerca de sus pies.
Rouis mantuvo la cabeza baja.
Una piedra golpeó su espalda.
No se detuvo.
Otra le alcanzó el brazo.
Los guardias siguieron caminando.
No miraron hacia quienes las lanzaban.
Rouis intentó mantener el paso, pero el dolor de la cintura regresó con cada movimiento.
Sus piernas flaquearon.
Uno de los guardias tiró de la cadena.
Rouis cayó de rodillas.
La obligaron a levantarse.
Dio unos pasos más.
Volvió a tropezar.
Por momentos era arrastrada sobre la arena húmeda.
No sabía cuánto tiempo llevaban caminando.
El camino parecía demasiado largo.
Tal vez no lo era.
Tal vez solo era su cuerpo.
Detrás de ella, el puerto siguió trabajando.
Los vendedores abrieron sus puestos.
Los barcos descargaron mercancía.
Los niños corrieron entre las calles.
Y Gaiki permaneció sentada frente a la mesa, con la libreta de Yube apretada entre las manos.

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