Capitulo 33
Cap 33 Un mundo de diferencias
Era la mañana del día siguiente.
Lia se encontraba un poco ansiosa por todo lo que estaba a punto de descubrir sobre aquel hombre. Sin embargo, debía mantenerse serena y conservar cierta distancia. Por otro lado, su acompañante no parecía tener las mismas preocupaciones; la emoción era evidente en su rostro.
De pronto, alguien llamó a la puerta.
Todavía era temprano, por lo que Lia se sorprendió al descubrir que se trataba de Ariel.
—Buenos días —saludó Lia.
—Buenos días. ¿Ya están listas para comenzar a trabajar?
Ambas se miraron, extrañadas. Ni siquiera habían desayunado.
—¿Trabajar? —preguntó Lia—. Pero aún no hemos desayunado.
—No se preocupen por eso. Como es su primer día, tenemos bastante trabajo. Les daré de comer cuando lleguemos.
Lia se quedó sin palabras.
¿Cómo podía aquel hombre disponer de su tiempo de semejante manera? ¿Y cómo pretendía que pospusiera su desayuno como si no tuviera importancia?
Por desgracia, no le quedaba otra alternativa que aceptar.
—Por cierto, pónganse algo ligero —añadió Ariel—. Si no tienen ropa adecuada, avísenme y les conseguiré algo.
Cada palabra que salía de su boca parecía una nueva ofensa para Lia.
Su acompañante, en cambio, parecía verlo de otra manera.
—No tengo ropa ligera. ¿Crees que podrías conseguirme algo?
Ariel la miró.
—¿Y tú eres?
—Oh, una disculpa. Debí presentarme antes. Mi nombre es Archi Hastergor, amiga de Lia.
—¿Y por qué quieres ropa ligera?
—Para ir a trabajar.
Ariel guardó silencio unos instantes.
—¿Acaso estoy pidiendo demasiado? Si es así, me disculpo.
—No te preocupes, pero creo que hay un malentendido. Yo contraté a Lia. No mencionamos a nadie más.
—Oh, perdona. Creí que yo también formaba parte del equipo.
—No hay problema. Puedes acompañarnos y contarme un poco sobre tus habilidades.
—¿En serio? ¡Te lo agradezco! Estoy bastante emocionada por conocer más sobre este pueblo tan fascinante.
Ariel no había llegado con las manos vacías. Llevaba una bolsa que terminó entregándoles a ambas.
En su interior había varios objetos desconocidos.
Lia los examinó con extrañeza. Había pequeñas barras, botellas de diferentes tamaños, recipientes y algunos artículos cuya utilidad no conseguía imaginar.
Ariel comenzó a explicarles para qué servía cada uno.
Jabón, champú, acondicionador, desodorante, pasta dental, cepillos de dientes y talco.
Archi pareció ligeramente ofendida por el gesto, aunque terminó agradeciéndoselo y mostró interés en probarlos.
Lia, por otro lado, estaba cada vez más molesta.
¿Acaso aquel hombre estaba insinuando que no sabía mantener su propia higiene?
La indignación terminó por superar su paciencia.
¡Plas!
Lia le dio una bofetada con la mano abierta.
Nunca nadie se había atrevido a ofenderla de semejante manera.
Ariel, sin embargo, no reaccionó.
Simplemente volvió su atención hacia Archi.
—Por cierto, primero tienen que bañarse antes de usar algunos de esos productos. Y recuerden que son para uso diario.
Lia lo miró, incrédula.
¿La estaba ignorando?
Ariel se dirigió hacia las escaleras.
—Las espero abajo. Tienen media hora para estar listas.
Y se marchó.
Ambas permanecieron unos momentos en silencio.
Había otro problema: ninguna sabía exactamente cuánto tiempo era media hora.
Archi decidió tomarle la palabra y fue a buscar a Archer para preguntarle dónde podía bañarse.
La mujer las condujo hasta unas regaderas.
Tanto Lia como Archi quedaron sorprendidas al entrar. Las instalaciones eran muy distintas de los baños que conocían. Incluso las paredes llamaron su atención.
Archi observó los productos que llevaba entre las manos y, con cierta timidez, decidió preguntar.
—Disculpa, ¿podrías explicarme cómo se utilizan estas cosas? Creo que no comprendí del todo lo que dijo Ariel.
Archer comenzó a señalar los recipientes.
—Este jabón es para el cuerpo. La botella que contiene el líquido blanco es para el cabello. Después de utilizarlo, deben aplicar el contenido de esta otra botella, la del líquido amarillo.
Continuó explicándoles cómo utilizar el desodorante y el talco.
Lia escuchaba atentamente.
¿De verdad tenían que hacer todo aquello todos los días?
Le parecía una cantidad absurda de trabajo para algo tan cotidiano como bañarse.
Aun así, decidió intentarlo.
***
Había transcurrido poco más de una hora.
Ariel comenzaba a impacientarse.
Finalmente, ambas mujeres aparecieron.
La molestia era visible en su rostro, pero no hizo ningún comentario. Simplemente señaló el vehículo estacionado frente a ellas.
—Suban.
Lia y Archi se acercaron, pero pronto encontraron un nuevo inconveniente.
No sabían cómo abrir las puertas.
Ariel tuvo que ayudarlas.
Una vez dentro, las sorpresas continuaron.
Afuera hacía algo de frío, pero cuando el vehículo comenzó a avanzar, Ariel giró una perilla y, de unas pequeñas ranuras, empezó a salir aire caliente.
Era una sensación agradable.
El interior se volvió cálido y cómodo en pocos momentos.
Poco después, comenzó a escucharse música.
Ambas buscaron instintivamente su origen.
Ariel manipulaba un pequeño rectángulo que parecía reaccionar a sus dedos. Con él podía cambiar la música y controlar su volumen.
Para él, todo aquello parecía completamente normal.
Mientras conducía, decidió iniciar una conversación.
—Archi, ¿no?
—Sí. ¿En qué puedo ayudarte?
—Dime, cuéntame un poco sobre ti. ¿Qué sabes hacer? O mejor dicho, ¿en qué crees que destacas más?
—Soy una noble de la casa Hastergor, la segunda hija de mi familia. Nuestras tierras se encuentran al sur del reino, cerca de la frontera con Gytarnert. Normalmente nos encargamos de las relaciones entre ambos reinos, funcionando como intermediarios.
—Interesante. Supongo que tienes el mismo nivel de estudios que Lia.
—Supones bien. Sin embargo, a diferencia de Lia, mi formación se ha enfocado principalmente en la burocracia. Diría que es mi punto fuerte, ya que gran parte de mi educación estuvo destinada a prepararme para suceder a mis padres en esas tareas.
—Ya veo.
Archi lo miró con curiosidad.
—Una disculpa, pero ¿qué es lo que ves?
—Ah, perdón. Es una expresión que utilizo para indicar que entendí algo. No debes tomarla tan literalmente.
—Ya veo... Jejeje.
Archi sonrió al darse cuenta de que acababa de utilizar la misma expresión.
—Lia me comentó que tenías dificultades para hablar el idioma del reino, pero veo que lo hablas de manera bastante fluida. Claro, tienes cierto acento, pero no parece que tengas problemas para comunicarte. Si me permites preguntar, ¿por qué le dijiste eso?
—Es sencillo. Suelo utilizar términos de mi idioma natal, además de palabras que no existen aquí. A veces termino mezclándolos y eso provoca confusiones o malentendidos. Como lo que acaba de suceder.
—Interesante. ¿Y de qué país vienes, si se me permite preguntar?
—México. Aunque no creo que lo conozcas. De hecho, dudo que alguien aquí lo conozca.
—¿Mé... sico? Es un nombre un poco difícil de pronunciar.
Archi permaneció pensativa unos instantes.
—Por lo poco que he visto y por tu manera de hablar, supongo que tienes un nivel de estudios bastante alto. ¿Acaso eres un noble?
—No. Se podría decir que pertenezco a la clase trabajadora. Lo que ustedes llamarían un plebeyo.
—¿Un plebeyo con semejante educación? Entonces debes ser un caso único.
—No realmente. En mi país, la educación es prácticamente obligatoria. Yo estudié unos dieciséis años para obtener mi carrera profesional.
—¿Dieciséis años?
Archi abrió los ojos con incredulidad.
—¡Eso es muchísimo tiempo! Yo solamente estudié cinco años, y Lia cuatro. ¿Cómo es posible que hayas dedicado tanto tiempo a estudiar? ¿Qué edad tienes?
—Veintiocho años.
—Estás mintiendo, ¿verdad?
Ariel tuvo que explicarles cómo funcionaba el sistema educativo de su país.
Ni Lia ni Archi podían creer del todo sus palabras.
Les resultaba difícil comprender por qué los gobernantes dedicarían tantos recursos a proporcionar educación a la población.
Lia escuchaba con atención, aunque procuraba mantener una expresión serena, como si todo aquello fuera perfectamente normal.
***
Finalmente, llegaron a una granja.
Había animales y numerosas personas trabajando.
En cuanto Ariel descendió del vehículo, varios trabajadores lo saludaron con naturalidad.
—¡Buenos días, Ariel!
—Buenos días.
Aquella familiaridad resultó incómoda para las dos nobles.
No estaban acostumbradas a ver que los trabajadores se dirigieran de aquella manera a alguien que parecía tener tanta autoridad.
Sin embargo, decidieron guardar silencio.
El lugar también era bastante peculiar.
Los animales se encontraban limpios, al igual que las instalaciones. Las personas los atendían cuidadosamente, y el esmero que ponían en sus tareas era evidente.
Lia y Archi comenzaban a sospechar que aquel hombre era un auténtico fanático de la limpieza.
Aunque debían admitir algo: resultaba agradable llegar a una granja sin encontrarse con olores desagradables.
Mientras observaban el lugar, apareció un niño.
Se acercó a Ariel por la espalda y, sin decir una palabra, introdujo una mano en uno de sus bolsillos.
Sacó el pequeño rectángulo que Ariel había utilizado durante el viaje.
Lo sorprendente fue que Ariel pareció no darle importancia.
El niño se alejó y terminó marchándose junto con el vehículo y algunas personas.
Ariel, mientras tanto, continuó hablando con varios trabajadores.
Después de intercambiar algunas palabras, estos se retiraron para continuar con sus actividades.
Finalmente, Ariel hizo una seña a las dos mujeres.
—Vengan. Les mostraré el lugar.
El recorrido ocupó buena parte de la mañana.
Ariel les explicó cómo funcionaban las instalaciones y cuáles eran las reglas que debían respetarse.
Cuando terminaron, las condujo hasta una pequeña construcción.
—Esta será la oficina.
El interior era bastante sencillo.
Había un escritorio, una silla y varios objetos que ninguna de las dos reconoció.
Ariel se acercó al escritorio y sacó unas hojas de papel.
Lia las observó con atención.
Eran blancas, delgadas y todas parecían tener exactamente el mismo tamaño.
Aquello resultaba difícil de creer.
¿Cómo podían producir tantas hojas perfectamente iguales?
Pero las sorpresas no terminaron ahí.
Ariel comenzó a manipular otro de aquellos extraños rectángulos, presionando pequeñas piezas mientras observaba una superficie más grande situada frente a él.
De pronto, escucharon un ruido.
Provenía de una caja blanca colocada a un lado del escritorio.
Ante sus ojos, comenzaron a salir hojas cubiertas de escritura.
Lia no sabía qué pensar.
¿Por qué todo era tan diferente?
¿Qué significaban aquellos objetos?
¿Cómo podía ser real todo lo que estaba presenciando?
Antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, Ariel les entregó varios documentos.
Eran muchas hojas.
Demasiadas.
Estaban cubiertas de símbolos que no reconocía. Todo parecía estar escrito en el idioma natal de aquel hombre.
—Bien, este será su nuevo lugar de trabajo —explicó Ariel—. Por el momento, yo me encargaré de traerlas y llevarlas.
Después señaló uno de los extraños aparatos sobre el escritorio.
—Primero voy a enseñarles a utilizar la computadora.
Lia observó el objeto.
Ariel le hizo un gesto para que se acercara y probara a utilizarlo.
La tarea resultó bastante más complicada de lo esperado.
Lia tenía dificultades para comprender cómo funcionaba aquel pequeño objeto que debía mover sobre el escritorio.
Pero, si había alguien que estaba teniendo todavía más problemas, era Ariel.
Enseñarle a otra persona a utilizar un mouse estaba resultando mucho más difícil de lo que había imaginado.
Mientras tanto, Archi permanecía en silencio, observándolo todo.