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Capitulo 25

Cap 25 Hablemos de negocios

por ariel322 1.708 palabras 9 min de lectura
Ariel metió los dedos en la tierra.
La removió un poco y observó la humedad que quedaba entre ellos.
Caminó algunos pasos y volvió a hacerlo.
Liertp, que llevaba un rato siguiéndolo entre los cultivos, se agachó en el mismo lugar y metió los dedos en la tierra.
Ariel lo vio de reojo.
No dijo nada.
Liertp observó la tierra que tenía entre los dedos.
—Está mojada.
—Sí.
—Entonces está bien.
—No necesariamente.
Liertp volvió a mirarla.
—¿Por qué?
—Porque también puede tener demasiada agua.
El niño observó las plantas.
Desde que habían instalado las mangueras, el suelo alrededor de ellas se mantenía húmedo durante mucho más tiempo. Ya no era necesario llevar agua constantemente ni abrir los canales que antes habían hecho.
—¿Y cómo sabes cuánto necesitan?
Ariel permaneció unos segundos mirando las plantas.
—Viendo.
—¿Viendo?
—Viendo.
Liertp esperó.
Ariel siguió caminando.
El niño permaneció agachado unos instantes más, mirando la tierra como si esperara que esta le explicara lo que Ariel no había querido explicar.
Finalmente la soltó y corrió para alcanzarlo.
Ariel continuó revisando las líneas una por una.
Algunos de los pequeños goteros dejaban salir más agua que otros. Uno parecía no dejar salir absolutamente nada.
Lo retiró.
Sopló a través de él.
Nada.
—Está tapado.
Liertp se acercó.
—¿Ya no sirve?
—Sí sirve.
Ariel tomó un pequeño recipiente con agua, limpió el gotero y volvió a probarlo.
Esta vez dejó pasar una pequeña cantidad.
—Ahora sí.
Lo colocó nuevamente en la manguera.
Liertp observó el pequeño objeto durante unos segundos antes de continuar caminando detrás de él.
La revisión todavía tardó bastante.
Ariel comprobó la humedad en diferentes partes del terreno, observó las plantas y revisó que ninguna de las mangueras estuviera perdiendo agua donde no debía.
El sistema funcionaba.
No perfectamente.
Pero funcionaba.
Y eso era suficiente por ahora.
Después de terminar con los cultivos, Ariel regresó con los animales.
A diferencia de antes, ya no tenía que revisar absolutamente todo por sí mismo.
Los jóvenes que trabajaban con él conocían sus tareas.
Unos limpiaban.
Otros alimentaban a los animales.
Otros revisaban el agua.
Ariel caminaba entre ellos comprobando el trabajo y deteniéndose cuando algo llamaba su atención.
Liertp continuaba detrás de él.
Ariel se acercó a una de las vacas y pasó la mano por su lomo.
Después observó sus costados.
—¿Qué estás viendo?
Ariel señaló al animal.
—¿Tú qué ves?
Liertp la miró.
—Una vaca.
Ariel lo miró.
—Muy bien.
—¿Qué?
—Confirmamos que no estás ciego.
Liertp frunció el ceño.
Ariel siguió caminando.
—¡Pero qué estás viendo!
—Eso te pregunté yo.
Liertp volvió a observar a la vaca.
Esta vez con mayor atención.
La miró durante varios segundos.
—Está... más gorda.
Ariel se detuvo.
Volvió a mirar al animal.
—Sí.
Liertp sonrió ligeramente.
—¿Eso estabas viendo?
—Entre otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
—Muchas.
—¿Cuáles?
Ariel continuó caminando.
—Mira.
Liertp lo siguió.
Ariel no volvió a explicarle.
Durante el resto de la tarde revisaron varios animales. Algunos habían ganado peso. Otros todavía necesitaban atención. Había heridas pequeñas, suciedad, alimento que revisar y demasiadas cosas que podían convertirse en problemas si nadie las notaba a tiempo.
Nada especialmente grave.
Eso era bueno.
Cuando el sol comenzó a desaparecer, Ariel terminó de repartir las últimas tareas.
Los jóvenes comenzaron a marcharse poco a poco.
Liertp fue uno de los últimos.
—Mañana temprano —dijo Ariel.
—Sí.
El niño comenzó a caminar.
Después se detuvo.
Miró hacia atrás.
—Ariel.
—¿Qué?
—¿Mañana me vas a decir qué más estabas viendo?
Ariel pensó unos segundos.
—Tal vez.
Liertp pareció satisfecho únicamente con eso y se marchó.
La habitación estaba en silencio.
Ariel se acostó y permaneció mirando el techo.
Su cuerpo estaba cansado, aunque considerablemente menos que algunos días atrás.
La bomba había cambiado mucho más de lo que esperaba.
Seguía teniendo que revisar los cultivos. Seguía teniendo que comprobar la humedad y asegurarse de que el sistema funcionara correctamente.
Pero ya no tenía que mover toda aquella agua.
Cerró los ojos.
No tardó demasiado en quedarse dormido.
Cuando volvió a abrirlos, todo era blanco.
Ariel permaneció acostado unos segundos.
Reconoció inmediatamente aquel lugar.
Se incorporó.
—¡Ah!
La voz llegó desde algún lugar frente a él.
—¡Mi querido cliente!
El Comerciante apareció con los brazos abiertos y una enorme sonrisa.
—¡Qué maravilloso volver a tenerlo por aquí!
Ariel terminó de ponerse de pie.
—Buenas noches.
—¡Muy buenas noches! Aunque debo admitir que aquí resulta bastante difícil saber si es de noche.
El Comerciante levantó la mirada hacia el blanco infinito que los rodeaba.
—Pero si mi querido cliente dice que son buenas noches, entonces buenas noches serán.
Ariel sonrió ligeramente.
—Me alegra volver a verlo.
El Comerciante llevó una mano al pecho.
—Oh... No sabe cuánto alegra a este humilde Comerciante escuchar semejantes palabras.
Las sillas aparecieron frente a ellos.
Un instante después apareció la mesa.
—Por favor, por favor. Tome asiento. Tenemos toda una agradable conversación por delante y sería imperdonable obligar a mi querido cliente a permanecer de pie.
Ariel tomó asiento.
Una botella de agua apareció sobre la mesa.
La misma que la vez anterior.
—Supuse que quizá tendría sed.
—Gracias.
—¡El placer es mío!
Ariel abrió la botella.
El agua seguía estando fresca.
Bebió un poco mientras el Comerciante se acomodaba frente a él.
—Ahora bien...
El Comerciante juntó las manos.
—Antes que nada, ¿qué le han parecido sus compras?
—Bastante bien.
—¿Solo bastante?
Ariel levantó ligeramente una ceja.
El Comerciante mantuvo la sonrisa.
—Funcionaron muy bien.
—¡Maravilloso!
Abrió los brazos.
—¡Eso es exactamente lo que esperaba escuchar! No existe mejor recompensa para un comerciante que la satisfacción de un buen cliente.
Ariel bebió nuevamente.
—La bomba me dio algunos problemas al principio.
—Y aun así consiguió ponerla a trabajar.
Ariel bajó lentamente la botella.
—Entonces sabes lo que hice.
—Mi querido cliente...
El Comerciante inclinó ligeramente la cabeza.
—Naturalmente me interesa saber si aquello que vendo cumple correctamente con su propósito. Sería terriblemente descortés de mi parte olvidarme de usted inmediatamente después de cerrar un trato.
Ariel asintió.
No preguntó más.
—Aunque...
El Comerciante levantó un dedo.
—Debo admitir que hay una pequeña cuestión que ha despertado mi curiosidad.
—¿Cuál?
—Mi regalo.
Ariel guardó silencio.
—¿Regalo?
El Comerciante llevó ambas manos al pecho.
—Oh, mi querido cliente...
Ariel intentó recordar.
—La última vez que tuvimos el placer de conversar le recomendé revisar su teléfono después de terminar nuestros negocios.
Ariel permaneció inmóvil.
Entonces lo recordó.
—Ah.
El Comerciante lo señaló inmediatamente.
—¡Ese «ah»!
Ariel soltó una pequeña risa.
—Se me olvidó.
—¡No, no, no! No tiene absolutamente nada de qué preocuparse.
El Comerciante movió las manos rápidamente.
—Un regalo no debería convertirse jamás en una obligación. Eso arruinaría por completo el propósito de regalarlo.
—Lo revisaré.
—Cuando usted quiera, mi querido cliente. Mañana, dentro de una semana, dentro de un año... Aunque confieso que espero que sea un poco antes. Tengo cierta curiosidad por conocer su opinión.
Ariel asintió.
Por un momento pareció que el tema había terminado.
Entonces dejó la botella sobre la mesa.
—Quería preguntarte otra cosa.
El Comerciante se inclinó hacia él.
—¡Por supuesto! Pregunte cuanto desee. Para eso estoy aquí.
—El crédito.
La expresión del Comerciante pareció iluminarse todavía más.
—¡Ah! Ahora entramos en uno de mis temas favoritos.
Ariel acomodó ligeramente su postura.
—La vez pasada estaba más preocupado por saber qué podía comprar que por preguntar cómo iba a pagarlo.
—Completamente comprensible.
—Ahora quiero saberlo.
El Comerciante juntó las manos sobre la mesa.
—Y yo estaré encantado de explicárselo.
Ariel dejó de sonreír.
No porque desconfiara de él.
Simplemente quería escuchar.
—Primero. ¿Cómo puedo pagarte?
—De prácticamente cualquier manera que resulte conveniente para usted.
—Dijiste que todo el dinero sirve.
—¡Y mantengo mi palabra! Monedas de este lugar, de su hogar o de cualquier otro sitio. Si posee valor como dinero, este humilde Comerciante estará encantado de recibirlo.
—¿Y cómo sabes cuánto vale cada moneda?
El Comerciante sonrió.
—Ese pequeño inconveniente déjemelo a mí.
Ariel permaneció unos segundos en silencio.
—¿Puedo hacer pagos pequeños?
—Por supuesto.
—¿O tengo que pagar todo de una vez?
—Puede hacerlo si así lo desea, pero jamás exigiría semejante incomodidad a un cliente que apenas comienza a prosperar.
Ariel asintió lentamente.
—Entonces puedo ir abonando.
—Exactamente.
—¿Y los intereses?
El Comerciante levantó un dedo.
—¡Excelente pregunta!
Ariel prestó todavía más atención.
—El interés se calcula únicamente sobre aquello que todavía me debe. Cada vez que realiza un pago, reduce su deuda y, por consecuencia, también aquello sobre lo que se calcularán los siguientes intereses.
—Entonces mientras más rápido pague, menos termino pagando.
—Precisamente.
—¿Hay penalización por pagar antes?
El Comerciante pareció casi ofendido.
—¡Mi querido cliente! ¿Castigarlo por cumplir antes con su palabra?
Llevó nuevamente una mano al pecho.
—Jamás.
Ariel sonrió un poco.
—Tenía que preguntar.
—Y hace perfectamente bien. Un cliente que pregunta es un cliente que entiende lo que está comprando. Y un cliente que entiende lo que está comprando...
El Comerciante abrió las manos.
—...suele regresar.
Ariel soltó una pequeña risa.
—¿Cada cuánto aumentan los intereses?
—Eso dependerá del acuerdo que elijamos.
Ariel frunció ligeramente el ceño.
—¿Puedo elegir?
—Naturalmente. Podríamos establecer pagos frecuentes con un interés menor, darle mayor libertad a cambio de un interés ligeramente superior o incluso adaptar los pagos a sus ingresos.
—Mis ingresos no son precisamente constantes.
—Lo sé.
Ariel lo miró.
El Comerciante sonrió amablemente.
—Y por eso no tendría sentido ofrecerle un acuerdo pensado para alguien que recibe la misma cantidad de dinero cada cierto número de días.
Ariel permaneció atento.
Eso tenía sentido.
—Prefiero poder pagar cuando tenga dinero.
—Una elección muy razonable.
—¿Cuánto sería el interés?
El Comerciante sonrió.
—Eso, mi querido cliente, podemos negociarlo.
Ariel apoyó un brazo sobre la mesa.
—¿Negociarlo?
—¡Por supuesto!
El Comerciante abrió los brazos.
—¡Estamos haciendo negocios! ¿Dónde estaría la diversión si yo simplemente dijera un número y usted lo aceptara?
Ariel sonrió.
Ahora comenzaba a entender un poco mejor a aquel hombre.
—Entonces quiero el interés más bajo que puedas darme.
El Comerciante soltó una pequeña carcajada.
—¡Y yo quisiera el más alto que usted esté dispuesto a aceptar!
Ambos se quedaron mirando.
El Comerciante extendió una mano sobre la mesa.
—Mi querido cliente...
Su sonrisa permaneció intacta.
—Hablemos de negocios.

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