Capitulo 31
Cap 31 Una conversación inesperada
Era temprano por la mañana y Ariel apenas podía despertarse. Odiaba tener que madrugar, pero todavía tenía demasiado trabajo pendiente como para quedarse en la cama. Mientras se preparaba para bajar, la señora Archer se encontraba ocupada sirviendo el desayuno a sus huéspedes.
La posada estaba más concurrida de lo habitual. Los recién llegados habían ocupado buena parte de las habitaciones y, entre ellos, había una joven que parecía estar causando más problemas que todos los demás juntos.
Su ropa era fina, al igual que sus modales y su manera de caminar. Hablaba con un léxico impecable, cuidadosamente elegido, y parecía disfrutar de la dificultad que algunas personas tenían para seguir sus conversaciones. Pocos podían hablar con ella sin terminar sintiéndose estúpidos, algo que, por la satisfacción que mostraba en su rostro, parecía complacerla bastante.
La mujer que la acompañaba se mantenía a su lado con una expresión de vergüenza, aunque no hacía ningún esfuerzo por detenerla.
Todo empeoró cuando Archer comenzó a servir los desayunos.
La joven contempló el plato que habían colocado frente a ella con una expresión de auténtico horror. Archer notó inmediatamente su desagrado y se acercó, preocupada.
—¿A esto llamas comida? Ni a mis perros les daría algo de semejante calidad.
—Una disculpa, señorita. Me gustaría poder ofrecerle algo mejor, pero tengo las manos muy ocupadas. Si pudiera ser un poco más paciente, podría prepararle otra cosa.
—¿Tener que esperar? No creo que seas capaz de preparar algo que no sea comida básica para los de tu tipo. Y luego me traes esto en platos de madera. ¿Qué piensas que soy?
—Señorita, no era mi intención faltarle al respeto.
—Tu sola presencia es una falta de respeto hacia mi persona. Y todavía osas utilizar una lengua ajena a la del reino para comunicarte con los demás. ¿Con qué propósito? ¿Para burlarte de mí, quizás?
—Yo nunca haría algo como eso. Solo es que algunas perso...
—No pretendas utilizar palabras propias de alguien como tú para excusarte. Sé lo que querías decir, pero no te concederé el privilegio de terminarlo. Comeré esta asquerosa comida, pero créeme que, si esto no mejora para el almuerzo, tendrás serios problemas. ¿Entendiste o necesitas que utilice palabras más sencillas?
—Sí, señorita. Entendí.
Archer bajó ligeramente la cabeza y se retiró.
La acompañante de la joven se cubrió el rostro con ambas manos, intentando ocultar su vergüenza. Las miradas de los demás huéspedes parecían no sorprenderla demasiado, como si no fuera la primera vez que presenciaba una situación semejante. Algunos observaban a la joven con desagrado; otros miraban a Archer con lástima.
La dueña de la posada continuó trabajando.
Poco después, Ariel apareció en el comedor.
Todavía tenía algo de sueño y caminaba sin demasiada prisa. Archer lo recibió con una sonrisa discreta, aunque estaba mucho más callada de lo habitual.
—Buenos días, Ariel.
—Buenos días, Archer.
—Siéntate. Ya te traigo tu desayuno.
Ariel ocupó una mesa y sacó su teléfono. Se colocó los audífonos mientras revisaba algunas cosas que había dejado pendientes la noche anterior.
Archer regresó con su comida.
En el plato había varios huevos estrellados cubiertos con una salsa rojiza y un buen pedazo de carne. Junto a él colocó una taza enorme que contenía una bebida negra y caliente. Tanto el plato como la taza eran de un blanco brillante, casi como si estuvieran hechos de porcelana, aunque en realidad eran de vidrio.
—Gracias, Archer.
—Que aproveche.
Ariel comenzó a comer.
Desde su mesa, la joven observó aquella escena con creciente indignación.
Apenas había tocado su propio desayuno, pero aquel hombre acababa de recibir una comida completamente diferente. No solo parecía más abundante y apetecible, sino que también estaba servida en recipientes de una calidad muy superior.
¿Por qué él recibía semejantes atenciones?
¿Acaso su dinero valía menos?
Se levantó de su asiento y caminó directamente hacia la mesa de Ariel.
—Veo que utilizas utensilios bastante finos. Es curioso, porque no he visto que los demás huéspedes tengan ese privilegio.
Mientras hablaba, deslizó un dedo por el borde del plato. La yema de uno de los huevos se había extendido sobre la salsa, y por un instante pareció sentir curiosidad por probarla.
Ariel no respondió.
Su atención permanecía en el pequeño rectángulo que sostenía en una mano.
—Sabes, ignorar a una dama de esta manera es bastante descortés. ¿No lo crees? Me pregunto por qué consideras apropiado recibir una comida superior a la mía. Sería mucho más justo que compartiéramos el desayuno. Aunque, pensándolo mejor, quizás lo adecuado sería que me cedieras esa comida medianamente decente.
Ariel bebió un poco de su taza.
La joven observó el líquido negro. Desprendía un aroma intenso y agradable, muy diferente de las bebidas que conocía.
Llamó a Archer y exigió que le sirviera lo mismo.
La mujer regresó poco después con una porción de aquella bebida, pero se la presentó en un vaso grueso de madera.
La expresión de la joven se endureció.
—¿Pretendes seguir humillándome?
—No, señorita. No era mi intención...
—¡Nada es tu intención! ¿Sabes el asco que me produces intentando verme la cara? La evidencia está aquí, delante de mí. Este hombre recibe un trato preferencial y yo no.
—Señorita, es que usted no entiende...
—¿Qué es lo que no entiendo? ¿Acaso piensas que soy tan estúpida como para no darme cuenta?
Archer guardó silencio.
—Ustedes, campesinos sucios y asquerosos, creen que pueden burlarse de mí. ¿Piensan que terminaré siendo igual que ustedes? Pues créeme que no será así. No pienso convertirme en un cerdo que se revuelca felizmente en su propia inmundicia. Así que preguntaré nuevamente: ¿por qué este hombre recibe un trato diferente?
—Señorita, él trajo esos trastes. Son de su propiedad y paga un extra por utilizarlos aquí.
—Excusas, como siempre. ¿Crees que voy a tragarme eso? No fui capaz de tragarme tu asquerosa comida ni con el hambre que tengo, ¿y ahora pretendes que me trague una mentira semejante? Aunque supongo que la culpa es mía por esperar algo de un lugar donde no hay nada.
Archer no respondió.
Soltó un suspiro y se retiró en silencio, intentando contener las lágrimas.
La joven tomó el vaso y probó la bebida negra.
Su rostro se contrajo inmediatamente.
Era amarga, intensa y tenía un sabor demasiado fuerte para su gusto.
¿Cómo podía aquel hombre beberla con tanta tranquilidad?
Dejó el vaso sobre la mesa y volvió a dirigirle la palabra.
—Bien, ¿en qué estábamos?
Ariel levantó la mirada.
—¿Eh?
—¿Acaso no me estabas prestando atención?
Ariel se quitó uno de los audífonos.
—Una disculpa, tenía los audífonos puestos. No hablo muy bien el idioma local, así que tenme paciencia.
La joven lo observó con renovado interés.
—Pues parece que lo hablas bastante bien para ser un extranjero.
—Créeme, pronto te darás cuenta de lo que hablo. Pero dime, ¿en qué puedo ayudarte?
—Me preguntaba por qué recibes un trato diferente al de los demás.
—Simple. Son mis cosas y pago por utilizarlas.
—Yo también tengo mis pertenencias y pago por alojarme aquí. Sin embargo, estas personas, si es que puedo referirme a ellas de esa manera...
Ariel aguardó a que terminara.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella—. ¿Acaso consideras incorrecto que me dirija así a ellos?
—Me da igual. Mis intereses están en otro lado.
La joven alzó ligeramente las cejas.
No era la respuesta que esperaba.
—Veo que, a pesar de tu apariencia, pareces ser bastante sensato. Y por lo que puedo observar, también debes poseer una pequeña fortuna. ¿O acaso eres más de lo que aparentas?
—¿Aparentar? No creo estar aparentando nada. Y prefiero no hablar de dinero con personas que no conozco.
—Sabias palabras. ¿Acaso piensas que soy una cazafortunas? Aunque qué mal debo de estar presentándome para que alguien como tú piense eso de mí. Una dama de mi clase...
—¿De tu clase? ¿Y cuál sería tu clase? Ilústrame, que la curiosidad todavía no ha matado a este gato.
La joven sonrió.
Por primera vez desde que había bajado al comedor, parecía estar disfrutando genuinamente de una conversación.
—Tus palabras son un deleite. Tan poca formalidad y tanta franqueza... Pero, respondiendo a tu pregunta, pertenezco a una clase de mujeres de alto valor, deseadas por muchos y disfrutadas por ninguno. Soy un fruto único cuyo sabor nadie ha tenido el privilegio de probar.
—Vaya seguridad la tuya.
—¿Acaso una mujer no puede estar segura de sí misma?
—Entonces tu sabor debe de ser una exquisitez.
—Soy un sabor único.
—Pero eso no me garantiza que sea delicioso.
La joven entrecerró los ojos.
Después sonrió.
—¿Siempre eres tan directo?
—Cuando tengo ganas.
—Una respuesta bastante vulgar.
—Y aun así sigues aquí.
—Tal vez porque me resulta curioso encontrar a alguien que no intenta impresionarme.
—¿Y debería hacerlo?
—Muchos lo intentarían.
—Pues qué ocupados han de estar.
La joven soltó una breve risa antes de recuperar la compostura.
—No pareces tener demasiado respeto por las convenciones sociales.
—Depende de cuáles.
—¿Y por cuáles sientes respeto?
—Por las que me sirven.
—Qué respuesta tan conveniente.
—Bastante.
Ella tomó asiento frente a él sin pedir permiso.
Ariel apartó ligeramente su plato para hacerle espacio sobre la mesa y continuó desayunando.
—Dime, extranjero, ¿a qué te dedicas?
—A varias cosas.
—Una respuesta demasiado amplia.
—La pregunta también lo fue.
—Entonces seré más precisa. ¿De dónde provienen tus ingresos?
—De mis negocios.
—¿Y qué clase de negocios?
—Ganadería, comercio, algunas cosas que fabrico y otras que todavía estoy intentando hacer funcionar.
—¿Fabricas cosas?
—Sí.
—¿Eres artesano?
—Entre otras cosas.
—Parece que disfrutas evitando las respuestas.
—Y tú disfrutas haciendo preguntas.
—Una conversación requiere curiosidad.
—También requiere que las dos personas quieran participar.
—¿Insinúas que te estoy molestando?
—Todavía no.
Ella sonrió nuevamente.
—Qué considerado.
Ariel terminó uno de sus huevos y bebió un poco más de café.
—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
La joven se acomodó en su asiento.
—He recibido una educación bastante completa. Literatura, historia, administración, comercio, filosofía, etiqueta y otras disciplinas que probablemente no sean de gran interés en este lugar.
—¿Administración?
—Entre otras cosas.
—¿Y sabes llevar cuentas?
La joven pareció ofendida.
—Por supuesto.
—¿Qué tan bien?
—Lo suficiente como para no tener que demostrarlo a cualquier desconocido.
—Ah, bueno.
Ariel volvió a su desayuno.
Ella esperó unos instantes.
—¿Eso es todo?
—¿Qué cosa?
—¿No vas a preguntarme nada más?
—Me dijiste que no tienes que demostrarme nada. Te creo.
La joven lo observó en silencio.
—Eres un hombre bastante extraño.
—Eso dicen.
—¿No te interesa conocer mis capacidades?
—Sí, pero tampoco voy a rogarte que me las enseñes.
—¿Y si fueran extraordinarias?
—Pues qué bueno por ti.
Ella soltó otra risa, esta vez más prolongada.
—Realmente eres insoportable.
—Mira quién habla.
La conversación continuó.
Hablaron sobre el comercio, las diferencias entre las ciudades y los pueblos, las costumbres de las familias acomodadas y las dificultades de administrar establecimientos grandes. En varias ocasiones, la joven utilizó términos que Ariel desconocía, pero él preguntaba por su significado y continuaba la conversación sin sentirse avergonzado.
Otras veces era ella quien se encontraba con conceptos que no comprendía.
—¿Producción en serie? —repitió—. ¿Te refieres a que todos los artesanos fabriquen exactamente lo mismo?
—Algo así, pero no necesitas que cada persona fabrique una pieza completa. Puedes dividir el trabajo.
—Eso ya se hace en algunos talleres.
—Sí, pero puedes llevarlo mucho más lejos.
—¿Hasta qué punto?
Ariel tomó una servilleta y comenzó a dibujar.
La joven se inclinó para observar.
—Eso requeriría una cantidad considerable de trabajadores.
—O máquinas.
—¿Máquinas capaces de hacer el trabajo de varias personas?
—Exactamente.
—¿Y quién construiría semejantes máquinas?
—Alguien que sepa cómo funcionan.
—Hablas como si fuera algo sencillo.
—No dije que fuera sencillo.
Ella estudió el dibujo.
—Entonces necesitarías una inversión enorme antes de obtener beneficios.
—Sí.
—Y si la demanda no es suficiente, perderías dinero.
—También.
—No parece una idea demasiado prudente.
—Depende de lo que quieras fabricar.
La joven permaneció pensativa unos momentos.
—Supongo que habría que estudiar primero el mercado.
Ariel sonrió.
—Exactamente.
Aquella respuesta pareció satisfacerla.
La conversación siguió por otros caminos. Hablaron de precios, de la manera en que los comerciantes aprovechaban la escasez de ciertos productos y de cómo algunas familias estaban dispuestas a pagar cantidades absurdas por objetos que consideraban exclusivos.
—No compran solamente el objeto —explicó ella—. Compran la distinción de poseer algo que otros no pueden conseguir.
—Entonces, si tienes algo que cualquiera puede comprar, basta con convencer a unos cuantos de que es especial.
—No basta con convencerlos. Debes conseguir que los demás también lo crean.
—¿Y si produces muy pocos?
—Mejor todavía, siempre que exista suficiente interés.
Ariel dejó de mover la servilleta.
—Interesante.
—¿Te sorprende?
—Un poco.
—No deberías. La gente de mi clase comprende bastante bien el valor de la exclusividad.
—Aunque a veces paguen demasiado por ella.
—Especialmente cuando pagan demasiado por ella.
Ambos sonrieron.
Para cuando Archer regresó a retirar los platos, Ariel llevaba bastante tiempo sin mirar su teléfono.
—¿Quieres algo más? —le preguntó.
—Otro café, por favor.
Archer miró a la joven.
—¿Y usted, señorita?
—No quiero volver a probar esa bebida espantosa.
—Como guste.
La mujer se retiró con los platos.
La joven observó cómo Ariel volvía a acomodarse en su asiento.
—Tienes gustos bastante particulares.
—Tú también.
—Los míos son refinados.
—Los míos son míos.
Ella soltó una risa.
—No hay manera de ganar una discusión contigo, ¿verdad?
—Claro que la hay. Solo tienes que tener razón.
—Qué arrogante.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
La mañana fue avanzando y ninguno parecía tener demasiada prisa por terminar la conversación.
La joven había comenzado acercándose a Ariel por su comida y sus utensilios, pero ahora quería saber quién era aquel hombre que hablaba con tanta naturalidad de asuntos que rara vez se discutían fuera de ciertos círculos.
Su apariencia no correspondía a la de alguien importante. Tampoco sus modales. Sin embargo, tenía conocimientos extraños, hacía preguntas inesperadas y parecía completamente indiferente a la posición social de su interlocutora.
Ariel, por su parte, llevaba mucho tiempo sin disfrutar de una conversación semejante.
En el pueblo había personas inteligentes y trabajadoras. Liertp, especialmente, aprendía con una rapidez que todavía conseguía sorprenderlo. Pero casi siempre era Ariel quien explicaba las cosas, quien respondía las preguntas y quien debía encontrar una solución cuando aparecía algún problema.
Con aquella mujer era diferente.
Podía hacerle una pregunta y recibir una respuesta que no esperaba. Podía proponer una idea y escuchar una objeción razonable. Incluso cuando ella se equivocaba, encontraba la manera de defender su postura con argumentos que valía la pena escuchar.
Su arrogancia era difícil de ignorar, pero no le impedía pensar.
Y eso le resultaba entretenido.
—Por cierto —dijo Ariel cuando la conversación hizo una pausa—, todavía no sé cómo te llamas.
La joven lo observó con una expresión divertida.
—¿Hemos pasado toda la mañana conversando y apenas ahora te interesa conocer mi nombre?
—Se me pasó.
—Qué descortés.
—Bastante.
Ella levantó ligeramente la barbilla.
—Lia.
—Ariel.
—Un nombre extraño.
—El tuyo también.
—El mío es un nombre perfectamente respetable.
—El mío también.
Lia sonrió.
—Supongo que tendremos que conformarnos con eso.
—Supongo.
Archer apareció nuevamente, esta vez para avisarle a Ariel que uno de los trabajadores había llegado a buscarlo.
Ariel miró la hora en su teléfono.
—Ah, chingada. Ya se me hizo tarde.
Lia frunció el ceño.
—¿Qué acabas de decir?
—Que tengo que irme.
—Eso no fue lo que dijiste.
—Más o menos.
Ariel guardó el teléfono y se levantó.
—Fue un gusto, Lia.
—¿Ya te marchas?
—Tengo trabajo.
—Podríamos continuar nuestra conversación más tarde.
Ariel la miró.
—Si tengo tiempo, claro.
Lia pareció poco satisfecha con aquella respuesta.
—No acostumbro reservar mi tiempo para personas que no pueden asegurar su disponibilidad.
—Entonces no lo reserves.
Ariel recogió sus cosas.
—Nos vemos.
Y se marchó.
Lia permaneció sentada unos momentos, observando la puerta.
La mujer que la acompañaba se acercó poco después.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
—Perfectamente.
—Parecía estar disfrutando mucho de la conversación.
—Era un hombre curioso, nada más.
—Por supuesto.
Lia miró hacia la entrada una última vez.
—Aunque debo admitir que no esperaba encontrar a alguien así en este lugar.
La mujer no respondió.
—Y es bastante impertinente.
—Sí, señorita.
—Demasiado confiado.
—Como usted diga.
—Y tiene unos modales espantosos.
—Desde luego.
Lia guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Dijo que volvería más tarde?
Su acompañante tardó un instante en responder.
—No exactamente, señorita.
Lia chasqueó la lengua.
—Qué hombre tan desagradable.
Pero, por primera vez desde que había llegado a la posada, parecía estar de buen humor.