Capitulo 32
Cap 32 Un pueblo lleno de interrogantes
Lia pasó todo el día recorriendo el pueblo, dejando en evidencia su estatus ante cualquiera
que volteara a verla. Caminaba con elegancia, manteniendo la cabeza en alto y una postura
impecable. Su acompañante la seguía en silencio, mostrando una elegancia similar, aunque,
a diferencia de Lia, era mucho más reservada y respetuosa con las personas que encontraba
a su alrededor. Eran como las dos caras de una misma moneda.
Algunos habitantes no podían evitar observarlas. Su presencia resultaba tan extraña como
lo había sido la primera visita de Ariel al pueblo. Sus vestimentas, sus modales y la manera
en que se desenvolvían llamaban demasiado la atención.
Otros encontraban la situación bastante irónica. ¿Acaso, de ahora en adelante, comenzarían
a llegar personas extrañas al pueblo? Y, de ser así, ¿qué podían hacer ellos al respecto?
Lia continuó su paseo, sorprendiéndose con demasiada facilidad ante las cosas que
encontraba. Había detalles que no lograba comprender y otros que sencillamente no
esperaba ver en un lugar como aquel. Le resultaba especialmente extraño que las calles
estuvieran tan limpias y que sus habitantes no desprendieran los olores desagradables que
había imaginado. En su interior, no podía hacer otra cosa que agradecer que aquellas
personas no fueran como las había supuesto.
Su acompañante, por otro lado, parecía todavía más maravillada.
Encontrar tantas personas con quienes conversar y descubrir que buena parte de ellas sabía
leer y escribir, aunque fuera en un idioma diferente, era algo casi impensable para ella.
Tenía ganas de aprender, de comprender sus costumbres y de enriquecer sus conocimientos
con todo aquello que desconocía. Cada conversación parecía despertar nuevas preguntas.
Lia, en cambio, comenzaba a sentirse molesta.
¿Por qué aquel pueblo era tan diferente? ¿Qué estaba sucediendo allí? ¿Cómo era posible
que sus habitantes tuvieran acceso a cosas que ni siquiera había visto en otros lugares?
Necesitaba encontrar al principal sospechoso.
Fue entonces cuando algo llamó su atención.
A lo lejos, cerca de las afueras del pueblo, una enorme carroza blanca avanzaba a gran
velocidad. Lia se quedó sin palabras. No había caballos tirando de ella, ni animales de
ninguna clase, y aun así se movía con una rapidez que parecía imposible.
Transportaba una cantidad considerable de lo que parecían ser plantas. Su estructura era
extraña, con una parte descubierta donde se acumulaba la carga y otra cerrada en la que
podían distinguirse personas.
Entre ellas reconoció a alguien.
Era aquel hombre con quien había conversado durante la mañana.
Ariel.
Su acompañante también observaba el vehículo, con tanta fascinación como Lia, si no es
que más. Ambas siguieron su recorrido con la mirada hasta que terminó alejándose.
Lia permaneció inmóvil unos instantes.
Aquello no podía ser una coincidencia.
Durante su paseo había conversado con varias personas y, cada vez que preguntaba por
alguna de las peculiaridades del pueblo, las respuestas terminaban mencionando al mismo
individuo. No importaba si se trataba de las costumbres, de ciertos objetos o de los cambios
que habían experimentado los habitantes: el nombre de Ariel aparecía una y otra vez.
Aquel hombre era mucho más de lo que aparentaba.
Y no pensaba quedarse de brazos cruzados.
El atardecer llegó mientras ambas continuaban recorriendo las calles. El sol comenzaba a
ocultarse y Lia observó que nadie parecía preocupado por encender las farolas.
Fue entonces cuando reparó en algo que había pasado por alto durante todo el día.
Las farolas eran diferentes.
No tenían los diseños ornamentales que acostumbraba ver en las ciudades. Carecían de los
hermosos detalles que solían adornar aquellas estructuras y tampoco parecían tener espacio
para los recipientes de aceite. Eran delgadas, simples, de superficies lisas y sin decoración
alguna.
A primera vista, le parecieron bastante poco elegantes.
Sin embargo, cuando los últimos rayos del sol desaparecieron, ocurrió algo que la dejó
nuevamente sin palabras.
Todas las farolas se encendieron casi al mismo tiempo.
Nadie se había acercado a ellas. No había visto a ningún trabajador utilizando una antorcha
ni a una sola persona intentando prenderlas. Simplemente comenzaron a iluminar las calles
con una luz blanca, mucho más intensa que la producida por las farolas de aceite que
conocía.
Lia miró una, después otra y finalmente observó la calle completa.
La iluminación era uniforme y no parecía que las lámparas fueran a apagarse.
Su acompañante contemplaba el espectáculo con evidente fascinación.
Lia, por su parte, parecía más molesta que antes.
Cada nueva respuesta que encontraba durante su recorrido terminaba convirtiéndose en
otras diez preguntas.
Decidió regresar a la posada.
Si alguien podía explicarle qué estaba ocurriendo, ese alguien era Ariel.
Cuando llegaron, Ariel todavía no había regresado.
Lia recorrió el comedor con la mirada, comprobando que no se encontraba entre los
huéspedes. Finalmente llamó a Archer, quien se acercó con cierta preocupación.
Para sorpresa de la dueña de la posada, Lia se dirigió a ella de manera educada.
—Disculpa, ¿sabes a qué hora suele regresar el señor Ariel?
—Suele llegar bastante tarde, señorita.
—¿Bastante tarde? Define bastante tarde.
Archer pensó unos instantes antes de responder.
—Si pudiera ser más exacta, estaríamos hablando de que llega entre las nueve y las diez de
la noche.
—¿Las nueve y las diez?
—Sí, señorita. A esa hora suele regresar.
—¿Por qué?
—No sabría decirle los motivos del señor Ariel para llegar a esa hora.
Lia frunció el ceño.
—No. Me refiero a por qué utilizan esa medida para los horarios.
—Ah, ya entiendo. Es la medida que utiliza el señor Ariel. Nos resulta más sencillo medir
el tiempo de esa manera.
—¿Y todos la utilizan?
—No podría decir que todos, pero sí la mayoría. Algunas personas todavía no se
acostumbran.
Lia permaneció pensativa.
Otra vez Ariel.
Hasta la manera de expresar las horas parecía estar relacionada con él.
—Comprendo. Gracias por la información.
Archer inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Necesita alguna otra cosa, señorita?
Lia hizo un pequeño gesto con la mano, indicándole que podía retirarse.
Archer se alejó sin perder tiempo. No tenía intención de provocar otra discusión y había
notado que, a pesar de su tono educado, la joven comenzaba a irritarse con las respuestas.
Prefería no quedarse lo suficiente como para descubrir si volvería a descargar su mal humor
contra ella.
La acompañante de Lia, mientras tanto, había reparado en un grupo de mujeres que
conversaban animadamente en otra mesa. Algo de lo que decían despertó su curiosidad y,
tras observarlas unos instantes, se levantó para acercarse a preguntarles.
Lia quedó sola.
Apoyó una mano sobre la mesa y comenzó a ordenar mentalmente todo lo que había visto
durante el día.
Las calles limpias, las personas que sabían leer y escribir, las costumbres desconocidas,
aquella carroza sin caballos, las farolas que se encendían solas y hasta la manera de medir
el tiempo.
Todo parecía conducir al mismo hombre.
Estaba tan concentrada en sus pensamientos que apenas notó cuando la puerta de la posada
se abrió.
Ariel acababa de entrar.
Lia levantó inmediatamente la mano y le hizo una seña para que se acercara.
Ariel la vio y respondió con otro gesto que ella no comprendió. Después continuó
caminando, subió las escaleras y desapareció en el piso superior.
La joven permaneció mirando hacia donde se había marchado.
—Qué hombre tan descortés —murmuró.
Pasó un buen rato antes de que volviera a verlo.
Cuando Ariel bajó, llevaba ropa diferente. Su cabello todavía parecía ligeramente húmedo
y, al acercarse a la mesa, Lia percibió un aroma bastante agradable.
Lo observó con curiosidad.
—¿Acaso te estabas bañando?
—Así es.
—¿Por qué?
Ariel la miró.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué te estabas bañando si todavía no es día de baño?
Ariel pareció confundido durante un instante.
Después se inclinó ligeramente hacia ella e hizo un gesto como si estuviera olfateándola.
—Porque si no me baño puedo oler como tú.
Lia abrió los ojos, indignada.
—Deberías cuidar tus palabras ante una dama. Las consecuencias podrían ser muy graves.
—¿De qué consecuencias hablas?
—Tu cabeza, por ejemplo. Por el simple hecho de insultar a una noble como yo.
—¿Noble? Creo que he escuchado de ellos. Son como los políticos, igual de inservibles.
La expresión de Lia se endureció.
—Sigues insultando a los nuestros. Primera advertencia. Solo estoy siendo educada contigo
porque necesito explicaciones, pero no permitiré que nos hables de esa manera.
—¿Nos? Estás hablando en plural.
—¿Plural?
—Y así te haces llamar noble.
Lia apretó los labios.
Ariel continuó:
—Si quieres respuestas, solo pregunta. No tengo nada que ocultar ni nada que temer. Y si
quieres mi cabeza, adelante, pero atente a las consecuencias. Y no es una advertencia, sino
una promesa.
Lia lo observó detenidamente.
—¿Acaso estás atentando contra mí? No esperaría menos de un ser del bajo mundo como
tú. Aunque debo admitir que sigues siendo interesante.
—Le das muchas vueltas a las cosas. Solo pregunta, que no tengo toda la noche.
—Mugroso campesino, hablándole a alguien como yo de semejante manera...
Ariel esperó.
Lia respiró profundamente antes de continuar.
—Quiero saber por qué las farolas son diferentes y qué clase de carroza estabas utilizando.
—Son lámparas LED. Y son solares. Por cuestiones económicas no puedo tirar cableado
eléctrico para conectarlas, así que de momento utilizo esas. Las de aceite no iluminan bien
y son un fastidio.
Lia lo miró sin comprender buena parte de lo que acababa de escuchar.
Ariel continuó:
—Pero, hablando de la carroza, yo no utilizo ninguna. No sé de qué me hablas.
—La carroza blanca con la que te vi transportando aquellas plantas.
—Ah, esa. No es una carroza, es un carro. Una pickup de ocho cilindros. La utilizo para el
trabajo pesado.
—¿Un carro?
—Sí.
—¿Y cómo es que se mueve sin caballos? ¿Cómo puede alcanzar semejante velocidad?
—Porque tiene un motor. Mira, es más fácil que lo veas a que intente explicártelo, porque
no me vas a entender. No me entiende ni la chingadera que tengo como ayudante, menos...
—No me compares con ninguno de tus conocidos —lo interrumpió Lia—. Y no sé qué
significa «chingadera», pero te prohíbo que vuelvas a utilizar esa palabra para referirte a
mí.
—Sí, sí, lo que tú digas. ¿Qué más quieres saber?
Lia lo observó con molestia.
Había recibido algunas respuestas, pero estas parecían contener todavía más palabras
desconocidas que sus preguntas originales.
LED, solares, cableado eléctrico, motor, pickup...
Aquel hombre utilizaba términos extraños con una naturalidad irritante. Y, para empeorar
las cosas, intercalaba constantemente expresiones en otro idioma que ella no lograba
comprender.
Sin embargo, no pensaba dejar pasar aquella oportunidad.
Recordó entonces algo que habían conversado durante la mañana.
—Dijiste que tenías interés en la administración. ¿De qué administración estabas hablando?
Ariel la miró.
La conversación tomó entonces un rumbo diferente.
Durante el resto de la noche, Ariel respondió a sus preguntas y le explicó, con términos
bastante técnicos, algunos aspectos de sus actividades. Habló de los negocios que
administraba, de sus registros y de las distintas operaciones que necesitaba mantener bajo
control.
Muchas de sus explicaciones resultaban difíciles de seguir para Lia, especialmente cuando
utilizaba conceptos que ella desconocía o expresiones de su idioma. En más de una ocasión
terminó molesta con sus respuestas, y no fueron pocas las veces en que ambos discutieron
sobre lo que uno u otro consideraba correcto.
Pero Lia también hizo preguntas que Ariel encontró interesantes.
Ella tenía conocimientos de administración, aunque no estaba familiarizada con los
métodos que él utilizaba. Ariel, por su parte, ya llevaba un control de sus negocios, pero
necesitaba a alguien que pudiera hacerse cargo de esa tarea y comprender los registros que
había desarrollado.
La conversación se prolongó hasta bien entrada la noche.
Y, cuando finalmente terminó, Lia ya era la nueva administradora de Ariel.
Aquello significaba que pronto tendría acceso a las cuentas, los registros y las actividades
de aquel hombre tan extraño.
Tal vez así conseguiría descubrir por qué todo en ese pueblo era tan diferente.