Capitulo 27
Cap 27 Un lugar que no existe
Ariel permanecía en su habitación, mirando la guitarra con una mezcla de odio y una tristeza difícil de contener. En algunos momentos sus manos se movían como si estuviera a punto de destruir el instrumento, pero siempre se detenía en el último instante.
La miraba durante unos segundos más y terminaba apartándose.
Su mente era un caos.
Se recostó y fijó la vista en el techo, como si esperara encontrar ahí alguna respuesta. Había pasado demasiado tiempo buscando una explicación para todo aquello y seguía exactamente igual que al principio. No sabía dónde estaba, no sabía cómo había llegado y, mucho menos, sabía cómo regresar.
Una idea que había intentado evitar comenzó a tomar fuerza.
Quizá estaba muerto.
Tal vez aquel lugar era su castigo. Quizá, por alguna razón, se merecía todo aquello.
Poco a poco consiguió tranquilizarse, aunque eso no hizo desaparecer sus pensamientos. Podía intentar convencerse de muchas cosas, pero la realidad seguía siendo la misma: no tenía ninguna información que pudiera ayudarlo a volver.
De pronto, el celular vibró.
Ariel giró la cabeza inmediatamente.
Era una notificación.
La esperanza regresó en menos de un segundo. Tomó el teléfono casi de inmediato y revisó la pantalla. ¿Por fin tenía señal? Si podía recibir notificaciones, quizá también podía comunicarse con alguien. No necesitaba siquiera llamar a una persona conocida; le bastaba con poder comunicarse con alguno de los números de emergencia que recordaba.
Intentó realizar una llamada.
No salió.
Lo intentó nuevamente, pero obtuvo el mismo resultado. Las llamadas simplemente no funcionaban, aunque las notificaciones continuaban apareciendo.
Confundido, abrió una de sus redes sociales.
Cargó.
Podía ver publicaciones, imágenes y perfiles. Todo parecía funcionar con normalidad hasta que intentó enviar un mensaje.
No pudo.
Probó comentar una publicación.
Tampoco.
Intentó publicar algo por su cuenta, enviar otro mensaje y utilizar diferentes aplicaciones. El resultado siempre era el mismo.
Podía ver.
Solo podía ver.
Ariel apretó el celular entre las manos.
—¿Por qué...?
¿Era aquello otra parte de su castigo? ¿Por qué permitirle observar todo aquello si no podía comunicarse con nadie?
Entonces recordó algo mucho más importante.
El GPS.
Abrió rápidamente la aplicación de mapas. La pantalla tardaba en cargar, pero no aparecía ningún aviso sobre problemas con la conexión. Ariel esperó unos minutos antes de comenzar a impacientarse. Quizá la cobertura en aquel lugar era demasiado mala y simplemente necesitaba darle tiempo.
Continuó esperando.
Pasó una hora.
Luego otra.
Finalmente apareció algo en la pantalla.
Ariel se incorporó.
Lo que estaba viendo parecía una mala broma. No reconocía aquel lugar y tampoco aparecía ningún nombre que pudiera servirle como referencia. No había ciudades, calles ni nada que pudiera identificar.
Movió el mapa en diferentes direcciones, intentando encontrar algo conocido, pero no encontró nada.
Decidió buscar su país.
No apareció.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Probó varias veces antes de cambiar de estrategia y comenzar a alejar la vista del mapa. Quizá solo necesitaba saber qué tan lejos estaba. Si conseguía observar una extensión suficientemente grande, seguramente reconocería algo.
Continuó alejándolo.
Cada vez aparecía más territorio.
Ariel dejó de mover los dedos cuando finalmente consiguió observar el mapa completo.
Se quedó inmóvil.
No era el mapa que conocía.
Ni siquiera se parecía.
Volvió a acercarlo. Revisó algunas zonas y después regresó a la vista completa, como si repetir el proceso pudiera hacer aparecer algo diferente.
Nada cambió.
La impotencia comenzó a apoderarse de él. Durante meses había encontrado alguna explicación para casi todo. El idioma, las costumbres, las personas, la comida, aquel lugar... siempre había alguna posibilidad, por extraña que fuera.
Ahora muchas de esas cosas comenzaban a encajar de una manera que no quería aceptar.
También estaba el Comerciante.
Quizá llevaba engañándose a sí mismo desde el momento en que despertó.
Tal vez, y solo tal vez, aquel no era su hogar.
No tuvo demasiado tiempo para continuar con aquel pensamiento.
El celular comenzó a sonar.
Ariel miró la pantalla.
Comerciante.
Frunció el ceño.
No recordaba haber guardado ningún contacto con ese nombre. De hecho, no recordaba haberle dado su número al Comerciante.
Dejó que la llamada terminara.
¿Cómo lo había agregado? ¿Cuándo lo había hecho? ¿Podía aquel hombre comunicarse con su teléfono?
Las preguntas comenzaron a acumularse unas encima de otras.
Quizá todo aquello era un mal sueño.
Quería que fuera un sueño.
O quizá estaba en coma.
Esa posibilidad comenzó a parecerle cada vez más atractiva. Tal vez seguía en algún hospital y todo aquello no era más que producto de su mente. Las personas, el pueblo, Liertp, el Comerciante... quizá nada era real.
El celular volvió a sonar.
Ariel no contestó.
Después volvió a hacerlo.
Y otra vez.
En algunas ocasiones simplemente observaba la pantalla hasta que dejaba de sonar. No quería hablar con nadie. Había demasiadas cosas pasando por su cabeza y ninguna parecía tener sentido.
Finalmente volvió a entrar otra llamada.
Ariel observó el nombre durante unos segundos antes de aceptar. Se llevó el celular al oído sin energía ni ánimos para hablar.
—¡Oh, mi querido cliente! ¿Acaso se encuentra bien? Debo admitir que comenzaba a preocuparme. No atendió mis primeras llamadas y debo decir que las siguientes fueron todavía más dolorosas. ¡Lo vi mirar el teléfono y dejarme esperando!
Ariel guardó silencio unos instantes.
—Sabes... no quiero ser grosero, pero no me siento muy bien. Te pido una disculpa, pero...
La voz del Comerciante cambió ligeramente. No perdió aquella forma particular de hablar, aunque el entusiasmo disminuyó.
—No se preocupe, mi querido cliente. Comprendo. También debo ofrecerle una disculpa de mi parte por haberlo molestado en un momento como este.
—No te preocupes. Solo quiero estar solo un momento. Tener algo de paz. Espero que no te moleste.
—¿Molestarme? ¡Claro que no! Deseo fervientemente que se recupere pronto. Nuevamente le ofrezco mis disculpas por las molestias. Procuraré ser más atento a las circunstancias la próxima vez.
Ariel estuvo a punto de terminar la llamada, pero miró nuevamente el nombre que aparecía en la pantalla.
—A todo esto... ¿cómo es que te tengo agregado?
Hubo un pequeño silencio al otro lado.
—¡Oh! Pero qué buena pregunta, mi querido cliente.
Ariel esperó.
—Lastimosamente, tendrá que esperar un poco para recibir esa respuesta.
—¿Por qué?
—Porque, dada la situación en la que se encuentra, no creo que conocerla en este momento vaya a ayudar demasiado.
Ariel no respondió.
Terminó la llamada.
Dejó el celular a un lado y permaneció sentado en la cama.
No se sentía mejor.
Tampoco peor.
En realidad, ni siquiera sabía exactamente cómo se sentía.
Si estaba dormido, quizá podía despertar. Si estaba en coma, tal vez algún día abriría los ojos. Y si todo aquello era producto de su propia mente, entonces quizá podía controlarlo de alguna manera.
Quizá el Comerciante también era parte de él.
Quizá todas aquellas personas lo eran.
La idea parecía absurda, pero ya no sabía qué podía considerar absurdo.
Había una posibilidad mucho más importante.
Quizá podía volver a verla.
Pasaron algunas horas y su estado apenas cambió. Por momentos conseguía convencerse de que todo aquello podía ser falso, de que en cualquier momento despertaría y las cosas volverían a ser como antes.
Pero aquella posibilidad también escondía algo que le dolía mucho más.
Si todo aquello podía ser producto de su mente, ¿qué garantía tenía de que sus otros recuerdos no lo fueran?
Ariel tomó nuevamente el celular.
Pensó en ella.
No.
Ella sí había existido.
Tenía que haber existido.
¿Cómo no iba a existir alguien a quien podía recordar de aquella manera?
Recordaba su olor. Su forma de hablar. Su sonrisa. Sus ojos. Sus manos. Podía recordar momentos insignificantes junto a ella, conversaciones que no tenían ninguna importancia, gestos que probablemente nadie más habría notado.
Demasiadas cosas.
Demasiados recuerdos.
No podía ser mentira.
Ariel permaneció sentado en la habitación con el celular entre las manos.
Necesitaba que fuera verdad.