Capitulo 30
Cap 30 Nuevas caras
La fascinación de Liertp por aquel vehículo era innegable. Había pasado buena parte de los últimos días buscando información sobre su funcionamiento y, cada vez que tenía oportunidad, se ofrecía para realizar tareas tan simples como cambiarle el aceite o limpiar los filtros. Ariel no parecía darle demasiada importancia y tampoco hablaba mucho del tema. A Liertp eso no le molestaba particularmente; lo que sí lo desanimaba era que nunca le permitiera hacerle un poco de mecánica. Según Ariel, el vehículo era nuevo y todavía no necesitaba mantenimiento.
¿Cuándo lo necesitaría?, se preguntaba Liertp.
El niño continuó con su empeño de aprender todo lo posible. Prestaba atención a la presión de las llantas, el kilometraje, los frenos y cualquier otro detalle que pudiera descubrir. De vez en cuando, Ariel le permitía utilizar la camioneta para llevar alimento a los animales o transportarlos de un lugar a otro. Liertp aprovechaba aquellas oportunidades siempre que podía.
Cuando sus preguntas se volvían demasiado específicas, Ariel no siempre tenía una respuesta. En ocasiones explicaba lo que sabía, aunque parecía dudar de algunos detalles; otras veces se limitaba a decirle que no era mecánico.
Sin embargo, había una pregunta que carcomía especialmente a Liertp: ¿de dónde conseguía la gasolina?
Nunca había visto una bomba de combustible. De hecho, ni siquiera sabía de su existencia antes de que Ariel llegara al pueblo. Ahora sabía que la camioneta necesitaba gasolina para funcionar, pero no comprendía de dónde provenía ni cómo conseguía Ariel mantenerla abastecida.
Todo era extraño, como siempre ocurría con él.
¿Acaso aquel era el misterio del que Ariel había hablado alguna vez?
Mientras Liertp continuaba con sus investigaciones, Ariel se encontraba en su habitación, ocupado con unas manualidades. Estaba tan concentrado en lo que hacía que apenas prestó atención cuando escuchó voces desconocidas en la posada. No era habitual que personas nuevas se quedaran en el pueblo, pero tampoco tenía demasiados motivos para interesarse.
Continuó trabajando hasta que escuchó que lo llamaban.
Era la señora Archer, quien le pidió ayuda para mover algunas cosas. Parecía preocupada, aunque Ariel no preguntó qué ocurría. Simplemente asintió y fue a ayudarla.
Había una cantidad considerable de maletas. Mientras las cargaba, no pudo evitar pensar que parecían suficientes para que varias personas se instalaran allí durante una buena temporada. La idea no le agradó demasiado. La posada había sido un lugar relativamente tranquilo desde que llegó y no le entusiasmaba imaginar el ruido y las molestias que podrían ocasionar tantos huéspedes.
Terminó de ayudar y regresó a sus asuntos, procurando no pensar más en ello. Después de todo, tenía algo mucho más interesante que hacer.
Quería probar un arma que había comprado.
Se dirigió hacia donde mantenían a los animales y, con una emoción que no había sentido en bastante tiempo, seleccionó uno que ya estaba listo para ser sacrificado. Sacó el revólver y disparó.
El animal cayó sin vida.
El estruendo hizo que todos los que se encontraban cerca interrumpieran sus actividades. Algunos corrieron inmediatamente hacia el lugar, preocupados por lo que acababan de escuchar. Al llegar encontraron a Ariel de pie frente al animal muerto, sosteniendo un objeto extraño entre las manos.
La preocupación no desapareció al verlo. Por el contrario, resultaba inquietante que estuviera sonriendo de aquella manera, algo que últimamente ocurría muy pocas veces.
Ariel observó el revólver. La mano todavía le temblaba un poco. La bajó, apuntó hacia el suelo y volvió a disparar.
Otro estruendo sacudió el lugar.
La tierra se levantó donde había impactado el proyectil. Algunos retrocedieron instintivamente mientras otros intentaban comprender qué estaba ocurriendo. Ariel disparó nuevamente contra el suelo y el ruido volvió a sobresaltarlos.
¿Acaso aquel pequeño objeto era el responsable de semejantes estruendos?
La curiosidad comenzó a convertirse en miedo para algunos de los presentes.
Liertp, por su parte, seguía dando una vuelta por el campo con la camioneta.
Cuando Ariel terminó de probar el revólver, varios curiosos se acercaron para preguntarle qué había ocurrido. Él les explicó tranquilamente que estaba probando una nueva arma que había comprado.
Uno de los jóvenes observó al animal muerto antes de dirigirle la mirada.
—¿Pero era necesario acabar con el animal así?
—No.
La respuesta fue tan sencilla que el muchacho no supo qué decir durante unos segundos.
—¿Y por qué sonríes?
Ariel permaneció en silencio.
En lugar de responder, le ofreció el revólver. El joven lo miró con desconfianza, pero terminó aceptándolo. Ariel le indicó que apuntara hacia el suelo, como lo había hecho él.
El muchacho obedeció y apretó el gatillo.
El estruendo lo sobresaltó. Sintió el retroceso en la mano y una extraña sensación de entumecimiento que le recorrió el brazo. Permaneció inmóvil durante unos instantes, todavía intentando comprender lo que acababa de experimentar.
Cuando finalmente reaccionó, volvió a disparar.
Esta vez, una sonrisa apareció en su rostro.
—¿Ves? —dijo Ariel.
El joven le devolvió el arma y se marchó sin decir nada.
Los demás continuaban intrigados, pero nadie se atrevió a preguntar mucho más. Poco a poco regresaron a sus actividades y el asunto terminó quedando atrás.
Cayó la noche y no volvieron a escucharse aquellos estruendos. Desde que el joven se había marchado, todo parecía haber regresado a la normalidad.
Liertp llegó bastante tarde acompañado de algunos trabajadores y con alimento para los animales. Desde que tenían la camioneta resultaba mucho más sencillo y rápido transportar las cosas, aunque eso no explicaba por qué el niño tardaba tanto en regresar cada vez que salía con ella.
Ariel nunca le decía nada al respecto. Aun así, Liertp siempre aparecía con alguna excusa preparada, como si necesitara justificar cada minuto que había pasado fuera.
Ariel tomó las llaves y se encargó de llevar a los trabajadores cerca de sus hogares. También dejó a Liertp antes de regresar a la posada.
La señora Archer lo esperaba con algo de comida.
Ariel agradecía bastante que la alimentación hubiera mejorado desde su llegada. Durante los primeros tiempos le había costado acostumbrarse a los platillos de aquella región, pero ahora podía disfrutarlos sin sentir el mismo rechazo de antes. Seguían pareciéndole desabridos, principalmente por la falta de sal, aunque eso era algo a lo que había terminado por acostumbrarse.
De cualquier manera, la comida era perfectamente comestible y tenía buen sabor. La señora Archer había mejorado considerablemente su manera de cocinar, aunque acostumbrarse a los gustos de su huésped no había sido precisamente sencillo.
Desde que Ariel llegó, Archer había tenido que aprender una cantidad sorprendente de cosas sobre lo que estaba dispuesto a comer y lo que no.
Por ejemplo, le gustaban los caldos y los estofados, pero no soportaba encontrar trozos de carne en ellos. Decía que la carne preparada de aquella manera le daba asco, aunque no tenía ningún problema con que la utilizaran durante la cocción. Simplemente prefería que, al servirle, retiraran la carne y le dejaran los vegetales.
Tampoco le gustaba la grasa.
Cada vez que le servían algún corte de carne, podía pasar varios minutos retirando cuidadosamente las partes grasosas hasta dejarlo prácticamente limpio. Para Archer aquello resultaba extraño, especialmente porque algunas de esas partes eran consideradas bastante sabrosas por otros comensales.
Y esas eran apenas algunas de sus manías.
Con el tiempo comenzaron a llegar los regalos que Ariel traía a la posada: platos, platos hondos, cubiertos y distintos artículos de cocina. Muchos eran diferentes a los que Archer había utilizado durante toda su vida, pero terminó acostumbrándose a ellos.
Lo que nunca terminó de comprender fue por qué Ariel insistía tanto en ciertos recipientes.
No le gustaba que le sirvieran la comida en cualquier plato. Prefería unos de vidrio que, casualmente, eran de los que menos habían llegado entre aquellos regalos. Con las bebidas ocurría algo parecido: siempre quería que se las sirvieran en vasos de vidrio.
Los cubiertos que utilizaba también eran algo distintos, generalmente más alargados que los habituales de aquella región.
Pero si había algo que Archer había aprendido a evitar, eran ciertas combinaciones de sabores.
Ariel no soportaba los platillos dulces, especialmente cuando se trataba de carne.
La primera vez que prepararon un corte bañado en salsa de arándanos, su expresión había sido suficiente para comprender que algo andaba mal. Apenas lo probó, estuvo a punto de vomitar.
Desde entonces, Archer procuraba no repetir aquel error.
Después de tanto tiempo, ya conocía bastante bien sus gustos. Sabía qué ingredientes retirar, cómo preparar sus porciones y cuáles de aquellos extraños recipientes debía utilizar para servirle.
No era un huésped fácil de complacer.
Y, sin embargo, se había acostumbrado tanto a atenderlo que preparar su comida de manera diferente a la de los demás se había convertido en una parte completamente normal de su rutina.