Capitulo 29
Cap 29 Una inversión a futuro
Los días siguieron pasando y Ariel comenzó a acaparar cada vez más trabajo. Incluso los animales que anteriormente habría considerado sacrificar ahora estaban siendo atendidos y se encontraban en recuperación. Muchas personas del pueblo acostumbraban vender sus animales cuando enfermaban o sufrían alguna lesión, sobre todo porque Ariel no estaba dispuesto a tratarlos a menos que fueran suyos. Poco a poco, la gente comenzó a verlo diferente. La tristeza que había cargado durante aquellos días ya no era tan evidente; en su lugar parecía confundido, distraído, como si constantemente estuviera divagando dentro de su propia mente.
Algunos intentaron contratar a Liertp para que atendiera a sus animales, aprovechando todo lo que había aprendido trabajando junto a Ariel, pero el niño siempre se negaba con la misma excusa: tenía demasiado trabajo. Y, en realidad, no mentía. Liertp estaba aprendiendo demasiado como para comenzar a distraerse con otras cosas. Ariel había empezado a enseñarle álgebra, lectura de diagramas, injertos y tratamiento veterinario, además de todo aquello que aprendía simplemente acompañándolo durante el trabajo diario.
Liertp seguía sorprendiéndose por la cantidad de cosas que Ariel parecía conocer. Lo que más le intrigaba era que, según él, buena parte de aquel conocimiento no era particularmente extraño en el lugar de donde venía. Sin embargo, lo que terminó sorprendiéndolo todavía más fue descubrir cuánto tiempo había dedicado Ariel a estudiar. Casi dieciséis años. Para Liertp resultaba difícil imaginar que alguien pudiera pasar tantos años estudiando, pero todavía más extraño le parecía saber que había comenzado aproximadamente a los cinco años.
El niño trataba de seguirle el ritmo como podía. Ariel le había dicho en alguna ocasión que aprendía demasiado rápido para su edad y que probablemente fuera un prodigio. Desde entonces, Liertp comenzó a sentirse especial. Si Ariel realmente tenía razón, entonces debía dedicarle tiempo y esfuerzo a sus enseñanzas. No quería desperdiciar aquello que aparentemente tenía.
Ariel, mientras tanto, continuaba perdido entre sus propios pensamientos. Si aquel lugar no era real y todo cuanto veía era únicamente producto de su mente, entonces nada de lo que hiciera tenía demasiado sentido. Poco a poco se convencía de que esa podía ser la respuesta. Quizás algún día simplemente despertaría. Si eso ocurría, rezaría para que no hubiera pasado demasiado tiempo como para perderla y, si ya era demasiado tarde, esperaba al menos tener la oportunidad de despedirse de ella.
Aun con aquellos pensamientos rondando constantemente su cabeza, el dinero seguía fluyendo y el negocio continuaba creciendo. También aumentaba la cantidad de cosas que Ariel compraba, y para quienes trabajaban con él casi todo seguía resultando extraño. Las luces, por ejemplo, les parecían sorprendentes. Podían encenderlas y apagarlas con solo presionar un botón. La cocina tampoco se parecía demasiado a aquellas que conocían: gran parte estaba hecha de metal, desde las mesas y utensilios hasta muchas de las herramientas que utilizaban. Quienes trabajaban ahí no tardaron en descubrir lo cómodo que resultaba utilizar aquellas cosas, así que rara vez había quejas.
Lo que más les sorprendía era el nivel de higiene que Ariel exigía. Había ropa destinada específicamente al trabajo, reglas que debían seguir y zonas que tenían que mantenerse limpias. También estaban los congeladores y aquellos cuartos que permanecían increíblemente fríos sin importar cuánto tiempo pasara. Nadie comprendía cómo conseguía mantenerlos de esa manera y, aunque al principio hubo curiosidad, eventualmente dejaron de preguntar. Simplemente aceptaron que era otra de aquellas cosas extrañas que aparecían alrededor de Ariel.
En una ocasión, Ariel se encontraba con Liertp revisando una pequeña subestación eléctrica. El niño parecía perderse cada vez más conforme avanzaba la explicación sobre su funcionamiento, aunque al menos comprendía qué tenía que hacer. Ariel solía decirle que ya estaba aprendiendo la parte práctica, pero todavía le faltaba mucha teoría para comprender realmente por qué funcionaban las cosas que tenía enfrente.
También había algo más que despertaba la curiosidad de Liertp. De vez en cuando Ariel realizaba llamadas que podían durar bastante tiempo. Por su manera de comportarse, parecía disfrutar hablar con la persona del otro lado, pero nunca permitió que Liertp participara ni que siquiera escuchara su voz. El niño no sabía con quién hablaba y Ariel tampoco parecía tener intención de explicárselo.
Eso no significaba que los celulares fueran completamente ajenos a Liertp. Ariel algunas veces lo llamaba directamente o le dejaba mensajes con las cosas que debía hacer durante el día. También le había prohibido perder demasiado tiempo mirando videos, una regla que Liertp no siempre obedecía y que le provocaba cierta culpa. Le gustaba demasiado ver aquellas imágenes de lugares que parecían pertenecer al mundo del que provenía Ariel.
Cuando encontraba algún video interesante, en ocasiones se lo mostraba.
—¿Ese es tu país?
Ariel miraba la pantalla durante unos segundos.
—No.
Algunas veces le decía de qué país se trataba. Otras simplemente respondía que no y continuaba con lo que estuviera haciendo.
Una de las cosas que más llamaba la atención de Liertp eran los vehículos que utilizaban las personas en aquellos videos. No comprendía cómo podían avanzar sin necesidad de animales que los arrastraran. Cuando intentaba preguntarle a Ariel, este se limitaba a darle siempre la misma respuesta.
—Estudia más la subestación.
Nada más.
Liertp llegó a pensar que quizás Ariel tampoco sabía cómo funcionaban aquellos vehículos o, si lo sabía, simplemente no quería explicárselo. Sin embargo, había otra pregunta mucho más importante dando vueltas en su cabeza. Si Ariel quería regresar a su país y volver a verla, ¿por qué no regresaba? Si podía conseguir objetos provenientes de aquel lugar, ¿qué era exactamente lo que le impedía volver?
La duda permanecía con él, pero no quería preguntárselo. La última vez que había comenzado a hacer preguntas demasiado personales, Ariel había terminado encerrándose durante días. Liertp no sabía si aquello había sido realmente culpa suya, pero tampoco tenía ganas de averiguarlo.
Con el tiempo consiguió comprender, al menos de manera básica, el funcionamiento de la subestación. Ariel pareció bastante satisfecho con su progreso y finalmente le dio una respuesta relacionada con aquellos vehículos que tanto le interesaban.
—Lo que acabas de aprender tiene mucho que ver con lo que hace que esos vehículos puedan moverse.
Liertp permaneció pensativo. Algo parecía comenzar a encajar, aunque todavía no terminaba de comprenderlo.
—Pero eso genera electricidad. El motor gira y hace que los imanes y las bobinas generen electricidad. ¿Por qué eso haría que un vehículo se moviera?
—Estás pensando en un generador. Ahora piensa al revés. Si puedes usar movimiento para generar electricidad, también puedes usar electricidad para generar movimiento. Conectas ese movimiento a un eje, le pones unas ruedas y tienes algo que puede avanzar.
Liertp guardó silencio unos segundos mientras intentaba imaginarlo.
—Pero tienes que apagar el motor para que frene. ¿No sería peligroso?
Ariel no mostró demasiado interés en responder aquella pregunta.
Liertp continuó acumulando dudas. Cada respuesta parecía producirle dos preguntas nuevas, pero aquello solo hacía que quisiera saber más sobre esos vehículos.
Hasta que un día recibió un mensaje de Ariel.
Le pedía que fuera al campo. Era urgente.
Liertp dejó lo que estaba haciendo y se dirigió hasta allá pensando que quizás había ocurrido algún problema. Sin embargo, al llegar encontró algo completamente diferente.
Había un vehículo estacionado en medio del campo.
Liertp se quedó observándolo. Había visto muchos parecidos en los videos, aunque aquel era diferente. Era más grande y alto que la mayoría de los que recordaba. Tenía cuatro puertas y, detrás de ellas, una enorme caja abierta. Incluso estando completamente quieto resultaba imponente.
Ariel estaba dentro.
Al verlo llegar, simplemente le hizo una seña para que subiera.
Liertp corrió inmediatamente hacia una de las puertas e intentó abrirla, pero no pudo. Volvió a intentarlo sin entender qué estaba haciendo mal. Ariel lo observó durante unos segundos antes de comenzar a reírse y finalmente le abrió la puerta.
Por dentro era todavía más extraño. Los asientos eran cómodos, había bastante espacio y el aire estaba tan frío que contrastaba inmediatamente con la temperatura exterior. La música parecía salir de las propias puertas. Liertp apenas sabía hacia dónde mirar cuando Ariel señaló el cinturón de seguridad.
Había visto suficiente en los videos para comprender lo que debía hacer. Tomó el cinturón y consiguió colocárselo.
Apenas terminó de ajustarlo cuando sintió que su cuerpo se iba hacia atrás.
Ariel había acelerado.
El miedo apareció inmediatamente en el rostro de Liertp mientras Ariel llevaba una enorme sonrisa. El vehículo comenzó a ganar velocidad y el campo pasó cada vez más rápido frente a las ventanas. Liertp apenas comenzaba a acostumbrarse a aquella sensación cuando el miedo regresó con fuerza.
Ariel empezó a dar vueltas con la camioneta.