Capitulo 26
Cap 26 Una caja de sorpresas
Después de haber llegado a un acuerdo con el Comerciante, los días comenzaron a pasar.
Luego las semanas.
Y, finalmente, algunos meses.
Con varios animales ya listos, Ariel comenzó a vender carne a todo aquel que estuviera dispuesto a comprarla.
El precio era bastante elevado para algunos. A otros los carcomía la duda de si realmente valía lo que Ariel pedía, principalmente a los viajeros que iban de paso y no conocían su trabajo.
Dar pequeñas muestras de la carne ayudaba bastante.
Algunos la probaban y terminaban comprando. Otros incluso comenzaron a pedirle que él mismo les preparara algo para comer antes de continuar su camino.
Con el paso del tiempo, Ariel consiguió un poco más de terreno, donde pudo levantar un pequeño local de comida.
El dinero comenzó a llegar con mayor frecuencia.
No era suficiente para hacer todo lo que quería, pero ya podía darse el lujo de contratar a algunos jóvenes y enseñarles a preparar la carne y realizar diferentes cortes.
Ariel no sabía todo sobre aquello.
Pero sabía lo suficiente para no tener demasiados problemas.
Liertp seguía todos sus pasos.
Poco a poco comenzaba a seguirle el ritmo, aunque había cosas de Ariel que todavía no conseguía entender.
Una de ellas era su celular.
De vez en cuando, Ariel lo sacaba y se quedaba mirando aquella pequeña pantalla.
Liertp había visto algunas de las imágenes.
Había una mujer que aparecía constantemente.
Y cada vez que Ariel la miraba, parecía que algo le dolía.
Durante mucho tiempo Liertp no preguntó.
Hasta que un día tuvo suficiente valentía, o quizá suficiente imprudencia.
—¿Quién es ella?
Ariel levantó la mirada.
—¿Ella?
—Sí. Ella. A quien miras tanto.
—Aaah.
Liertp esperó.
—¿Me dirás quién es?
—Es mi expareja.
—¿Es por ella que no aceptas a las mujeres de aquí?
—Sí.
—¿Por qué?
Ariel volvió a mirar la pantalla.
—No sé. Solo la extraño y siento que si me juntara con alguien más le estaría siendo infiel.
—¿Infiel?
—Sí. Infiel. En pocas palabras, traicionándola.
Liertp frunció el ceño.
—Pero es tu ex, ¿no?
—Sí, pero no por decisión de ninguno de los dos. No sé dónde es este lugar. No he sabido en qué parte del mundo estoy. Me arrebataron de ella sin preguntarme. Solo quiero volver a casa y verla.
Liertp se quedó en silencio.
Su mirada se perdió durante unos instantes mientras intentaba procesar todo lo que Ariel acababa de decirle.
Era demasiado pequeño para tratar con problemas de adultos.
Ariel parecía no notarlo.
Aunque tampoco se desahogaba con nadie del pueblo ni hablaba demasiado de sus problemas. Quizá por eso había terminado contándole algunas cosas a Liertp.
No era mucho.
Pero era suficiente para dejarlo pensando.
Pasaron unos momentos antes de que Liertp volviera a hablar.
—¿Te puedo preguntar otra cosa?
—¿Qué cosa?
—La guitarra. La compraste y nunca vi que la usaras.
—Porque esa guitarra, como estaba, no me servía. Está con el carpintero. La está modificando.
Ariel guardó el celular.
—De hecho, ya debería haber terminado. ¿Quieres verla?
—Sí.
Ambos caminaron hacia el local del carpintero del pueblo.
Al llegar, Liertp reconoció la guitarra que el hombre sostenía entre las manos.
O al menos creyó reconocerla.
Aquella guitarra ya no se parecía demasiado a su forma original.
La caja, que antes tenía una forma mucho más ovalada, ahora era plana y tenía varias curvas, casi como la figura de una doncella. El resto parecía conservar buena parte de su forma anterior, aunque también tenía algunos cambios.
El carpintero comenzó a explicar el trabajo que había realizado siguiendo las indicaciones de Ariel.
Liertp escuchó atentamente y fue traduciendo todo.
Ariel tomó la guitarra entre sus manos.
La observó durante unos segundos con cierta tristeza.
Agradecieron al carpintero y pagaron por el trabajo.
No había sido precisamente barato.
Aun así, Ariel parecía contento con el resultado, aunque aquella tristeza seguía ahí.
Retiró todas las cuerdas del instrumento y comenzó a sustituirlas por otras.
Eran diferentes.
Más delgadas y hechas de acero.
Por su aspecto, Liertp supuso que también las había mandado fabricar.
Todo en aquel instrumento parecía extraño ahora, pero Liertp estaba atento al sonido.
Observó a Ariel tocar una cuerda a la vez mientras giraba las pequeñas manijas donde estaban sujetas. Cada cierto tiempo volvía a tocar la misma cuerda y hacía otro pequeño ajuste.
Cuando terminó con todas, pasó la mano sobre ellas, haciéndolas sonar juntas como si quisiera confirmar que estuvieran bien.
—¿Entonces vas a tocar la guitarra?
—No.
Liertp lo miró confundido.
—¿Entonces por qué estabas ajustando las cuerdas?
—Solo la estaba afinando para ver si funcionaba como la pedí.
—¿Entonces por qué la compraste si no la vas a tocar?
Ariel se quedó pensando.
Liertp esperó la respuesta.
Pasaron varios segundos.
Parecía que no iba a llegar.
Finalmente, Ariel caminó hasta una barda cercana y se sentó sobre ella.
Acomodó la guitarra entre sus brazos.
Y comenzó a tocar.
El sonido salió sin prisa.
La tonada no era alegre.
Era tranquila, pero había algo triste en ella.
Liertp escuchó con atención.
Nunca había oído notas tan tranquilas y tristes al mismo tiempo.
Por un instante se preguntó si acaso la guitarra también estaba triste.
Miró a Ariel.
Sus labios se movían mientras tocaba, como si estuviera cantando, pero Liertp no podía escuchar ninguna palabra.
Algunas personas que se encontraban cerca comenzaron a acercarse al escuchar la música.
Aquel sonido tampoco era normal para ellas.
Liertp permaneció atento hasta que la canción terminó.
—La canción se llama Que Lloro, de Sin Bandera.
Liertp se quedó sin palabras.
¿Que Lloro?
¿Cómo que llora?
¿Acaso estaba llorando por su expareja?
¿Y por qué no tendría bandera?
¿O qué significaba lo de la bandera?
Antes de que pudiera preguntar, Ariel volvió a acomodar las manos sobre las cuerdas.
Comenzó otra canción.
Liertp escuchó esperando algo diferente.
Pero aquella también era triste.
Cuando terminó, Liertp no pudo evitar preguntar:
—¿Cómo se llama esa?
—Un Siglo Sin Ti, de Chayanne.
Liertp volvió a quedarse en silencio.
Un siglo sin ti.
Esta vez el nombre era más fácil de entender.
Miró a Ariel.
¿Acaso no conocía canciones alegres?
Entonces recordó la música que Ariel solía escuchar.
Eso era imposible.
Conocía muchas.
Liertp observó sus manos sobre la guitarra.
A lo mejor simplemente no sabía tocarlas.
Ariel lo miró.
—¿Contento?
Liertp se quedó en silencio.
Ariel tampoco esperó una respuesta. Se levantó de la barda y comenzó a caminar hacia la posada con la guitarra entre las manos.
Liertp lo vio alejarse.
Tenía muchas preguntas, pero por primera vez entendió que quizá no era el momento de hacerlas.
Ariel podía comportarse como un niño muchas veces. Decía cosas extrañas, hacía otras que Liertp apenas comprendía y parecía saber un poco de todo.
Animales, cultivos, números, aquellas máquinas extrañas...
Y ahora también sabía tocar la guitarra.
Liertp se quedó pensando.
Cada vez que creía conocer un poco mejor a Ariel, descubría algo nuevo.
¿Cuántas cosas más sabía hacer?